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Full text of "La evolucion del idioma nacional"

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ERNESTO  QUESADA 

Director  de  le  Academie  Argentina,  correspondiente  de  la  R.  Academia  Eapañoia 


LA  EVOLUCIÓN  DEL 
IDIOMA  NACIONAL 


BUENOS    AIRES 

Imprenta  Mkecatau  —  Avenida  Aooyts  271 

1933 


PC 


1073304 


LA  EVOLUCIÓN  DEL  IDIOMA  NACIONAL  (i) 


VALIENTE  empresa  la  del  veterano  periodista  que  acaba  de  pu- 
blicar un  nutrido  volumen  destinado  a  estudiar  cuestiones 
correlativas  con  la  lengua  castellana,  volcando  en  esas  páginas,  sin 
esfuerzo  visible,  sus  interesantísimos  recuerdos  sobre  las  andan- 
zas del  idioma  nacional  en  nuestro  país,  los  traductores  en  general, 
los  diccionarios  allende  y  aquende  los  mares,  y  una  serie  de  con- 
sideraciones, un  tanto  picarescas,  sobre  las  lenguas,  sus  trastrue- 
ques y  traspiés !  Es  ese  libro,  como  se  ve,  una  "olla  podrida"  lite- 
raria, en  la  más  correcta  acepción  del  vocablo  —  recuérdese  la 
clásica  definición  de  Covarrubias:  olla  podrida  es  lo  mismo  que 
poderío  o  poderosa  —  pues  el  autor  ha  reunido  ahí  todo  lo  que 
sobre  lenguas  y  traducciones  su  larga  experiencia,  sucesiva  o  si- 
multánea, de  periodista  y  traductor  público  le  ha  permitido  re- 
coger en  una  existencia,  ya  que  no  excesivamente  larga,  por  lo 
menos  muy  aprovechada.  Seguirle  en  todas  las  fases  de  su  obra 
sería  casi  escribir  otra  sobre  lo  mismo:  por  eso  deseo  concretar- 
me principalmente  a  la  primera  parte,  que  intitula  "los  idiomó- 
logos",  y  que  tiene  para  mí  un  sabor  marcadamente  criollo,  en  la 
buena  acepción  del  término,  siendo  esta  la  primera  vez  que  se 
escribe  semejante  capítulo  de  historia  literaria  argentina. 

Estudia  allí  la  evolución  de  la  lengua  castellana  como  idioma 
nacional  nuestro,  siguiéndola  a  través  de  las  doctrinas  literarias 
de  Echeverría,  Alberdi,  López,  Sarmiento,  y  Gutiérrez,  como 
dii  majares,  y  de  la  pléyade  posterior;  ocupándose  sucesivamente 
de  la  disciplina  académica,  la  incultura  popular,  el  hoy  olvidado 
libro  de  Abeille,  el  buen  sentido   definitivamente  triunfante,  y  la 


(i)     Arturo  Costa  Alvarez:  Nuestra  lengua.  —  Buenos  Aires,  1922, 
I  vol.  ¡n  8.*  de  350  páginas. 


—  4  — 

unidad  de  la  lengua  misma:  cosa  que  ahora  nadie  discute.  Entre 
los  dii  minores  de  la  pléyade,  el  autor  se  ocupa  de  Obligado, 
Oyuela,  Argerich,  del  Solar,  y  Vedia,  con  motivo  de  la  polémica 
de  1889;  también  de  quien  esto  escribe,  a  propósito  de  dos  de  sus 
libros  —  de  1900  y  1902  —  y  de  su  cargo  de  director  de  la 
Academia  correspondiente  de  la  Española,  desde  1914;  igual- 
mente de  Zeballos,  Monner  Sans,  Rojas ;  cita  en  ocasiones  a  Pay- 
ró,  Olivera,  Bunge,  Wilde,  Lugones,  Gálvez,  Terán,  Weigel  Mu- 
ñoz. No  admite  la  existencia  de  un  "problema  del  idioma  nacio- 
nal" y,  sobre  la  discusión  que  ello  provocó  entre  nosotros  a  fines 
del  pasado  siglo,  concluye  por  pasar  —  si  bien  en  francés  —  la 
esponja:  passons  Véponge..,  dice,  aun  cuando  eso  fuera  quizá 
pasarse  del  pie  a  la  mano! 

.  En  el  orden  de  los  tiempos,  quizá  hubiera  debido  este  libro 
recordar  cierto  interesantísimo  opúsculo  —  nada  menos  que  de 
la  imprenta  de  Niños  Expósitos,  y  el  cual  parece  haber  hasta 
ahora  burlado  el  afán  de  los  bibliófilos  por  conocer  todo  lo  que 
salió  de  dichas  prensas  —  titulado  Memoria  sobre  la  necesidad 
de  contener  la  demacia  y  perjudicial  licencia  de  las  mugeres  cn^ 
el  hablar,  y  que  lleva  la  firma  de  M.  G.,  en  Buenos  Aires,  a 
marzo  12  de  1813.  Allí  se  queja,  entre  otras  cosas,  del  habla  des- 
cosida femenina,  "de  esa  libertad  desmesurada  y  escandalosa  en 
producirse,  que  sin  respeto  alguno  a  tiempo,  lugar  o  personas, 
dolorosamente  se  observa  en  muchas  de  las  señoras  mugeres . . . ". 
Costa  Alvarez  prescinde  de  ese  antecedente  y  comienza  a  trazar 
la  evolución  de  la  lengua  castellana  en  la  Argentina  arrancando 
desde  la  prédica  romántica  de  Echeverría,  al  importar  entre  nos- 
otros el  movimiento  parisiense  del  año  30,  que  había  asimilado 
durante  su  estada  en  la  gran  ciudad  del  Sena:  pero  realmente  co- 
rrespondía todavía  darle  en  esto  la  primacía,  del  punto  de  vista 
cronológico,  a  Alberdi,  con  su  prédica  juvenil  de  Figarillo  en  ha 
Moda  —  cuyo  ejemplar,  por  él  anotado,  con  placer  conservo  en 
mi  biblioteca  —  cuando  llevaba  su  amor  a  lo  francés  hasta  el  ex- 
tremo de  preconizar  el  galicismo  de  "jefe  de  obra"  como  más 
expresivo  que  "obra  maestra".  El  caso  de  Alberdi  es  típico. 
Costa  Alvarez  cita  esta  frase  suya  en  un  trabajo  de  la  primera 
juventud:  "bajo  la  síntesis  general  de  españolismo  comprende- 
mos todo  lo  que  es  retrógrado,  porque  no  tenemos  una  idea,  una 


—  5  — 

habitud,  una  tendencia  retrógrada  que  no  sea  de  origen  español" ; 
transcribe  después  esta  otra,  de  un  trabajo  de  su  ancianidad: 
"mi  preocupación  en  mi  juventud  contra  todo  lo  que  era  español 
me  enemistaba  con  la  lengua  misma  castellana,  sobre  todo  con 
la  más  pura  y  clásica,  que  me  era  insoportable  por  lo  difusa; 
falto  de  cultura  literaria,  no  tenía  el  tacto  ni  el  sentido  de  la  be- 
Leza,  y  no  hace  sino  muy  poco  que  me  he  dado  cuenta  de  la 
suma  elegancia  y  cultísimo  lenguaje  de  Cervantes"  Porque  en 
los  jóvenes  de  la  época  no  sólo  primaba  el  odio  a  lo  godo,  que 
caldeó  explicablemente  la  atmósfera  de  entonces,  sino  además  el 
hecho  humano  de  ser,  en  razón  de  su  misma  juventud,  absolutos 
en  todo,  desdeñosos  de  lo  pasado  y  de  lo  presente,  convencidos 
de  que  habían  "descubierto"  el  mundo  y  de  que  eran  los  primeros 
que  se  daban  cuenta  de  que  el  día  tenía  luz  y  la  noche,  sombra: 
rasgo  perenne  en  toda  juventud,  por  lo  cual  jamás  respeta  esta 
a  las  generaciones  anteriores  y  se  complace  candorosamente  en 
proclamar  que  forma  "nueva  escuela",  repitiéndolo  con  la  invo- 
luntaria prosopopeya  de  quien  realmente  se  autosugestiona  y  está 
de  ello  convencido;  y  añade  todavía,  con  igual  aplomo,  que  re- 
nueva todos  los  conocimientos  y  que  nadie  antes  ha  sabido  real- 
mente nada !  Esa  actitud  mental  continúa  —  si  bien  haciendo  son- 
reír a  los  de  más  edad  y  experiencia,  pues  solo  puede  momentá- 
neamente seducir  a  los  inexpertos  o  ingenuos  —  mientras  no  se 
ha  realizado  el  objetivo  común  de  la  vida,  es  decir,  "llegar"  a  la 
posición  ambicionada,  pues  una  vez  que  se  "ha  llegado",  el  ab- 
solutismo juvenil  se  calma,  la  reflexión  se  impone,  cambia  insen- 
siblemente el  color  de  los  lentes,  y  los  ex  jóvenes  —  cuando  se 
hallan  más  cerca  de  los  30  años  que  de  los  20:  momento  álgido 
de  la  gritería  ensordecedora  —  comienzan  a  mirar  a  hombres  y 
cosas  con  otra  tolerancia  y  con  mayor  respeto  por  la  agena  opi- 
nión, siquiera  porque  se  aperciben  de  que  solo  así  puede  mere- 
cerlo a  su  turno  la  propia.  De  ahí  que  el  caso  de  Alberdí,  sos- 
teniendo en  la  primera  juventud  que  españolismo  era  sinónimo 
de  retrógrado  y,  por  ello,  hasta  renegando  de  la  lengua  nacional, 
encuentre  su  naturalísima  explicación  en  su  confesión  de  la  edad 
provecta,  al  reconocer  que  cuando  era  joven  le  faltaba  la  cultura 
y  el  tacto  que  solo  la  vida  enseña  y  lo  cual,  una  vez  adquirido, 
hace  reír  cuando  se  vuelven  a  leer  las  exageraciones  del  ab- 


—  6- 

solutismo  juvenil...  Pero  después  de  Alberdi  sigue  la  corriente 
de  los  emigrados  que,  en  la  Nueva  Troya,  también  creían  que  la 
independencia  consistía  en  el  antagonismo  feroz  a  todo  lo  hispano, 
como  resabio  colonial,  y  querían  derrumbar  la  lengua  como  si 
fuera  un  vínculo  nefasto ;  de  lo  cual  participó  Sarmiento  —  como 
casi  todos  los  hombres  de  la  época  —  durante  su  estada  en  Chile, 
con  las  "reformas"  exageradas,  en  materia  de  lengua  y  de  su 
ortografía,  que  imaginó  ingenuamente  al  asimilarse  a  medias  las 
sensatas  observaciones  del  gran  Bello.  Gutiérrez  — insigne  ha- 
blista, sin  embargo —  perteneció  a  la  misma  generación,  nutrida  de 
un  antagonismo  ciego  a  lo  peninsular  en  cualquiera  de  sus  formas : 
atmósfera  explicable  durante  la  guerra  de  la  independencia,  pero 
un  tanto  anacrónica  en  el  último  tercio  del  siglo,  y  que  hoy 
nadie  acierta  a  imaginarse.  En  el  fondo,  esa  prédica  contra  la 
lengua  española  era  simple  resabio  de  dicho  odio  a  lo  godo,  de 
principios  del  siglo  XIX :  ninguno  de  aquellos  cultos  argentinos 
—  como  lo  demuestra  acabadamente  Costa  Alvarez  —  en  rea- 
lidad soñó  con  la  suplantación  del  castellano  por  un  dialecto 
cuasi  indígena.  Sólo  Pellegrini  —  y  de  él  evita  enigmática- 
mente ocuparse  este  libro:  ¿porqué?  —  apoyó  sin  atenua- 
ción alguna  la  tesis  lingüística  del  francés  de  marras,  que 
quizá  imaginó  adularnos  colgándonos  el  sanbenito  de  un  "idioma 
nacional  de  los  argentinos"  con  vocablos  y  giros  arrabaleros :  pero 
aquel  político  realista,  no  muy  dado  a  ahondar  cuestiones  lírica- 
mente académicas,  obró  quizá  más  bien  por  espíritu  chacotón  de 
contradicción,  desde  que  hizo  gala  de  apoyarse  únicamente  en  el 
conocido  refrán  de  opereta:  //  grandira...  de  "La  Perichole"! 
Con  todo,  esas  manifestaciones  doctrinarias,  sobre  todo  las  de 
Alberdi,  Echeverría,  Sarmiento  y  Gutiérrez,  — "los  cuatro,  dice 
Costa  Alvarez,  rendían  culto  en  la  práctica  al  barbarismo  y  al  sole- 
cismo: Gutiérrez,  por  momentos;  Echeverría,  a  cada  instante; 
Sarmiento,  por  temporadas;  Alberdi,  toda  la  vida" —  ejercieron 
una  gran  influencia  en  nuestro  periodismo,  el  cual  visiblemente 
se  transformó,  de  purista  que  era  en  los  albores  de  la  revolu- 
ción, en  el  chabacano  —  y  un  si  es  no  descamisado  —  de  Orion 
y  su  Porteño,  buscando  deliberadamente  usar  el  habla  vulgar  de 
compadritos  y  orilleros,  mezclada  con  la  media  lengua  de  los  in- 
migrantes de  toda  procedencia,  para  hacerse  así   más  popular. 


—  7  — 

A  ello  contribuyó  no  poco,  posiblemente,  el  resabio  que  la  lar- 
guísima guerra  del  Paraguay  (65  al  71)  dejó  por  mucho  tiempo 
en  nuestras  costumbres,  con  sus  oficiales  y  soldados  melenudos 
y  barbudos,  las  levitas  militares  con  pollerines,  el  kepi  cantor 
echado  a  un  lado  sobre  la  oreja  y  luciendo,  a  lo  compadrito,  la 
aceitada  cabellera  con  jopo,  que  era  orgullo  de  su  feliz  poseedor, 
el  cual  se  balanceaba  al  andar,  escupiendo  frecuentemente  por  el 
colmillo  como  si  hiciera  puntería  en  blanco  fijo:  rasgos  todos  que 
caracterizaron,  no  ciertamente  a  la  cultísima  oficialidad  superior, 
pero  si  a  no  poca  subalterna  y  a  gran  parte  de  la  tropa,  confirman- 
do las  excepciones  la  regla  general.  Agregúese  a  esto  que  Buenos 
Aires  era  entonces  una  verdadera  aldea  criolla,  cuasi  sin  el  me- 
nor ribete  de  extranjerismo  en  hombres  y  cosas,  tanto  que  aca- 
baba poco  antes  de  combatir  ingenuamente  el  cólera  morbo  del 
68  con  aquellas  fogatas  que  se  hacían  en  las  esquinas  de  las  ca- 
lles y  en  las  que  todos,  grandes  y  chicos,  participábamos  entu- 
siastas porque  los  médicos  de  entonces  pretendían  que  el  humo 
espeso  ahuyentaba  a  la  peste;  y  que  poco  después,  en  el  horripi- 
lante desastre  de  la  fiebre  amarilla  del  71,  se  transformó  en  un 
vasto  cementerio,  del  cual  me  queda  en  la  retina  la  visión  del 
brutal  recuerdo  de  los  cadáveres  transportados  en  carros,  sin  ca- 
jones, porque  no  había  tiempo  para  hacerlos  ni  para  organizar 
convoyes  fúnebres  separados.  Y,  al  poco  andar,  después  de  la 
revolución  mitrista  de  septiembre,  popular  y  militar  a  la  vez, 
viene  la  tejedorista  que,  al  ser  vencida,  inicia  el  régimen  ochen- 
tesco  con  el  advenimiento  de  la  presidencia  Roca  y  la  desapari- 
ción paulatina  del  viejo  localismo;  pero,  como  la  popularidad 
porteña  de  la  llamada  "resistencia"  fué  casi  unánime,  convivió  b 
juventud  patricia  con  el  compadraje  y  la  chusma  en  los  cuarte- 
les improvisados,  en  los  cuales  tropa  y  oficialidad  fraternizába- 
mos y  se  establecía,  como  vínculo  democrático  común,  el  de  un 
término  medio  equidistante  en  indumentaria  y  lenguaje:  todas 
las  capas  sociales  metropolitanas  parecieron  entonces  no  formar 
sino  una  sola  entidad:  "el  pueblo",  y  esto  ayudó  decididamente 
para  que  en  el  habla  diaria  se  imitara  el  rasgo  popular,  que 
forzosamente  tenía  que  ser  más  caló  descuidado  que  lenguaje 
depurado,  pues  tengo  aun  muy  presente  como  todos  nos  esfor- 
zábamos, en  el  cuartel  y  fuera  de  él  por  mostrar  que  éramos 


—  8  — 

"pueblo",  exagerando  quizá  no  pocos  la  manera  de  hablar,  en 
los  vocablos  y  aun  en  la  tonada.  Ese  desgarbamiento  desgali- 
chado constituyó,  durante  mucho  tiempo,  el  rasgo  característico 
de  nuestro  diarismo,  culminando  en  aquellos  folletines  espeluz- 
nantes de  Pvduardo  Gutiérrez  en  La  Patria  Argentina,  de  donde 
pasó  al  moreirismo  del  circo  Podestá  y  a  la  literatura  del  in- 
cipiente "teatro  nacional"  en  sus  primeros  balbuceos,  tanto  que 
el  autor  de  M'hijo  el  dotor  ha  preferido,  para  su  prosa,  el  caló 
suburbano  en  vez  de  la  lingiia  nobilis.  En  aquel  entonces,  pró- 
ximo a  finalizar  el  siglo  anterior,  pareció  casi  triunfar  la  tenden- 
cia del  caló  dialectal  arrabalero,  con  la  publicación  del  ruidoso 
libro  de  Abeille:  en  ese  momento  precisamente  Pellegrini  —  con 
su  sonada  carta  en  Bl  País  —  la  cubrió  con  el  manto  mágico  de 
su  capa  mefistofélica,  cual  si  fuera  el  frote  grigio  de  la  ópera 
de  Boito . . .  Creímos  entonces  algunos  —  entre  ellos  quien  esto 
escribe,  pues  expresé  sin  ambages  mi  opinión  en  los  dos 
libros  que  Costa  Alvarez  cita  y  tan  amistosamente  recuerda  — 
que  era  menester  dar  la  voz  de  alarma  y  provocar  una  reacción 
seria:  afortunadamente  ésta  culminó,  al  poco  andar,  con  brillo 
inusitado  en  aquella  soberbia  y  elocuentísima  carta  abierta  que 
arrancó  a  Miguel  Cañé  mi  Criollismo  y  a  la  que  prestó  La  Nor 
ción  la  potente  bocina  y  la  autoridad  innegable  de  sus  columnas, 
provocando  otra  serie  de  valientes  cartas  en  análogo  sentido, 
entre  las  cuales  se  destacan  las  del  inolvidable  Alberto  del  Solar, 
de  Rafael  Obligado  y  de  Carlos  de  Estrada,  nuestro  actual  emba- 
jador en  España.  El  pleito  estaba  ganado.  Verdad  es  que,  entre 
los  entendidos,  había  entonces  ejercido  visible  influencia  la  reciente 
publicación  de  la  soberbia  Biblioteca  histórica  de  la  filología  cas- 
tellana por  el  conde  de  la  Vinaza  (Madrid,  1893),  y  la  cual, 
como  éste  decía,  "indicaba  los  estudios  que,  refiriéndose  a  la  len- 
gua, pueden  conducir  al  perfeccionamiento  y  mayor  riqueza  de 
su  gramática  y  de  su  diccionario,  y  desenvolver  la  historia  de  la 
filología  castellana,  mostrando  y  explicando  sus  progresos:  estu- 
dios que  se  ayudan  y  dan  la  mano  el  uno  al  otro,  ya  que  las  in- 
vestigaciones gramaticales  y  lexicográficas  de  los  pasados  siglos 
no  pueden  llevarse  a  cumplido  efecto  sin  derramar  vivísima  cla- 
ridad sobre  las  cuestiones  que  se  refieren  así  al  diccionario  como 
a  la  gramática,  y  sin  consignar  al  propio  tiempo  las  etapas  del 


desenvolvimiento  de  los  estudios  a  que  ha  estado  sometido  nues- 
tro idioma  en  los  diversos  períodos  de  su  historia,  desde  que  el 
lenguaje  es  un  fenómeno  social,  que  procede,  como  de  sus  causas 
y  principios,  de  otros  fenómenos  análogos  anteriores,  y  las  for- 
mas y  accidentes  del  hablar  presente  suponen  otras  formas  y  ac- 
cidentes usados  en  tiempos  que  ya  pasaron".    El  hecho  es  que 
todos  los  entendidos,  entre  nosotros,  se  pusieron  resueltamente 
del  lado  de  la  buena  doctrina,  y  hasta  aquel  periodista  finísimo  — 
que  es  lástima  se  haya  ahora  llamado  casi  a  silencio:  él,  tan  es- 
piritual y  penetrante  —  quien,  con  su  pseudónimo  de  Juan  Cancio, 
había  antes  favorecido  la  tendencia  criolla  dialectal,  con  gallardía 
entonó  el  mea  culpa  y  se  tornó  en  paladín  de  la  conservación  y 
pureza   de   la   nobilísima   lengua   castellana.      Poco   después   co- 
menzó lenta  e  irresistible  la  reacción,  y  nuestro  diarismo  empren- 
dió, tesonera  y  calladamente,  una  eficaz  campaña  de  depuración 
en  el  lenguaje:  hoy,  al  finalizar  el  primer  cuarto  de  siglo  de  la 
centuria  presente,  puede  decirse  que  lo  que  entonces  era  "pro- 
blema" ha  dejado  ahora  de  serlo,  disipándose  cualquier  peligra 
de  tendencia  deliberadamente  corruptora  del  idioma  y  aunando, 
todos,  sus  esfuerzos  en  mantener  incólume  la  pureza  de  la  lengua, 
sin  menoscabo  de  su  derecho  de  crecimiento  y  de  reforma  y  de 
incorporación  de  términos  nuevos  o  de  índole  regional,  ya  que 
todo  idioma  es  un  organismo  vivo,  que  crece  y  se  desarrolla  y 
se  transforma.    Pero,  hoy,  nuestro  idioma  nacional  es  la  propia 
lengua  castellana,  hablada  por  el  mayor  número  de  seres  en  el 
globo  terrestre,  con  una  tradición  literaria  que  es  orgullo  y  pa- 
trimonio de  todos  y  que  ha  sido  caracterizada  por  el  venezolano 
P»aralt,  diciendo:  *'la  sensata  tradición  que  nada  legítimo  excluye, 
la  tradición  liberal  y  generosa  que  únicamente  rechaza  lo  que 
perturba  y  desconcierta,  la  tradición  que  liga  con  cadenas  de  oro 
y  flores  k)  pasado  a  lo  presente  y  lo  presente  a  lo  porvenir;  en 
suma,  la  tradición  civilizadora  y  expansiva:  la  sola  que  la  Aca- 
demia Española  está  encargada  de  conservar". 

Cuando  se  examina  la  evolución  del  idioma  en  un  país  de- 
terminado, se  investiga  a  la  vez  forzosamente  un  capítulo  de  su 
historia  literaria,  porque  es  la  lengua  usada  por  los  buenos  escri- 
tores, en  el  libro  o  el  periodismo,  lo  que  caracteriza  el  lenguaje 
nacional.    En  todo  país,  en  efecto,  las  clases  populares  hablan 


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por  lo  general  la  lengua  oficial  con  tales  variantes  en  la  pronun- 
ciación o  la  acepción,  que  cada  región  viene  a  tener  una  especie 
de  dialecto  propio,  como  cada  profesión  o  modo  de  vivir  —  sea 
de  los  intelectuales,  de  artes  y  oficios,  gremiales  de  trabajo  obre- 
ro, y  aun  los  de  atorrantes  o  criminales  —  tiene,  queriéndolo  o 
lio,  su  caló  tecnológico,  con  voces  y  giros  propios.    En  puridad 
de  verdad,  la  lengua  oficial  de  un  país  es  únicamente  la  enseñada 
en  sus  escuelas,  usada  en  sus  funciones  públicas,  y  empleada  en 
sus  libros  y  periódicos:  es  a  la  vez  hablada  por  un  determinado 
número  de  personas,  pero  las  cuales,  comparadas  con  el  resto  de 
la  población,   solo  constituyen  una  verdadera   minoría,   pues   el 
mayor  número  de  habitantes  emplea  dicha  lengua  con  las  recor- 
dadas  variantes    dialectales,    en   pronunciación   o   acepción,    que 
imponen  cada  región  o  cada  profesión  o  forma  de  vida.    Nuestro 
país,  de  este  punto  de  vista,  no  constituye  excepción  a  la  regla  ge- 
neral ;  pero  el  gran  peligro  que  corrió  nuestro  idioma  nacional  hace 
próximamente  medio  siglo  fué  el  de  ser  suplantado  por  un  sim- 
ple caló  popular  e  inferior,  cual   si  el  cockney  londinense,  por 
ejemplo,  pretendiera  sustituir  al  idioma  inglés.    La  situación  del 
país,  por  otra  parte  —  en  el  momento  a  que  se  refiere  Nuestra 
lengua  —  había  cambiado  del  todo  en  todo:  la  sola  ciudad  de 
Buenos  Aires   estaba  visiblemente  transformándose  en   una  de 
las  más  grandes  urbes  mundiales  de  la  tierra,  con  una  pobla- 
ción cosmopolita  que  iba  en  camino  de  doblar  la  cifra  del  mi- 
llón de  habitante  y  estantes,  lo  cual  traía  la  natural  división  en 
diversas  capas   sociales  y  la  forzosa  diversificación  de  los  dis- 
tintos   modos    de   vivir   según  profesión   y   clase,   vanándose   y 
ampliándose    los   apellidos   tradicionales    con    la   accesión    inevi- 
table de  los   advenedizos   enriquecidos,representados   por   gentes 
originariamente  venidas  de  los  puntos  más  extremos  del  globo  y 
cuyo  idioma  materno  difería  fundamentalmente  del  uno  al  otro  y 
con  relación  al  del  país  mismo,  de  modo  que  la  lengua  nacional 
tenía  que  tomar  el  carácter  que  la  educación  pública,  en  sus  di- 
versos grados,  y  la  clase  dirigente,  en  lo  político  e  intelectual, 
le  imprimiera,  siguiendo  el  resto  del  país  tal  orientación. 

En  ese  momento  verdaderamente  crítico  se  produjo  la  reac- 
ción, en  la  forma  historiada  por  Costa  Alvarez,  y  en  la  cual 
tne  correspondió  la  parte  modesta,  reconocida  por  éste:  la  lucha 


—  II  — 


divísima  duró  un  par  de  lustros,  encauzándose  después,  hasta 
que  hoy  por  completo  ha  terminado  con  el  triunfo  del  buen 
sentido.  Se  trata,  pues,  de  un  capítulo  de  nuestra  historia  lite- 
raria, que  pertenece  ya  al  pasado,  y  si  me  permito  puntualizar 
algún  detalle  —  en  estas  páginas,  más  de  aplauso  que  de  críti- 
ca —  es  sólo  porque,  habiendo  querido  la  casualidad  que  fuera 
siquiera  pars  parva  en  dicha  evolución,  puedo  invocar  mis  re- 
-cuerdos  de  testigo  ocular:  condición  que,  por  el  natural  trans- 
curso de  la  vida,  no  puede  ya  ser  reclamada  por  muchos  y  pron- 
to, muy  pronto,  no  tendrá  siquiera  quien  la  represente. 

La  evolución  del  idioma  ha  tomado,  pues,  formas  definitivas 
y  en  buena  hora  viene  Costa  Alvarez,  con  su  libro,  a  historiar 
las  luchas  pasadas  y  a  proclamar  el  triunfo  final  de  la  sana  doctri- 
na. Tal  libro  merece,  por  lo  tanto,  ser  aplaudido  con  ambas  manos. 
Pero  tiene,  como  todo  lo  humano,  sus  luces  y  sombras,  sus  pre- 
juicios y  deficiencias,  que  conviene  quizá  lealmente  puntualizar, 
pues  así  se  colabora  mejor  en  la  tarea  del  autor:  de  ese  modo,  al 
señalar  tal  o  cual  aspecto  en  el  cual  cabe,  a  mi  entender,  alguna 
observación,  ello  no  implica  falta  de  acatamiento  al  mérito  global 
•del  libro. 

De  mi  padre,  por  ejemplo,  se  ocupa  también,  por  inclusión 
o  exclusión.  En  el  primer  sentido,  dice:  "cuando  empieza  a  to- 
mar cuerpo  la  idea  de  fabricar  un  idioma  privativo,  \^icente  G. 
Quesada  es  el  primero  que  alza  la  voz  contra  ella;  en  1883,  en 
El  idioma  nacional  (en  América  literaria,  de  Lagomaggiore, 
B.  A.,  1883:  es  curioso  que  el  autor  lo  cita  así  en  la  página 
85,  mientras  en  la  91  le  da  el  título  de  Bl  castellano  en  América, 
que  es  una  simple  fantasía  suya ;  por  lo  demás,  dicho  "fragmento" 
había  sido  sacado  de  la  obra  Las  bibliotecas  europeas  y  algunas 
de  la  América  latina,  B.  A.,  1877,  tomo  I,  página  491-503, 
siendo  de  observar  que  el  compilador  de  aquella  antología  lo 
suprimió  en  la  segunda  edición,  en  2  vols.  B.  A.,  1890, 
dirigida  por  Juan  A.  Argerich),  dice:  "Es  en  la  actualidad  mas 
que  nunca  conveniente  y  necesario  conservar  la  pureza  del  idio- 
ma, por  su  cultura  y  su  cuidadosa  y  esmerada  enseñanza,  para 
mantener  las  fáciles  comunicaciones  con  los  pueblos  de  nuestro 
«mismo  lenguaje,  en  vez  de  aspirar  menguadamente  a  convertirlo 


—   12  — 

en  dialectos  más  o  menos  obscuros,  que  arraigarían  el  aislamiento^ 
que  es  contrario  a  la  civilización  cosmopolita  moderna".  El  autor 
de  esa  monografía  ha  sido,  sabido  es,  correspondiente  de  la  Acade- 
mia Española.  En  el  segundo  significado — el  de  exclusión — dice  el 
autor :  "En  cierto  momento  el  buen  sentido  brilló  cort>D  un  relám- 
pago vivísimo  para  hacer  ver  a  nuestros  pedagogos  el  verdadero 
concepto  de  nuestra  lengua:  después  de  eso,  las  tinieblas  volvie- 
ron al  abismo.  Carballido,  ministro  nacional  de  instrucción  pública 
en  1891,  al  explicar  su  reforma  del  plan  de  estudios  secundarios, 
formuló,  por  primera  vez  en  nuestra  historia,  la  declaración  ofi- 
cial expresa  de  cuál  es  y  cuál  debe  ser  nuestra  lengua :  esta  decla- 
ración consta  en  la  nota  circular  que  dirigió  en  abril  a  los  recto- 
res de  los  colegios  nacionales,  y  de  cuya  redacción  se  ha  declarado 
autor  Groussac".  Precisamente  esa  circular  fué  aplaudida  por 
quien  esto  escribe,  publicando  en  La  Nación  del  26  de  dicho 
mes  —  y  más  tarde  en  mi  libro  Reseñas  y  Críticas  —  una  "car- 
ta abierta",  en  la  cual  decía:  "Quiera  la  suerte  que  la  palabra 
autorizada  del  ministro  logre  no  sólo  contener  sino  desviar  la 
corriente  misma,  y  encauzarla  poco  a  poco  en  el  lecho  apropiado, 
para  que  la  reforma  iniciada  con  franqueza  tan  suma  no  se 
esterilice  o  periclite".  El  frecuente  cambio  ministerial,  que  suele 
caracterizar  nuestras  prácticas  de  gobierno,  convirtió  pronto  en 
un  simple  pió  desiderio  aquel  propósito . . .  Pero,  en  lo  relativo- 
a  la  afirmación  de  Costa  Alvarez  de  ser  aquella  iniciativa,  res- 
pecto del  idioma,  "por  vez  primera"  objeto  de  declaración  ofi- 
cial, hay  un  singular  error  de  información,  que  debe  rec- 
tificarse por  ser  éste  un  libro  con  muy  hondas  raíces. 
El  primer  documento  oficial  que  de  ello  se  ocupa  es  una 
circular  ministerial  de  mi  padre,  de  marzo  5  de  1877,  redactada 
a  los  pocos  días  de  ocupar  el  ministerio  de  gobierno  de  Buei>3S 
Aires,  en  febrero  21  de  dicho  año.  En  esa  nota  —  pasada  a  las 
direcciones  de  la  escuela  normal  de  maestros,  id.  de  maestras 
y  al  instituto  mercantil — dice  el  ministro  Quesada:  "Persuadido 
que  es  necesario  atender  cuidadosa  y  esmeradamente  a  la  ense- 
ñanza de  la  lengua  nacional,  para  impedir  la  anarquía  que  se  ha 
introducido  en  la  ortografía,  y  conservar  puro  y  correcto  nuestra 
idioma,  como  cumple  a  todo  pueblo  culto,  recomiendo  a  V.  de  una 
manera  especial  preste  la  mayor  atención  a  su  enseñanza  e  impida 


—  13  — 

•que,  por  descuido  del  profesor  o  por  indolencia  de  los  discípulos, 
-crean  que  es  permitido  a  gentes  bien  educadas  escribir  incorrecta- 
mente su  idioma  e  ignorar  la  gramática.  Dará  V.  aviso  de  las 
medidas  que  ha3'a  tomado,  del  método  que  siga  y  de  los  textos 
que  sirvan  para  la  enseñanza,  y  pondrá  en  mi  conocimiento  si 
€s  extranjero  el  profesor  encargado  de  enseñar  la  lengua  nacional." 
Esa  circular,  publicada  en  los  diarios  de  la  época  —  en  La  Repú- 
blica de  marzo  7,  por  ejemplo  —  levantó  una  polvareda  extra- 
ordinaria. Sarmiento  era  entonces  director  general  de  escuelas  y 
precisamente  en  materia  de  ortografía  tenía  el  antecedente  heré- 
tico de  su  ingenua  cuasi  reforma  chilena,  y  lo  reconocidamente 
desgalichado  de  su  lenguaje,  lo  cual  explica  que  en  el  número 
correspondiente  a  marzo  15  de  la  revista  La  educación  común  en 
la  provincia  de  Buenos  Aires  (tomo  II,  entrega  i.")  comente 
vivamente  dicha  circular. 

Sarmiento,  molestadísimo  porque  se  recomendaba  implícita- 
mente la  ortografía  académica  y  no  la  cuasi  chilena  aludida  — 
como  hai  en  lugar  de  hay  y  otras  ingenuas  reformas  análogas, 
por  cierto  más  "inocentes"  que  las  posteriores  y  "audaces"  del 
trasandino  Sr.  Carlos  Cabezón,  empeñado  en  sustituir,  por  ejem- 
plo, la  C  con  la  K,  de  donde  resultaba  una  singular  cacofonía  al 
firmar  con  sus  solas  iniciales, — exclamaba :  "Habrá  entre  nuestros 
irás  distinguidos  literatos,  y  entre  ellos  se  cuenta  el  Sr.  Quesada, 
ministro  actual  de  gobierno,  quienes  sostengan  a  capa  y  espada  que 
aquellas  innovaciones  introducen  la  anarquía  y  no  sientan  bien 
a  un  pueblo  culto!  Si  así  sucediere,  diremos  que  dada  la  falta  de 
sistema  y  de  clasificación  de  nuestra  ortografía,  debieran  dejár- 
seles ir  su  camino,  hasta  que,  aceptadas  por  la  generalidad,  ayu- 
dasen a  los  niños  a  comprender  más  pronto  el  sonido  que  arro- 
jen dos  letras  atando  son  los  equivalentes  de  dos  sonidos,  tan  dis- 
tintos los  unos  como  los  otros".  Por  suerte  no  prosperó  el  fone- 
tismo  "reformista"  sarmientesco,  abandonado  tiempo  ha  en  Chile 
después  de  un  cortísimo  reinado,  en  el  cual  se  imprimieron  libros 
que  hoy  provocan  una  tranquila  sonrisa,  como  el  conocido  e  inte- 
resante Curso  de  bellas  letras  de  Vicente  Fidel  López  (1845) 
con  su  umanidad,  su  ombre,  acer,  qe,  emos,  y  otras  reformas 
análogas,  aplicadas  aún  a  la  transcripción  de  versos  conocidos, 
como  "Ubo  un  tiempo  funesto,  en  qe  tirano •..". 


~  14  — 

¿  Cómo  escapó  al  meticuloso  autor  de  este  libro  la  nota  del  mi- 
nistro y  la  arremetida  del  director  de  escuelas?  No  sólo  era  un> 
dato  histórico  interesante,  al  estudiar  la  evolución  de  la  lengua  en 
la  Argentina,  sino  una  aclaración  a  su  interpretación  de  la  doc- 
trina de  Sarmiento  sobre  el  particular.  En  el  escrito  citado,  agre- 
gaba éste :  "no  es  fuera  de  propósito  que  alguien  muestre  celo  ea 
materia  que  parece  librada  en  otros  países  al  constante  y  buen 
uso  de  los  escritores  que  hacen  autoridad,  a  no  ser  que  se  dé  por 
autoridad  para  nosotros  lo  que  haya  acordado  o  haya  descuidado- 
acordar  la  Academia  de  la  Lengua  en  la  península,  en  la  que  no 
estamos  representados,  habiendo  dado  uno  de  nuestros  hablistas 
sus  razones  para  no  aceptar  en  ella  el  título  de  miembro  hono- 
rario". Quiso  decir :  individuo  correspondiente,  al  referirse  a  Gu- 
tiérrez y  su  sonada  nota  de  1876;  pero  olvidaba  que  el  ministro^ 
autor  de  la  circular,  ha  sido  cabalmente  uno  de  aquellos  repre- 
sentantes, en  clase  de  correspondiente :  como  igualmente  lo  fueron 
Juan  B.  Alberdi,  Luis  L.  Domínguez,  Ángel  J.  Carranza,  Bar- 
tolomé Mitre,  Vicente  F.  López  y  Carlos  Guido  Spano,  de  mo- 
do que,  de  aquella  generación,  hubo  7  argentinos  en  la  Aca- 
demia. Se  ve,  con  todo,  que  Sarmiento  daba  a  la  actitud 
de  Gutiérrez  la  acepción  que  todos  le  han  dado  siempre 
y  que  Costa  Alvarez  ahora  repudia,  diciendo:  "Más  de  un  escri- 
tor argentino  y  extranjero  han  hecho  de  las  razones  dadas  por 
Giitiérrez  en  su  nota  las  causas  determinantes  de  su  rechazo  del 
diploma,  y  en  virtud  de  la  influencia  de  esos  escritores  se  ha  se- 
guido atribuyendo  ese  acto  de  Gutiérrez  a  su  pretendido  celo  por 
la  emancipación  y  especialización  de  nuestra  lengua.  La  tesis  del 
idioma  privativo,  atribuida  a  Gutiérrez  por  Berra  en  su  tiempo  y 
por  Menénez  Pidal  en  el  nuestro,  no  resulta  de  los  términos  de 
la  nota,  cuando  se  la  lee  sin  prevenciones:  Gutiérrez  alude  a  la 
inconveniencia  de  crear  obstáailos  a  la  corrupción  del  castellana 
entre  nosotros,  corrupción  por  intereses  superiores  al  que  repre- 
senta el  cuidado  de  la  lengua,  y  agiega  que,  a  su  juicio,  no  por 
tal  negligencia  se  va  a  reducir  nuestra  lengua  a  una  jerga  indigna 
de  países  civilizados:  eso  sí,  el  castellano  se  transformará. . ."  Ya 
se  ve  cómo,  en  la  incipiente  polémica  con  el  ministro  Quesada^ 
Sarmiento  abogaba  por  la  transformación  de  la  ortografía  caste- 
llana y  repudiaba  las  reglas  de  la  Academia. 


—  15  — 

Sarmiento,  por  lo  demás,  a  raíz  de  esa  cuasi  polémica  a  pro- 
pósito de  la  nota  ministerial  sobre  la  pureza  del  idioma  nacional, 
la  emprendió  —  en  las  entregas  de  junio  15  y  julio  i.*  (1877) 
de  la  recordada  revista,  periódico  oficial  de  la  dirección  general 
de  escuelas  —  con  el  libro  que  Quesada  acababa  de  publicar: 
Las  bibliotecas  europeas  y  algunas  de  la  América  latina 
(B.  A.,  1877).  Con  la  arrogancia  de  su  temperamento  de 
autodidacta,  invocaba  sus  lejanos  recuerdos  de  Estados  Unidos 
para  combatir  las  grandes  bibliotecas  y  abogar  solo  por  las  libre- 
rías circulantes,  con  préstamo  de  obras,  ponderando  "que  em- 
piezan a  generalizarse  las  bibliotecas  populares  en  toda  la  repú- 
blica". Porque  las  "observaciones"  estadunidenses  del  genial  ar- 
gentino habían  sido  gallardamente  "a  poncho  limpio" :  Mariano  de 
Vedia  ha  referido  poco  hace  una  característica  aventura  de  Sar- 
miento en  Washington,  que  demuestra  acabadamente  los  puntos 
que  calzaba  a  ese  respecto, — pues  su  diploma  de  doctor  de  la  uni- 
versidad de  Michigan  fué  un  simple  acto  de  cortesía...  honoris 
causa  —  "por  razón  de  su  sordera  y  de  una  deficiencia  muy 
grande  para  la  penetración  de  los  idiomas  extraños",  por  lo  cual 
resolvió  a  todo  contestar  Yes,  a  pesar  de  no  comprender  un 
palote  de  lo  que  se  le  decía,  lo  que  no  le  ha  impedido  más 
tarde  hacer  gala  de  sus  recuerdos  de  lo  oído  en  aquel  país.  Con 
motivo  de  aquella  afirmación  sarmientesca  sobre  bibliotecas, 
se  produjo,  entonces,  alrededor  de  esa  cuestión  técnica  una 
verdadera  polémica  entre  autor  y  crítico:  aquél  escribió,  a  pro- 
pósito de  dicho  artículo,  en  La  Prensa  de  noviembre  3 ;  contestan- 
do éste  en  dicho  diario  el  6;  entonces  el  primero  replicó  en  La 
República  de  noviembre  8  y  el  segundo  volvió  a  contestar  en 
La  Tribuna  del  día  siguiente  9;  replicándole  el  criticado  en  el 
mismo  diario,  el  10;  tornó  el  crítico,  siempre  en  dicho  diario,  el 
15»  y  el  criticado  dijo  la  última  palabra  allí  mismo,  al  siguiente 
día  16.  El  tiempo  ha  demostrado  quién  estaba  en  lo  justo:  la 
tesis  sarmientesca  era  que  las  bibliotecas  serían  circulantes  o  bien 
no  existirían;  siendo  así  que  se  trata  de  dos  clases  de  institu- 
ciones absolutamente  diferentes  y  que  no  cabe  confundir.  Las 
grandes  bibliotecas  del  país  siguen  existiendo  y  las  populares  cir- 
culantes han  casi  desaparecido. 

A  pesar  de  su  extrema  meticulosidad  en  procurarse  todos  los 


—  16  — 

elementos  necesarios  de  juicio  al  estudiar  cada  cuestión  que  dilu- 
cida, quebrándose  la  cabeza  en  libros  y  periódicos,  Costa  Alvarez 
evidentemente  no  recordó  aquella  conocida  obra  de  mi  padre,  de 
1877,  porque  la  nota  a  las  escuelas  se  encuentra  reproducida  en 
la  página  494  y  se  agregan  allí  los  comentarios  de  la  prensa  ar- 
gentina de  la  época,  constando  que  oficialmente  contestó  Sarmien- 
to "que  en  todas  las  escuelas  de  su  dependencia  se  prestaba  pre- 
ferente atención  al  estudio  de  la  lengua  nacional,  cuidando  que  los 
profesores  extranjeros  en  esta  materia  fueran  españoles  peninsu- 
lares". Los  diarios  de  la  época  aconsejaron  este  triple  tempera- 
mento: I.'  aceptar  las  resoluciones  de  la  Academia  Española,  úni- 
<:o  cuerpo  constituido  que  hoy  se  ocupa  de  regularizar  la  lengua 
que  se  habla  en  el  país;  2*  crear  una  Academia  Nacional 
que  se  ocupe  del  mismo  asunto,  con  entera  independencia ;  3.°  acep- 
tar las  resoluciones  de  la  Academia  Española  a  condición  de 
que  esté  representada  en  ella  la  República  Argentina,  formando 
un  aierpo  cuya  jurisdicción  en  materia  de  lenguaje  sea  común 
a  los  dos  países. 

Y  ya  que  de  la  Academia  hablo,  debo  recoger  lo  que  al 
respecto  dice  el  autor  de  este  libro.  Hablando  de  los  individuos 
correspondientes  de  la  Española  —  "que  esta  elige  entre  nuestros 
literatos,  desde  hace  ya  medio  siglo"  (sic)  —  añade:  "La  acción 
de  estos  correspondientes  en  nuestro  medio  literario,  como  repre- 
sentantes de  una  autoridad  en  materia  de  lengua,  ha  sido  nula 
"hasta  ahora,  aún  cuando  al  cabo  de  30  años  de  gestiones  siempre 
infructuosas,  en  1910  lograron  al  fin  constituirse  en  aierpo.  Por- 
que la  existencia  de  esta  corporación — la  Academia  argentina  co- 
rrespondiente— es  nominal  puramente:  conspira  contra  ella,  en  su 
seno  mismo,  nuestro  espíritu  refractario  a  reconocer  potestades 
extranjeras  en  nuestro  medio,  aún  cuando  se  trate  de  una  auto- 
ridad lírica  como  la  de  una  academia  de  la  lengua.  Puede  asegu- 
rarse por  esto  que,  cuando  los  miembros  de  la  Correspondiente 
se  decidan  a  hacer  algo  que  dé  carácter  efectivo  a  su  actual  título 
decorativo,  su  acción  será  cualquiera  menos  la  de  imponer  ese 
título:  predomina  entre  ellos  la  tendencia  a  considerar  a  la  Aca- 
demia Española  no  como  autoridad  absoluta  sino  como  colabora- 
«dora  en  la  obra  de  fijar,  limpiar  y  dar  esplendor  al  castellano  en 


—  17  — 

América".  Recuerda  el  crítico,  sin  embargo,  la  iniciativa  de  Ra- 
fael Obligado  para  formar  un  vocabulario  de  argentinismos,  y 
el  informe  presentado  sobre  el  particular  por  los  académicos  Ze- 
ballos  y  quien  esto  escribe.  Pero  agrega:  "nuestra  Correspon- 
diente no  ha  hecho  absolutamente  nada  hasta  ahora,  según  lo  ha 
reconocido  su  actual  presidente",  aludiendo  a  mi  artículo  sobre 
Obligado  en  el  número  especial  de  Nosotros.  Debo,  pues,  ha- 
cer presente  que  de  las  explicaciones  dadas  en  dicho  artículo  se  des- 
prende por  el  contrario  que  la  Correspondiente  más  bien  se  encuen- 
tra en  vís'peras  de  un  período  de  gran  actividad,  así  que  se  re- 
ciban públicamente  los  académicos  electos  como  individuos  de  nú- 
mero. El  reproche  es,  por  lo  tanto,  injusto  y  fácil  me  será  de- 
mostrarlo. El  último  anuario  de  la  Academia  Española  (1922) 
trae  la  siguiente  nómina  de  los  miembros  de  la  Academia  Ar- 
gentina,establecida  en  Buenos  Aires  y  compuesta  reglamentaria- 
mente de  18  individuos  de  número;  "Ernesto  Ouesada,  director; 
Calixto  Oyuela,  secretario  perpetuo;  Estanislao  S.  Zeballos;  Car- 
los María  Ocantos;  Pastor  S  Obligado;  Joaquín  V.  González; 
Belisario  Roldan;  Marco  M.  Avellaneda".  Esos  8  individuos  han 
quedado  reducidos  a  7  con  el  fallecimiento  de  Roldan ;  en  realidad 
son  aquí  sólo  6,  pues  Ocantos  reside  permanentemente  en  España ; 
y  la  desgraciada  enfermedad  de  Avellaneda  reduce  todavía  aquel 
número  a  5,  de  los  cuales  algunos,  por  su  edad,  como  P.  S.  Obli- 
gado, cuyos  8o  años  hace  rato  celebramos ;  y  otros,  por  su  salud 
delicada,  como  J.  V.  González,  obligado  a  residir  casi  constan- 
temente en  Rioja;  limitan  aún  el  número  de  los  que  normal- 
mente pueden  concurrir  a  sessión.  Pero  hay,  en  cambio,  8 
individuos  electos:  Osvaldo  Magnasco,  José  María  Ramos  Me- 
jia,  Samuel  Lafone  Quevedo,  Enrique  E.  Rivarola,  José  Ni- 
colás Matienzo,  Norberto  Pinero,  Ricardo  Rojas,  Ángel  de 
Estrada;  de  esos  8  han  fallecido  los  3  primeros  y  sólo  quedan 
5  pero  residiendo  actualmente  en  Europa  uno  de  ellos,  Estrada, 
y  siendo  en  estos  momentos  otro,  Matienzo,  ministro  del  interior, 
en  realidad  quedan  sólo  3  de  quienes  se  puede  esperar  en  su  dis- 
curso de  recepción  para  poder  ser  recibidos  en  sesión  pública  y 
solemne,  resultando  entonces  incorporados  definitivamente  en  su 
carácter  de  individuos  de  número.  A  este  respecto,  en  la  sesión 
de  septiembre  5  de  1914,  se  lee  en  el  acta:  '*. .  .El  señor  director 


—  i8  — 

recordó  a  los  presentes  que  el  señor  Menéndez  Pidal  había  obser- 
vado que,  con  arreglo  a  los  estatutos  de  la  R.   Academia,   los 
académicos   electos  anteriormente   por   la   corporación   argentina, 
a  saber:   Samuel  Lafone  Quevedo,  Osvaldo  Magnasco,  Enrique 
E.  Rivarola  y  José  Nicolás  Matienzo,  no  podían  ser  considera- 
dos   académicos    propietarios    sino    después    de    pronunciar    su 
discurso  de  recepción,  siendo  este  contestado  por  un   individuo 
de  número,  y  que  sólo  a  partir  de  tal  ceremonia  procedía  po- 
ner el  hecho  en  conocimiento  de  la  corporación  de  Madrid,  a 
fin  de  que  ésta  los  considerara  como  individuos  de  número  de 
la   de   Buenos   Aires,   y   en    tal   carácter    les   hiciera   figurar   en 
sus  .'anuarios.   Agregó  el  señor  director  que  precisamente  en  vir- 
tud de  esa  justificada  observación,  dichos  académicos  electos,  pero 
no  recibidos,  no  habían  sido  convocados  a  la  presente  sesión,  pues 
si  bien  habían  asistido  a  alguna  de  las  anteriores,  fué  por  pura 
cortesía  y  en  señal  de  agradecimiento  por  la  designación  recaída 
en  ellos.    Se  resolvió  entonces   que   era  conveniente   regularizar 
cuanto  antes  la  situación  de  los  académicos  electos,  invitándolos  a 
que  se  recibieran  oficialmente  en  la  forma  usual,  para  lo  cual  se 
les  pasaría  la  nota  de  estilo".    En  la  sesión  de  octubre  2  de  19 15 
se  lee:  "el  señor  académico  electo  Osvaldo  Magnasco    comunica 
que  en  su  discurso  de  recepción  disertará  sobre  la  lengua  espa- 
ñola en  América" ;  a  continuación :  "el  señor  Lafone  Quevedo  ma- 
nifiesta que,  por  su  parte,  espera  tener  listo  su  discurso  para  las 
primeras  sesiones  del  año  entrante" ;  debe  todavía  agregarse  que 
Enrique  E.  Rivarola  h.ibia  com.unicado  que  el  tema  de  su  discurso 
sería  "la  poesía  en  Amé:ira".   Es  notorio  que  los  dos  primeros 
académicos  electos  fallecieron,  desgraciadamente,  sin  llegar  a  cum- 
plir con  aquella  prescripción  reglamentaria.    En  el  acta  de  agosto 
15  de  1916,  al  ser  electos  Rojas  y  Estrada,  se  lee:  "con  tal  motivo, 
el  señor  director  observó  que  los  académicos  anteriormente  electos, 
señores  Osvaldo  Magnasco,  José  Nicolás  Matienzo,  Samuel  La- 
fone Quevedo,  Enrique  E.  Rivarola  y  Norbsrto  Pinero,  aún  no 
habían  comunicado  tener  listos  sus  discursos  de  recepción,  por  lo 
cual  no  se  hab'a  designado  tampoco  quienes  deberán  contestarles. 
En  consecuencia,  se  resolvió  invitar  nuevamente  a  dichos  señores 
a  cumplir  a  la  brevedad  posible  con  la  prescripción  reglamentaria 
de  su  recepción  solemne    y  pública.   El  hecho  de  que  concurran  a 


—  19  — 

las  sesiones,  y  de  que  algunos  de  ellos  tomen  parte  activa  en  los 
trabajos  de  la  Academia,  no  debe  hacerles  olvidar  que  conviene 
regularizar  su  situación  de  académicos  electos,  a  fin  de  que  cuanto 
antes  se  les  pueda  saludar  como  a  titulares".  Bt  sic  de  cccteris: 
con  una  regularidad  cuasi  cronométrica  se  repiten,  año  tras  año, 
análogas  manifestaciones  en  las  actas  de  otras  sesiones.  Por  eso 
—  en  el  recordado  escrito  sobre  Obligado  —  decía:  "Existiendo 
varios  individuos  electos,  todavía  no  se  apresuran  a  entrar  en 
funciones,  presentando  su  obligatorio  discurso  de  recepción:  las 
esperanzas,  sin  embargo,  prevalecen  contra  la  angustia  y  es  pre- 
cis^o  salir  con  mucha  enseñanza  y  decir  que  todo  aquello  es  por 
mejor:  en  cuanto  a  mi,  las  promesas  de  asistencia,  aun  cuando 
difícilmente  se  cumplen,  me  sirven  de  bordón  en  que  me  susten- 
to..." No  se  puede  reprochar  siquiera  a  los  electos  que  no  se 
apresuren  demasiado:  lo  sabe  la  misma  R.  Academia  Española, 
que  no  pocas  veces  ha  esperado  pacientemente  años  y  años  hasta 
que  un  electo  se  haya  decidido  a  pronunciar  el  famos^o  discurso,  y 
ahora  mismo,  sin  ir  más  lejos,  espera  hace  años  a  Jacinto  Bena- 
vente,  electo,  pero  quien  no  parece  muy  apurado  por  ser  recibido, 
a  no  ser  que  lo  decida  el  reciente  premio  Nobel,  que  se  le  otorga 
cuando  Azorin  afirma  que  su  reinado  en  el  teatro  parece  entrar 
en  el  ocaso,  renovando  el  conocido  episodio  de  Bretón...  Cual- 
quier día,  entonces,  nuestros  5  electos  o  algunos  de  ellos  termina- 
rán sus  discursos  y  se  celebrará  la  sesión  pública  de  recepción, 
con  lo  cual  la  corporación  tendrá  asegurado  ampliamente  su 
quorum  para  las  juntas  ordinarias,  sin  perjuicio  de  que  puede 
aun  elegir  6  nuevos  individuos  de  número  para  completar  la  cifra 
reglamentaria  de  18:  si  bien  hasta  ahora  se  había  considerado 
más  discreto  y  prudente  esperar  a  que  los  ya  electos  se  reciban  y 
proceder  entonces  a  la  nueva  elección,  buscando  así  mayor  acier- 
to en  ésta.  Pero  no  faltarán,  sin  duda,  candidatos  para  llenar  esas 
vacantes:  bastaráme  recordar  a  Larreta,  García,  Lugones,  Cal- 
vez, con  L,a  gloria  de  don  Ramiro,  La  ciudad  indiana,  La  guerra 
gaucha,  y  El  solar  de  la  raza,  para  no  mencionar  sino  a  los  lite- 
ratos puros,  pues,  en  cuanto  a  gramáticos.  Selva  con  su  Guía  del 
buen  decir  representará  para  no  pocos  una  candidatura  formida- 
ble; quedando  todavía  un  puesto  a  llenar,  con  lo  que  vienen  a  los 
puntos  de  la  pluma  una  serie  de  nombres,  entre  los  cuales  no  es 


20 


fácil  elegir  y  que  se  recomiendan  todos,  sea  por  su  obra  en  verso 
o  en  prosa...  Ignoro  lo  que  mis  colegas  piensen  al  respec- 
to, pero  en  general  paréceme  que  la  única  dificultad  estará  en 
escoger  entre  los  muchos  candidatos,  de  títulos  bien  aquilatados, 
y  no  en  buscar  quienes  puedan  aspirar  a  tales  candidaturas :  las  6 
vacantes  no  lograrán  evitar  más  de  un  quizá  justificado  resenti- 
miento, pero  —  la  muerte  se  encarga  fatalmente  de  facilitar  la 
solución,  poniendo  plazas  a  disposición  de  los  que  por  sus  méritos 
se  impongan,  ya  que  todo  llega  a  tiempo  para  quien  puede  espe- 
rar !  Todo  esto  es  tanto  más  interesante  cuanto  que,  rigiéndose  las 
Academias  americanas  por  los  estatutos  de  la  Española,  ésta 
no  puede  ya  directamente  nombrar  individuos  correspondientes  a 
argentinos,  pues  es  la  corporación  nuestra,  desde  que  se  encuentra 
constituida,  la  única  autorizada  para  ello.  Consta,  en  efecto,  en  una 
de  las  actas  de  nuestra  Academia  —  la  de  septiembre  5  de  1914  — 
que  "el  señor  Menéndez  Pidal  había  manifestado  que  tenía  encar- 
go del  señor  director  actual  de  la  R.  Academia  D.  Antonio  Maura, 
de  regularizar  las  relaciones  entre  aquélla  y  esta  Academia  co- 
rrespondiente, interrumpidas  de  tiempo  atrás  por  haberse  tras- 
papelado en  poder  del  anterior  secretario  de  la  Española,  D.  Ma- 
riano Catalina,  la  nota  de  la  Academia  argentina  de  que  fué  por- 
tador el  señor  académico  D.  Eugenio  Selles,  al  ausentarse  de  esta 
ciudad:  añadiendo  que  debido  a  ello  la  corporación  de  Madrid 
había  estado  en  la  inteligencia  de  que  la  de  Buenos  Aires  había 
cesado  de  funcionar  y,  a  causa  de  ese  error,  había  reasumido  sus 
facultades  de  nombrar  individuos  correspondientes  en  la  Argen- 
tina, designando  al  efecto  al  actual  ministro  de  esta  república  en 
aquella  corte,  Marco  M.  Avellaneda;  que  daba  esta  explicación 
a  fin  de  satisfacer  la  posible  justa  susceptibilidad  de  la  Academia 
argentina,  pues,  según  los  estatutos  de  la  Española,  a  ella  le  co- 
rresponde únicamente  efectuar  tales  nombramientos  desde  que 
se  ha  constituido  y  funciona  regularmente;  que  deseaba,  en  caso 
de  ser  acogida  en  su  debido  valor  tal  explicación,  dejar  reanu- 
dadas las  relaciones  oficiales  entre  ambas  corporaciones  y  le  sería 
grato  ser  portador  de  alguna  comunicación  en  tal  sentido,  de  esta 
Academia  para  la  matritense.  El  director,  terminada  esta  expo- 
sición, sometió  el  caso  a  la  deliberación  de  los  presentes.  Tras  un 
breve  cambio  de  ideas,  se  resolvió  que  en  vista  de  aquella  aclara- 


—  21  — 


ción  esta  Academia  se  diera  por  catisfecha  y  considerara  el  nom- 
bramiento del  correspondiente  Avellaneda  como  si  ella  misma  lo 
hubiera  verificado,  por  ser  exacto  que  tal  facultad  le  competía. 
Así  lo  confirma  también  la  R.  Academia  Española  en  su  cir- 
cular de  31  de  enero  del  corriente  año,  pasada  a  las  Academias 
correspondientes,  en  la  cual  censura  la  insistencia  de  algunos  es- 
critores americanos  en  solicitar  su  incorporación  directa  a  la 
Academia  de  Madrid,  en  vez  de  hacerlo  a  las  correspondientes  de 
sus  respectivos  países,  y  comunica  su  resolución  de  abstenerse 
en  lo  sucesivo  de  nombrar  académicos  correspondientes  en  las 
repúblicas  americanas  que  ya  tengan,  o  lleguen  a  tener.  Academias 
correspondientes.  La  Academia  resolvió  también  invitar  al  señor 
Menéndez  Pidal  para  que  concurriese  a  la  próxima  sesión  y,  an- 
tes de  su  regreso  a  España,  entregarle  la  comunicación  acordada 
para  la  R.  Academia  dejando  las  relaciones  entre  ambos  cuerpos 
en  los  mejores  términos  de  cordialidad".  Así  sucedió,  y  se  lee  en 
el  Boletín  de  la  R.  Academia  Española  (II.  110)  lo  siguiente: 
"En  juntas  de  23  y  30  de  diciembre  de  1914  se  dio  cuenta  a  la 
Academia  Española  de  haberse  reorganizado  la  ilustre  Academia 
Argentina  mediante  sesión  celebrada  en  Buenos  Aires  el  5  de 
septiembre  próximo  pasado,  eligiendo  nuevo  director  en  la  per- 
sona del  señor  don  Ernesto  Quesada,  y  secretario,  en  la  del  se- 
ñor don  Calixto  Oyuela,  bien  conocidos  ambos  en  España  por  su 
vasta  cultura  y  obras  literarias.  En  la  misma  sesión  acordó  la 
Academia  Argentina  completar  el  número  de  sus  individuos,  per- 
suadiendo a  los  electos  y  no  recibidos  a  que  presenten  sus  discur- 
sos de  ingreso  lo  más  pronto  que  puedan,  a  fin  de  activar  los  tra- 
bajos propios  de  la  Academia,  en  especial  la  redacción  de  un  buen 
diccionario  de  argentinismos.  A  esta  sesión  asistió  el  académico 
de  número  de  la  Española  don  Ramón  Menéndez  Pidal,  quien, 
por  encargo  y  en  nombre  de  esta  última,  les  excitó  a  persistir  en 
tales  proyectos  hasta  darles  cumplido  término.  La  Academia  Es- 
pañola aprobó  todo  lo  hecho  por  sus  compañeros  de  allende  el 
Atlántico  y  acordó  felicitarles  por  ello".  Es  de  observar  que  sólo 
después  de  comunicar  la  Correspondiente  que  se  ha  verificado  la 
recepción  pública  del  académico  electo,  extiende  la  Española  a  su 
favor  el  diploma  de  individuo  correspondiente:  mientras  no  se 
verifique  la  recepción  pública,  el  electo  es  solo  un  académico  in  spe. 


—  22  — 

Por  lo  demás  —  y  sin  esperar  a  la  incorporación  de  dichos  elec- 
tos —  los  actuales  titulares  ciertamente  han  seguido  trabajando 
en  las  papeletas  de  las  letras  del  vocabulario  de  argentinismos, 
que  les  fueron  repartidas;  habiendo  correspondido  en  la  distri- 
bución primitiva,  efectuada  en  la  reunión  de  septiembre  14 
de  1910,  la  A  a  Rafael  Obligado,  hoy  fallecido;  la  B  a  quien 
esto  escribe;  la  C  a  Estanislao  S.  Zeballos;  la  CH  a  Pastor  S. 
Obligado;  la  D  a  Calixto  Oyuela;  la  E  a  Vicente  G.  Quesada, 
fallecido  también;  la  F  a  Carlos  Guido  Spanc,  igualmente  falle- 
cido; la  G  a  Joaquín  V.  González;  la  H  a  Belisario  Roldan,  fa- 
llecido; la  I  a  Carlos  María  Ocantos,  ausente;  la  J  a  Eduardo 
Wilde,  fallecido.  La  reunión  y  depuración  de  esas  papeletas  es, 
entre  nosotros,  tarea  lentísima,  sea  porque  cada  académico  nume- 
rario tiene  muchísimas  otras  preocupaciones,  por  lo  general  más 
apremiantes  o  absorbentes,  que  atender,  sea  porque  ninguno  de 
ellos  tiene  la  singularísima  cualidad  que  distingue  al  actual  direc- 
tor de  la  R.  Academia  Española,  el  ilustre  estadista  Antonio  Mau- 
ra, quien  "ha  leído,  y  más  de  una  vez,  de  punta  a  cabo  el  Diccio- 
nario actual",  y  de  quien  en  ocasión  solemne  la  misma  corporación 
—  en  su  sesión  de  diciembre  6  de  1921  —  ha  dicho:  "leyó  de 
arriba  abajo  todo  el  Diccionario,  obra  que  antes  de  él  no  ejecutó 
hombre  alguno,  y  averiguó  los  errores,  y  saneó  el  ambiente  espi- 
ritual del  léxico,  y  mediante  el  arte  máximo  que  Dios  le  otorgara 
para  definir,  modo  en  el  que  su  ingenio  y  su  saber  del  habla  se 
sintetizan,  puso  en  millares  de  vocablos  una  interior  iluminación, 
que  los  convirtió  en  centelleantes  gritos  del  alma  castellana".  Si 
entre  los  individuos  de  número  de  la  Correspondiente  argentina 
hubiere  uno  siquiera  que  algo  tuviera,  por  lo  menos,  de  esa  estu- 
penda cualidad  lexicográfica,  evidente  es  que  estaría  ya  terminada 
l'fi  tarea  de  la  formación  del  Vocabulario  de  argentinismos.  Pero 
confieso  que,  por  mi  parte,  carezco  de  la  sombra  de  cualidad  se- 
mejante, y  de  mis  compañeros  no  podría  lealmente  decir  cuál 
pudiera  competir,  de  lejos  a  lo  menos,  con  aquel  don  preclaro  del 
ilustre  colega  español.  Por  eso  es  menester  tener  con  los  modes- 
tos académicos  argentinos  un  poco  de  paciencia . . .  Por  otra  par- 
te, la  misión  de  los  individuos  de  nuestra  Academia  no  es,  coma 
lo  supone  Costa  Alvarez,  la  de  "imponer  tutela"  sino  sencillamente 
la  de  desempeñar  —  sin  excesiva  precipitación  —  sus  tranquila» 


—  23  — 

funciones  académicas,  como  lo  hacen  los  colegas  de  la  corporación 
matritense.  los  cuales  dan  prueba  de  un  eximio  adiestramiento  de 
tradición  secular;  pero  estos  mismos,  sabido  es,  tampoco  pu- 
blican a  día  fijo  las  sucesivas  ediciones  del  Diccionario:  así,  la 
última  (XIV)  apareció  en  1914,  la  penúltima  (XIII)  en  1899; 
la  anterior  (XII)  en  1884,  y  siempre  ha  transcurrido  un  largo 
período  entre  una  y  otra  edición,  pues  la  I  es  de  1726,  la  II 
de  1770,  y  así  sucesivamente,  siendo  la  VI  de  1822,  la  VII  de 
1832,  la  VIII  de  1837,  la  IX  de  1843,  la  X  de  1852,  la  XI  de 
1869,  de  modo  que  corrieron  15  años  hasta  que  apareció  la  re- 
cordada XII  en  1884:  ahora  se  anuncia  para  este  año  (1923) 
la  XV.  La  influencia,  pues,  que  pueda  ejercer  la  corporación  ma- 
triz estriba  principalmente  en  la  publicación  del  Diccionario  y 
esta  es  obra  —  sobre  todo  en  su  primera  edición  —  que  no  pudo 
ni  debió  verificarse  con  ligereza:  las  ediciones  sucesivas  son  ya 
de  ejecución  relativamente  más  sencilla;  pero,  como  se  ha  dicho 
alguna  vez,  "los  diccionarios,  reducidos  por  su  índole  y  naturaleza 
propia  a  un  repertorio  de  voces,  no  se  ocupan,  no  deben  ocuparse 
en  dar  a  conocer  las  locuciones,  los  giros,  la  construcción,  el  nú- 
mero, la  armonía  peculiar  de  los  idiomas :  esta  parte  esencialísima, 
la  más  necesitada  hoy  de  prot<icción  y  defensa,  se  halla  expuesta, 
sin  escudo,  a  los  tiros  de  la  muchedumbre".  Con  todo,  la  Acade- 
mia ha  sostenido  siempre  oomo  doctrina  que  "el  caudal  del  dic- 
cionario o  materia  de  la  lengua,  lo  suministra  el  estado  de  nuestra 
civilización  entera,  cada  uno  de  cuyos  elementos  en  la  larga  serie 
de  conceptos,  modos  y  relaciones  que  se  le  allegan,  ha  de  contar 
oportuna  expresión:  siendo  los  nombres  para  las  cosas,  siempre 
que  nazca  un  nuevo  concepto  habremos  de  buscarle  su  leal  expre- 
sión; lo  que  exige  la  lengua  es  que  no  se  admitan  o  legitimen  y 
menos  se  formen  nuevas  voces,  fuera  de  caso  rigurosamente  pre- 
ciso; y  que  cuando  las  admitamos  se  mire,  en  orden  a  su  fondo, 
que  la  excelencia  y  propiedad  del  nombre  esté  en  que  convenga  a 
lo  nombrado,  por  entrañar  alguna  esencia  o  cualidad  suya :  om  lo 
que  será  tan  imagen  del  pensamiento,  como  es  el  pensamiento 
imagen  de  su  objeto;  en  orden  a  su  forma  o  estnictura,  que  se 
adapte  y  amanere  al  genio  y  composición  tradicional  de  la  lengua, 
de  forma  que  no  la  adultere  y  desnaturalice".  Sin  embargo,  a  la 
vez  se  ha  sostenido  siempre  que  "tanto  se  refieren  y  casan  el  ele- 


—  24  — 

mentó  formal  y  material,  que  para  dejar  una  lengua  de  ser  lo  que 
es,  basta  la  retirada  de  uno  de  los  dos,  aunque  subsista  el  otro; 
porque  no  concurren  las  voces  a  a  expresión  de  un  pensamiento 
mas  que  observando  la  disciplina,  orden  y  trabazón,  en  que  han 
de  juntarse  para  hacer  sentido  perfecto ;  los  miembros  y  articula- 
ciones de  ese  organismo  atañen  al  Diccionario:  su  estructura,  co- 
locación y  movimiento,  a  la  Gramática;  en  su  consecuencia,  el 
trabajo  directo  de  la  Academia  sobre  la  lengua  se  refiere  a  la 
Gramática  y  al  Diccionario".  Por  esa  razón,  en  cuanto  a  la  Gra- 
mática, es  esa  tarea  exclusiva  de  la  misma  corporación  madre,  si 
bien  los  trabajos  regionales  pueden  ser  de  enorme  utilidad,  ya  que 
quizás  los  gramáticos  más  ilustres  —  Bello,  Baralt,  Cuervo,  Isa- 
za,  etc.  —  han  sido  hispanoamericanos.  ¿Qué  entiende,  entonces, 
Costa  Alvarez  por  "carácter  efectivo  del  actual  titulo  decorativo"? 
No  alcanzo  a  vislumbrarlo. 

Por  último,  basta  recorrer  las  publicaciones  oficiales  de  la  Es- 
pañola y  de  las  correspondientes,  para  darse  cuenta  de  que  no  se 
trata  de  "imponer  tutela":  el  Boletín  de  la  R,  Academia  Españo- 
la, hoy  en  su  año  IX,  fué  fundado  en  febrero  de  1914  para  "co- 
municar más  y  mejor  con  las  corporaciones  hermanas  o  simi- 
lares, con  sus  propios  individuos  residentes  fuera  de  Madrid  y 
con  la  generalidad  del  público,  acrecentando  la  intensidad  y  la  efi- 
cacia de  su  labor,  para  los  fines  con  que  fué  instituida  ahora 
va  para  dos  centurias".  Antes,  a  partir  de  1870,  había  editado  la 
serie  de  sus  Memorias,  que  alcanza  ya  9  vols.,  como  la  de  Dis- 
cursos, que  cuenta  10  tomos:  ningima  de  las  cuales  "se  han  de 
interrumpir,  pues  colacionan  y  difunden  documentos  literarios, 
filológicos  y  gramaticales,  de  perdurable  interés,  pero  no  mantienen 
el  contacto  íntimo  y  actual  que  la  Academia  necesita  con  la  vida 
palpitante  del  idioma  y  de  la  literatura".  Además,  con  n>otivo  de 
cada  recepción,  distribuye  los  discursos  impresos  del  nuevo  indivi- 
duo de  número  y  de  quien  le  contesta.  La  Academia  todavía  agre- 
ga: "El  comercio,  que  venturosamente  se  agranda  cada  día,  con 
lenguas  y  obras  literarias  de  otros  pueblos,  a  la  vez  que  estimu- 
la los  trabajos  y  hace  más  pingüe  su  rendimienbo,  agrava  la  con- 
tingencia de  perder  su  pureza  el  patrimonio  genial  y  castizo,  cuya 
custodia  está  encomentadada  a  la  Academia  Española.  A  los  aca- 
démicos, sean  de  número  o  correspondientes,  nacionales  o  extran- 


—  25  — 

jeros,  ofrecerá  el  Boletín  fácil  ocasión  para  exposiciones  doctri- 
nales, reseñas  bibliográficas,  notas  de  critica  o  advertencias  que^ 
a  menudo  sugieren  los  abusos  o  defectos  más  señalados  en  el  habla 
popular  y  aun  en  la  que  generalmente  se  considera  como  literaria. 
Servirá  esta  publicación  periódica  y  constante,  5  veces  cada  año, 
para  acortar  distancias  entre  unos  y  otros  miembros  de  la  cor- 
poración, para  realizar  con  la  actualidad  el  provecho  de  los  tra- 
bajos, no  todos  igualmente  fecundos  en  cualquiera  sazón,  y  para 
franquear  y  fomentar  las  recíprocas  influencias  vivificadoras  entre 
la  Academia  y  los  pueblos  que  hablan  nuestra  lengua.  Los  aca- 
démicos cuyas  residencias  están  diseminadas,  no  sólo  por  varias 
comarcas  sino  por  extrañas  y  aun  remotas  tierras,  dispondrán 
constantemente  de  órgano  adecuado  para  comunicar  y  divulgar  sus 
aportaciones,  sugeridas  por  la  observación  directa  de  las  realidades 
sociales,  a  quienes  corresponden  el  impulso  originario  y  la  última 
sentencia  en  materia  de  lenguaje.  No  todo  el  fruto  quedará  pen- 
diente hasta  la  vez  de  cosecharle  en  las  publicaciones  oficiales  de 
la  corporación".  De  las  correspondientes,  la  mexicana  comenzó 
a  publicar  sus  Memorias,  cuyo  tomo  I  es  de  1876,  el  II  de  1880, 
el  III  de  1886,  el  IV  de  1895.  Exponía  los  fines  de  tal  publicación 
en  términos  que  cualquiera  de  las  corporaciones  similares  puede 
hacer  suyos,  pues  decía :  "Instituida  la  Academia  mexicana  con  los 
mismos  fines  que  la  matriz,  y  regida  por  los  estatutos  y  reglamentos 
de  ella,  encuentra,  empero,  ocupado  ya  en  gran  parte  el  campo  que 
debe  cultivar.  México  no  asistió  a  la  transformación  sucesiva  de  la 
lengua  que  hoy  habla,  sino  que  la  recibió  toda  entera  y  precisa- 
mente en  el  apogeo  de  su  lustre,  como  una  preciosa  herencia  acu- 
mulada por  el  trabajo  de  muchas  generaciones.  Mas  no  por  eso 
se  crea  que  es  pequeña  la  parte  que  toca  a  la  Academia  en  la  labor. 
Puede,  sin  duda,  extender  sus  investigaciones  hasta  los  más  re- 
motos orígenes  de  la  lengua:  nadie  se  lo  veda,  salvo  la  conve- 
niencia de  dejar  ese  terreno  a  quienes  con  mejor  derecho  pueden 
recorrerle,  y  con  tanto  éxito  le  han  cultivado  ya,  reservando  las 
propias  fuerzas  para  lo  que  más  de  cerca  toca  a  la  nación  en  que 
se  halla  establecida.  No  necesita,  en  verdad,  la  Academia  me- 
xicana echar  sobre  sus  hombros  la  pesada  carga  de  la  formación 
del  diccionario  de  la  lengua,  pero  puede  contribuir  al  perfecciona- 
miento del  que  existe,  ya  con  observaciones  acerca  de  lo  que 


—  26  — 

en  él  ha  tenido  cabida,  ya  con  la  adición  de  voces,  acepciones  o 
frases  de  uso  común  en  México :  tomadas  unas  de  la  misma  len- 
gua castellana,  y  otras,  no  pocas,  de  las  lenguas  usadas  en  el  país 
a  la  llegada  de  los  españoles,  en  especial  de  la  mexicana,  señora 
de  las  demás.  Esto,  que  desde  luego  pudo  mirarse  como  una 
parte  muy  principal  del  negocio  de  esta  Academia,  es  ahora  una 
obligación  cuyo  desempeño  le  confia  la  matriz,  pues  con  su  acos- 
tumbrada benevolencia  ha  pedido  nuestra  ayuda  para  la  nueva 
edición  que  prepara  de  su  diccionario  vulgar.  Podemos  también, 
y  es  tarea  muy  nuestra,  investigar  el  origen  de  las  diferencias  que 
se  notan  entre  la  lengua  hablada  o  escrita  en  México  y  la  pura 
castellana;  patentizar  el  incremento  y  decadencia  de  ésta  entre 
nosotros,  casi  por  los  mismos  pasos  que  en  la  metrópoli :  atestiguar 
con  ejemplos  de  nuestros  buenos  escritores  los  diversos  signifi- 
cados que  muchas  voces  han  adquirido  en  México,  asi  como  la 
introducción  de  algunas  nuevas;  y,  en  suma,  presentar  el  diseño 
fiel  de  esta  rama  lejana,  sin  que  eso  nos  impida  cooperar  en  ge- 
neral a  los  fines  de  aquella  Academia,  pues  nuestra  es  toda  la 
lengua  castellana,  y  nuestro  podemos  llamar  también  el  inago- 
table tesoro  de  su  literatura.  Corre  muy  extendido  el  error  de 
creer  que  el  instituto  de  la  R.  Academia  española,  y  por  conse- 
cuencia el  de  las  correspondientes  americanas,  está  reducido  a 
conservar  y  purificar  la  lengua  por  medio  de  la  publicación  de 
diccionarios,  gramáticas,  disertaciones  y  otros  escritos  en  que  se 
fije  la  significación  de  las  voces  castizas,  desechando  las  advene- 
dizas o  espurias,  se  establezcan  reglas  para  hablar  y  escribir  co- 
rrectamente, y  se  diluciden  cuestiones  de  lenguaje.  Tan  difundido 
está  el  error,  que  el  vulgo,  y  mucho  de  lo  que  no  se  tiene  por  tal, 
da  a  la  Academia,  no  su  verdadero  nombre,  sino  el  de  Academia 
de  la  Lengua.  Nada  de  eso:  basta  con  leer  sus  estatutos  y  regla- 
mento para  advertir  que  es  una  Academia  Española  en  toda  la 
extensión  de  la  palabra  y  que  a  su  cargo  tiene  cuanto  toca  al 
lustre  de  las  letras  españolas.  Lo  mismo  debe  cuidar  de  la  pu- 
reza de  la  lengua  fijando  sus  elementos  y  sus  reglas,  que  divul- 
gando, para  ejemplo  común,  las  obras  en  que  campea  con  todas 
sus  galas,  o  las  que  sirven  para  dar  a  conocer  su  desarrollo.  No 
le  es  ajeno  el  formar  juicios  críticos  de  las  producciones  más  no- 
tables de  la  literatura,  ni  tejer  elogios  de  los  sabios  que  más  en 


—  27  — 

•ella  se  distinguieron.  Suyo  es  el  cuidado  de  sacar  del  olvido  mo- 
numentos antiguos,  y  suyo  también  el  de  estimular  la  composición 
de  nuevas  obras,  alentando  a  los  autores  con  la  esperanza  del  pre- 
mio." La  Correspondiente  colombiana  había  iniciado  aún  antes,  en 
1874,  la  publicación  de  su  Anuario;  y  a  este  respecto,  recordaré 
lo  que  ha  dicho  Unamuno:  "naciones  hay  en  América,  como  Co- 
lombia, donde  se  escribe  en  general  un  castellano  mucho  más 
castizo  que  en  España".  El  propósito  que  aquella  corporación 
tuvo,  al  iniciar  dicha  publicación,  está  consignado  en  estas  pala- 
"bras:  "publicará  la  Academia  en  este  Anuario  los  trabajos  lite- 
rarios que  presenten  sus  sácelos,  y  sacará  a  luz  muestras  inéditas 
escogidas  de  los  autores  colombianos  más  notables,  precedidas  de 
una  noticia  biográfica  y  crítica;  ocuparán  la  parte  final  de  cada 
volumen  las  observaciones  que  comuniquen  los  académicos  acerca 
del  diccionario  vulgar,  puestas  en  orden  alfabético  y  marcada  cada 
cual  Qon  la  cifra  del  contribuyente".  A  pesar  del  indiscutible  celo 
de  la  Academia  colombiana,  el  t.  II  sólo  apareció  a  los  37  años, 
en  iQii;  y  el  III  en  1914.  La  Corporación  chilena  comenzó  sólo 
en  191 5  la  publicación  mensual  del  Boletín.  Las  otras  Corpora- 
ciones hispanoamericanas  aun  no  han  dado  principio  a  esa  tarea: 
la  guatemalteca  lo  ha  hecho  a  ratos  en  revistas,  pero  aun  no  han 
aparecido  ni  sus  Memorias  ni  su  Boletín  ni  su  Anuario.  Eso  no 
quiere  decir  que  cada  una  de  ellas  no  trabaje  silenciosamente, 
siguiendo  la  antigua  divisa  castellana:  poco  a  poco.  La  argen- 
tina se  encuentra  también  en  esa  situación :  y  téngase  presente 
que,  siendo  el  cargo  de  secretario  perpetuo  el  de  guardián  de  la 
tradición  y  verdaderamente  el  de  representante  del  alma  misma 
de  la  re.spectiva  corporación,  el  hecho  de  serlo  en  la  nuestra 
nada  menos  que  Calixto  Oyuela,  cuyo  elogio  es  innecesario  ha- 
cer, constituye  la  mejor  garantía  de  la  discreción  y  eficiencia 
«con  que  cuida  por  el  buen  nombre  y  más  sólido  éxito  de  esta 
correspondiente  de  la  Española.  Por  lo  demás,  debo  reoordar  que 
el  Boletín  de  la  R.  Academia  Española  (IV.  122)  en  febrero  de 
1917  insertó  el  informe  leído  en  sesión  de  aquella  por  su  indivi- 
duo de  número,  José  Ortega  Munilla,  —  que  infaustamente  acaba 
de  fallecer  —  refiriendo  los  trabajos  de  nuestra  Correspondiente 
y  la  sesión  de  esta  a  la  cual  asistió,  a  saber:  "El  gran  pleito 
^ue  allá  se  sostiene  es  el  del  derecho  que  puedan  tener  los  voca- 


—  28  — 

blos  argentinos  para  ser  incluidos  en  nuestro  léxico.  Con  discre- 
ción suprema  esos  doctos  literatos -dicen  que  el  idioma  castellano 
debe  conservarse  puro  de  ajenas  sangres,  atribuyéndole  la  condi- 
ción que  es  propia  de  los  altos  linajes,  en  los  que  un  entronque 
plebeyo  mancha  el  escudo  y  le  avillana.  Ellos  no  aspiran  a  que 
voces  formadas  por  el  choque  de  los  españoles  conquistadores  con 
la  indiada,  ya  en  guerras,  ya  en  amores,  afee  la  hermosura  del 
decir  de  Garcilaso ;  ni  a  que  la  decantación  secular  de  las  lenguas 
guaraní,  quichua  o  araucana,  aporquen  y  envilezcan  el  habla  de 
santa  Teresa.  Se  contentan  con  que  los  vocablos  nuevos  que  ex- 
presan ideas  y  actos,  costumbres  y  menesteres  de  la  vida  argen- 
tma,  sean  estudiados  por  nosotros  para  que  les  demos  el  exequá- 
tur, si  lo  valen,  o  los  rechacemos  si  lo  merecen,  substituyéndoles^ 
por  otros  que  correspondan  al  genio  castellano".  Y  agregaba: 
"por  no  ser  del  lugar,  omito  los  datos  que  allí  he  recogido  acerca 
del  camino  que  siguen  los  trabajos  de  la  Academia".  Se  ve,  pues, 
que  tampoco  la  argentina  se  encuentra  en  mora,  pues  apenas  cuenta 
12  años  de  existencia  y  posiblemente  pronto  aparecerá  el  t.  I  de  sus 
Memorias,  destinadas  a  contener  los  trabajos  de  sus  individuos  de 
número  sobre  cuestiones  relativas  a  la  lengua:  se  ha  preferido 
esperar  a  que  tuvieran  lugar  las  recepciones  públicas  de  los  elec- 
tos, para  insertar  los  discursos  en  dicho  vol.  De  modo  que, 
teniendo  en  cuenta  la  prudente  mesura  con  que  las  otras  cor- 
poraciones americanas  han  ido  llenando  su  misión,  no  se  puede 
afirmar  que  la  argentina  sea  pasible  de  especial  reproche.  Y  co- 
rresponde aquí  hacer  resaltar  esta  peculiaridad :  en  todas  las  re- 
públicas hispanoamericanas  los  gobiernos  respectivos  han  otor- 
gado tal  protección  a  las  academias  correspondientes  que  les  asig- 
nan local  para  reunirse  y  recursos  para  sus  trabajos,  honrándose 
con  asistir  a  las  recepciones  de  sus  miembros  y  favoreciéndolas  en 
todas  formas.  España  ha  edificado  a  la  corporación  madre  un 
palacio,  dotado  de  presupuesto  amplio,  y  los  académicos  saben 
que  por  cada  ficha  de  asistencia  a  las  reuniones,  se  les  liquida  un 
honorario  determinado.  Francia  no  sólo  ha  dotado  de  un  palacio^ 
y  de  suficientes  recursos  a  su  Academia  de  la  lengua,  sino  que 
ha  ido  más  allá,  organizando  la  corporación  del  Instituto,  que 
agrupa  a  las  diversas  Academias,  dejándoles  la  necesaria  inde- 
pendencia para  sus  trabajos.    Se  me  ocurre  que  quizá  sería  utt 


—  29  — 

tanto  prematuro  si  nuestro  gobierno  se  decidiera  a  oficializar  la 
serie  de  academias  existentes, 'sobre  todo  las  universitarias,  y  las 
cuales  llevan  una  existencia  semi  precaria,  siquiera  por  la  falta  de 
recursos  para  costear  sus  publicaciones,  creyendo  que  es  llegado 
el  momento  de  crear  el  Instituto  Nacional  de  la  Argentina,  a  se- 
mejanza del  recordado  Instituto  de  Francia.  Es  verdad  que,  en 
él,  nuestra  Academia  de  la  lengua  tendría  su  lugar  indicado,  aná- 
logo al  de  la  Academia  Francesa  en  aquel  otro  Instituto,  incor- 
porándose probablemente  las  Academias  universitarias  actuales 
<:omo  ramas  del  mismo,  cual  son  allí  la  academia  de  ciencias  mo- 
rales y  políticas,  la  de  inscripciones,  de  bellas  artes,  etc.  Eso  per- 
mitiría al  gobierno  dotar  a  tales  instituciones  de  sede  permanente 
y  de  los  recursos  necesarios,  con  lo  que  posiblemente  se  lograría 
■dar  así  un  impulso  considerable  a  la  vida  intelectual  nacional:  al 
Instituto  le  correspondería,  entonces,  la  aplicación  de  la  ley  9141 
y  de  los  premios  en  dinero  para  obras  literarias  o  de  arte,  subven- 
ciones a  editores  o  adquisiciones  oficiales  de  libros,  distribución 
de  "bolsas  de  viaje'*  de  carácter  cultural,  publicaciones  oficiales  de 
carácter  histórico  o  literario,  y  una  serie  de  otras  funciones  que 
hoy  están  deficientemente  distribuidas  en  nuestro  país,  o  que  los 
cuerpos  legislativos  se  ven  obligados  a  desempeñar,  con  lo  que  se 
deja  ancho  campo  al  simple  favor  político  en  vez  de  recompensar 
el  verdadero  mérito,  en  obras  o  autores.  Pero  todo  eso  puede  ser 
posiblemente  un  simple  pió  desiderio  en  el  momento  actual,  si  bien 
alguna  vez  ha  de  realizarse,  porque  es  lógico  y  es  conveniente. 
I'or  el  momento,  la  Correspondiente  argentina  jamás  ha  costado 
un  centavo  al  erario,  carece  de  sede  propia,  no  tiene  presupuesto 
oficial,  no  goza  de  subvención  de  carácter  alguno,  sino  que  se 
reúne  en  la  casa  particular  de  su  director,  no  incurre  en  gastos, 
y  cuando  llegue  el  momento  de  comenzar  la  publicación  de  sus 
Memorias  los  académicos  probablemente  tendrán  que  cotizarse 
entre  sí  para  costear  los  gastos  de  impresión.  Y  esta  es  otra  de 
las  razones  que  hace  tan  deseable  la  pronta  incorporación  de  los 
electos  y  la  elección  de  los  llamados  a  ocupar  las  vacantes  exis- 
tentes. . .  He  entrado  en  estos  detalles  acerca  de  la  Academia  co- 
rrespondiente de  la  Española  porque  constituyen  una  faz  poco 
conocida  de  nuestra  historia  literaria,  y  porque  me  pareció  con- 
veniente llenar  asi  lo  que  consideré  ser  solo  una  deficiente  infor- 


—  30  — 

mación  en  el  autor  de  la  obra  que  motiva  estas  ligerísimas  obser- 
vaciones. 

Recuerda  Costa  Alvarez  mi  libro:  Bl  problema  del  idioma 
nacional  (1900)  y  dá  una  sucinta  idea  de  su  contenido.  Pre- 
cisamente en  su  carátula  se  lee:  "¿debe  propenderse  en  His- 
panoamérica a  conservar  la  unidad  de  la  leno^ua  castellana,  o 
es  acaso  preferible  favorecer  la  formación  de  dialectos  o  idio- 
mas nacionales  en  cada  república?",  por  ser  ese  el  problema  que 
el  libro  se  proponía  estudiar.  El  autor  de  Nuestra  lengua  lo 
atribuye  a  C.  O.  Bunge,  por  haberlo  éste  reproducido  en  Bl 
espíritu  de  la  educación,  y  dice  que  "mete  el  pié  en  los  baches 
del  terreno",  concluyendo  por  aplicarle  aquel  recordado  passons 
Vépongc  que,  en  su  indignación,  no  acertó  siquiera  a  expresar 
en  castellano ...  lo  que  quizá  fué  pasar  la  escoba  por  ahí  un 
tanto  de  prisa,  ya  que  esponja  significa  metafóricam(;nte  el  que 
con  maña  atrae  y  chupa  la  substancia  o  bienes  de  otro,  habiendo 
dicho  Ouevedo,  en  el  Tacaño :  "doy  orden  de  chuparle  todo  con 
esponjas  y  quitarle  de  allí".  Costa  Alvarez,  sin  duda,  no  tuvo 
intención  de  apostrofar  así  a  Bunge... 

Cabalmente,  con  motivo  de  aquel  libro  me  escribía  Miguel 
Cañé  —  octubre  8  de  1900  —  "Estamos  de  acuerdo:  con  los 
Abeille,  los  dramas  criollos,  el  lunfardo,  etc.,  vamos  rectamente 
a  la  barbarie;  hay  que  resistir  activa  y  pasivamente".  Daniel 
Granada,  el  ya  clásico  autor  del  Vocabulario  rioplatense  razo- 
nado, a  su  vez  me  decía  —  septiembre  28  —  "Acompaño  a  V. 
en  sus  justificadas  quejas  acerca  de  la  inercia  o  frialdad  con 
que  se  miran  o  con  que  parece  que  se  mirasen,  los  americanis- 
mos de  legítima  formación.  Con  que  parece  que  se  mirasen,  re- 
pito; porque  sería  a  toda  luz  injusto  atribuir,  por  ejemplo, 
a  la  Academia  Española  la  idea  del  menosprecio  en  cosa  que 
tanto  interesa  a  su  propio  instituto  y  que  ella  misma  ha  pro- 
curado con  la  creación  de  academias  correspondientes  en  el  nue- 
vo mundo.  Pero  hay  algún  defecto,  falta  algún  resorte  principal 
en  la  máquina  que  habría  de  producir  movimientos  rítmicos  en< 
la  organización  de  la  vida  del  lenguaje  castellano,  en  uno  y  otro 
hemisferio".  Ricardo  Palma  —  Lima,  octubre  17  —  se  apresuró 
a  cazar  algunos  gazapos  que  se  me  habían  escapado:  "Veo  que 


—  31  — 

empieza  V.  a  rebelarse  contra  las  prohibiciones  de  la  Acade- 
mia —  dice  —  pues  emplea  desapercibido  y  no  inadvertido; 
sesionar,  independizar,  incásico,  voces  todas  por  mí  defendidas 
y  que  la  docta  e  infalible  Corporación  rechaza:  eso  prueba  que 
hay  vocablos  que  se  imponen  por  si  solos  a  la  pluma  del  escri- 
tor". Ese  libro,  además,  dio  motivo  a  Eduardo  Wilde  para  es- 
cribir al  autor  aquella  aguda  y  herética  carta  abierta,  titulada  Bl 
idioma  y  la  gramática,  que  precedió  de  poco,  por  singularísima 
coincidencia,  a  su  elección  como  individuo  correspondiente  de  la 
F.spaíiola. . .  La  prensa  misma  fué  muy  benévola  para  apreciar 
dicho  libro.  La  Nación  —  agosto  29  —  decía:  "el  estudio  está 
desarrollado  con  la  erudición  que  nadie  desconoce  al  autor  en 
estas  m.aterias  y,  no  obstante  el  carácter  un  tanto  restringido  del 
tema,  está  revestido  en  su  exposición  de  un  interés  que  se  sos- 
tiene sin  esfuerzo  a  través  de  todo  d  volumen:  conocidas  como 
son  las  dotes  literarias  del  autor  es  inoficioso  agregar  que  su 
obra  está  escrita  en  vigorosa  y  robusta  lengua  castellana,  con  una 
claridad  y  elegancia  de  estilo  que  es  la  mejor  defensa  del  libro 
en  favor  de  la  tesis  que  sustenta".  Y  en  la  madre  patria  La  Ilus- 
tración española  y  americana  —  Madrid,  octubre  22  —  decía: 
"El  autor,  partidario  acérrimo  de  la  unidad  de  la  lengua,  res- 
ponde categóricamente  afirmando  la  necesidad  y  conveniencia 
de  aquella  conservación,  y  combatiendo  el  que  se  favorezca  la 
formación  de  dialectos.  Pero,  con  la  misma  franqueza  y  con 
abundante  caudal  de  razones,  demuestra  al  mismo  tiempo  que 
es  preciso  someter  los  vocabularios  parciales  de  provincialismos 
nacionales  a  una  cuidadosa  revisión,  pasando  por  el  crisol  de  una 
crítica  razonada  las  voces  legítimas,  cimentándolas  en  copiosas 
y  sanas  autoridades,  para  dar  a  la  estampa  el  verdadero  y  anhe- 
lado diccionario  de  americanismos.  Cree  necesario  para  ello,  co- 
mo trabajo  preliminar,  la  celebración  de  un  congreso  del  len- 
guaje, que  —  convocado  por  el  gobierno  español,  con  la  ayuda  de 
la  Academia  —  reuniera  a  los  individuos  correspondientes  de  ésta 
y  a  un  número  dado  de  delegados  por  país,  que  cada  gobierno 
designaría,  trazando  de  antemano  un  programa  bien  meditado, 
y  estableciendo  que  las  resoluciones  de  dicho  congreso  serían 
solamente  obligatorias  ad  referéndum  y  después  de  un  plazo  dado, 
a  fin  de  qi;ie  la  pública  opinión  de  los  países  de  habla  castellana 


—  32  — 

se  pronunciara  ampliamente  al  respecto.   Para  llegar  lógicamente 
desde  el  enunciado  del  problema  a  estas  conclusiones,  desarró- 
llase en  el  libro  una  verdadera   exposición  de  doctrinas,  datos, 
opiniones  de  los   filólogos   más  eminentes  de  la  América  y  de 
España  en  la  lengua  patria,  y  citas  de  gran  número  de  autores 
y  obras,  que  constituyen  un  verdadero  tesoro  de  sana  y  útilí- 
sima erudición.    Contiene  asimismo   la   obra  una  crítica   severa 
de  las  opiniones,  a  todas  luces  erróneas  y  exageradas,  de  algunos 
americanos  y   de   bastante   extranjeros,  que,   en   su   antipatía   a 
todo   cuanto   se   refiere   a   España,    defienden   la   pretensión   de 
formar  dialectos  nuevos  o   idiomas  nacionales".     El    autor    de 
Nuestra  lengua  sostiene  hoy  que  no  tuvo  siquiera  principio  de 
ejecución    el    congreso    preconizado,  del  cual  parece    en  cierto 
modo    burlarse  entre  líneas,  y  agrega:  "en  este  caso,  a  aquella 
displicencia  nuestra  para  toda  autoridad  oficial  en  materia  de 
lengua,  se  unía  seguramente  la  del  resto  del  continente,  porque 
ese  sentimiento  es  universal  en  América,  desde  un  polo  hasta  el 
otro".    Es  interesante   observar  de  paso  como  un  estudioso  de 
tanta  conciencia,  cual  el  autor  de  este  libro,  ha  pasado  por  alto 
una  carta  del  ilustre  Hartzenbusch  a  mi  padre,  —  Madrid,  ma- 
yo 3  de  1878 —  publicada  en  La  Tribuna,  de  julio  24  —  en  la 
cual  le  decía:  "el  pensamiento  de  convocar  un  congreso  del  len- 
guaje, compuesto  de  españoles  y  americanos,  me  ha  parecido  be- 
llísimo, pero  no  sé  yo  qué  parecerá  a  mis  compañeros  los  que 
llevan  la  voz  en  la  Academia:  el  momento   quizá  es  oiX)rtuno, 
porque  se  vá  a  principiar  la  XII  edición  de  nuestro  diccionario, 
y  más  derecho  tienen  a   figurar  en  ella  ciertas  voces  que  usan 
ustedes  por  ahí  que  algunas  de  las  infinitas  que  se  han  añadido 
para  la  edición  nueva".    Porque  precisamente  el  autor  de  Las 
bibliotecas  europeas  y  alguna  de  la  América  latiría  (1877),  en  el 
capítulo  dedicado  a  la  nacional  de  Madrid,  estudia  esta  cuestión 
diciendo:   "¿Cómo  quiere  la  Academia  de  la  Lengua  mantener 
vno,  puro  y  limpio,  el  idioma  español,  si  deja  fuera  de  su  re- 
cinto— y  sin  darles  ninguna  participación — a  las  naciones  hispano- 
?mericanas?  ¿Porqué  no  convoca  de  tiempo  en  tiempo  un  con- 
greso lingüístico  español,  para  que  el  Diccionario  y  la  Gramá- 
tica lleven  el  prestigio  de  que  son  el  fruto  del  estudio  de  todas 
las  naciones  de  la  misma  habla?"  Y  agregaba:  "Lejos  de  que  la 


—  33  — 

ccínservación  castiza  del  idioma  pueda  ser  traba  para  el  desen- 
volvimiento de  la  civilización  de  los  estados  hispanoamericanos, 
sería  por  el  contrario  la  mejor  prueba  de  la  cultura  y  adelanto 
de  esos  pueblos:  seria  un  nuevo  vínculo  que  los  uniría  más  por 
ci  trabajo  común  en  conservar  pura  la  lengua  nacional.  En  vez 
de  introducir  anarquía  y  desorden  en  la  ortografía  y  la  gra- 
mática, y  como  consecuencia  la  corrupción  en  el  idioma,  que 
sería  propósito  mezquino,  bajo  el  frivolo  pretexto  de  necesidades 
extraíías  y  nuevas  a  la  metrópoli  antigua,  la  razón  aconseja  que 
éstas  y  las  que  fueron  sus  colonias  acepten  las  voces  nuevas 
con  que  incesantemente  se  enriquecen  y  aumentan  las  lenguas 
vivas,  para  que  se  conserve,  en  la  estructura  de  la  frase  y  en 
la  ortografía,  la  posible  uniformidad:  la  pureza  del  idioma  pa- 
trio, hermoso  y  rico,  por  otra  parte,  pero  de  ningima  manera 
estacionario".  Ya  vé  Costa  Alvarez,  entonces,  como  el  pensa- 
miento del  congreso  lingüístico  español,  que  censuraba  al  en- 
contrarlo expuesto  en  el  libro  de  Bunge,  quien  solo  lo  había 
tomado  de  mi  Problema  del  idioma  nacional  (1900),  venía  de 
muy  atrás  y  pertenecía  a  Vicente  G.  Quesada,  estampado  en 
el  recordado  libro  de  1877. . .  Y  algún  tiempo  después,  en  1889, 
nada  menos  que  un  escritor  tan  voluntariamente  descuidado, 
como  el  general  Lucio  V.  Mansilla  —  quien  gustaba  decir:  "si 
otros  hablan  la  lengua  castellana,  yo  hablo  la  que  me  da  la 
gana..."  —  afirmaba  en  una  de  sus  tituladas  Causcries,  dedi- 
cada a  "Académicos  de  número,  honorarios,  correspondientes  y 
electos",  lo  siguiente:  "No  hay  que  tomar  el  rábano  por  las  ho- 
jas. No  hay  que  hablar  entonces  de  "partido  patricio".  ¿Porqué? 
Porque  la  patria  no  tiene  nada  que  hacer  con  esto,  y  porque  si  lo 
tuviera  forzosamente  tendríamos  que  dividirnos  en  dos  campos, 
uno  de  los  cuales  sería  el  de  los  "godos"  desde  que  hay  "crio- 
llos", cuyo  patriotismo  no  se  puede  poner  en  duda,  que  creen  que 
podemos  y  debemos,  sin  menoscabo  de  nuestro  legítimo  orgullo 
nacional,  cooperar  en  el  sentido  del  ideal,  diré  así.  cuya  realiza- 
ción parecen  tomar  a  pecho — no  españoles,  sino  american<\s. — como 
Bello,  Baralt,  Caro,  Vicente  G.  Quesada,  etc.,  los  cuales  han  escrito 
en  diversas  ocasiones  que  debíamos  tratar  de  limpiar,  purificar  y 
ennoblecer  nuestra  bella  lengua  americana,  que  no  es,  en  resumi- 
das cuentas,  más  que  la  lengua  española".    Todavía  agregaba: 


—  34  — 

"fuera  del  congreso  de  filólogos  que  se  reunió  en  París,  hace 
algunos  años,  con  el  fin  de  arribar  a  establecer  las  bases  de  un 
idioma  universal,  no  tengo  notic'a  de  n'*ngún  otro:  respecto  a  las 
ventajas  que  reportaría  un  congreso  de  hablistas  españoles,  creo 
que  serían  muchas  y  muy  provechosas,  sin  traer  a  colación  las 
opiniones  de  Antonio  Flores  y  de  Vicente  G.  Quesada,  sino  re- 
calcando sobre  la  conveniencia  americana,  no  española,  de  unifor- 
mar la  lengua,  pues  en  casi  todas  las  repúblicas  de  Hispanoamé- 
rica hay  giros  peculiares,  maneras  de  decir,  acepciones  de  palabras, 
que  no  constan  en  ningún  libro,  etc.  Pero  esos  ecos  se  perdieron 
en  el  vacío,  como  se  habían  perdido  los  de  tantos  otros.  ¿  Porqué  ? 
Porque  20,  15,  10  años  atrás,  en  estos  países  de  América,  son  un 
mundo ;  sobre  todo  en  la  República  Argentina,  cuya  marcha  ver- 
tiginosa de  progreso  la  transforma,  a  punto  de  verla,  por  decirlo 
así,  nacer,  crecer  y  desenvolverse,  como  se  ve  la  larva  con  el  mi- 
croscopio". 

Con  motivo  del  proyectado  congreso,  Costa  Alvarez  —  ha- 
blando sobre  el  planeado  vocabulario  de  argentinismos,  de  Obli- 
gado, y,  más  tarde,  de  la  Academia  correspe ndiente  —  dice  a  con- 
tinuación :  "En  cambio,  han  visto  la  luz  los  de  otros  compiladores, 
que  han  presentado  vocabularios  más  o  menos  embrionarios  y  en 
algimos  casos  simples  muestras  de  lo  que  se  proponían  hacer.  La 
lista  es  ésta:  Francisco  J.  Muñiz,  en  1848,  Voces  usadas  con  gene- 
ralidad en  las  repúblicas  del  Plata  (en  Obras  de  Sarmiento,  XLIII, 
239)  ;  Manuel  R.  Trelles.  en  1S76,  Colección  de  voces  americanas 
(en  Bl  Plata  literario,  de  Vega  Belgrano)  ;  Benigno  T.  Martínez, 
en  1887,  Diccionario  de  argentinismos  e  indigenismos  (en  Rn>Lsta 
Nacional,  III) ;  Jran  v^eljas,  en  1890,  Diccionario  de  barbarismos 
cotidianos;  Daniel  Granada,  en  1890,  Vocabulario  rio  piálense  ra- 
zonado; Enrique  Tagle  J.,  en  1893,  Diccionario  de  las  voces  ame- 
ricanas: Antonio  Dellepiane,  en  1894,  Bl  idioma  del  delito;  Juan 
A.  Turdera,  en  1896,  Diccionario  de  barbarismos  argentinos;  C. 
Martínez  Vigil,  en  1897,  Sobre  lenguaje;  S.  A.  Lafone  Quevedo, 
en  1898,  Tesoro  de  catamarqucñismos ;  Enrique  T.  Sánchez,  en 
190T,  Voces  y  frases  viciosas;  R.  M-mer  Sans,  en  1903,  Notas 
el  castellano  en  la  Argentina;  Ramón  C.  Carriegos,  en  191  o,  Mi- 
nucias  gramaticales ;  Ciro  Bayo,  en  19 10,  Vocabulario  crioUo-es- 
pañol;  Tobías  Garzón,  en  19 10,  Diccionario  argentino;  Lisandro 


—  35  — 

Segovia,  en  191 1,  Diccionario  de  argentinismos;  D.  Díaz  Salazar, 
en  iQii,  Vocabulario  argentino;  E.  Molina  Nadal,  en  1912,  Vo- 
cabulario argentino-español;  Luis  C.  Villamayor,  en  191 5,  Bl 
lenguaje  de  bajo  fondo;  Z.  P.  y  W.  P.  Bermúdez,  en  1916,  Len- 
guaje  del  Río  de  la  Plata."  Tal  lista — de  casi  estricto  orden  crono- 
lógico —  es  incompleta :  ni  siquiera  incluye  los  libros  de  que  espe- 
cialmente se  ocupa  la  obra  misma  y  los  cuales  son  muchos,  a 
saber:  Esteban  Echeverría,  Obras;  Juan  B.  Alberdi,  desde  La 
Moda  hasta  sus  Obras  postumas;  Domingo  F.  Sarmiento,  Obras; 
Juan  M.  Gutiérrez,  su  ruidosa  nota  a  la  Academia  en  1876  y  la 
polémica  en  Lm  Nación  entre  Berra  y  Pelliza;  después:  Alberto 
del  So-ar.  Cuestión  filológica;  Juan  B.  Selva,  Bl  castellano  en 
America  y  su  Guía  del  buen  decir;  Enrique  García  Vellos-o,  Bl 
castellano  en  América:  Antonio  J.  Valdéz,  Gramática  y  Ortogra- 
fía de  la  lengua  nacional  (1817);  Rufino  Sánchez,  Gramática 
argentina  (1852)  ;  Ernesto  Quesada,  Bl  problema  del  idioma  na- 
cional  (1900)  y  Bl  criollismo  (1902)  ;  Carlos  O.  Bunge,  Bl  espi- 
ritii  de  la  educación  (1900)  ;  Luciano  Abeille,  Bl  idioma  nacional 
de  los  argentinos;  Ricardo  Rojas,  Historia  de  la  literatura  nacio- 
nal; Eduardo  Wilde,  Bl  idioma  y  la  gramática;  Leopoldo  Lugo- 
nes,  Didáctica. 

Además  el  autor  de  Nuestra  lengua,  tanto  en  los  libros  de 
su  lista  como  en  los  citados  en  otras  partes  de  la  obra,  tampoco  ha 
tenido  en  cuenta  la  existencia  de  muchos  otros,  ya  anotados  en 
mi  trabajo  Bl  problema  del  idioma  nacional  (pág.  136  a  145)  y 
de  los  cuales  —  siguiendo  el  mismo  orden  cronológico,  observado 
por  aquel,  —  conviene  recordar :  Esteban  Pichardo,  Diccionario 
provincial  cuasi  ratonado  de  voces  y  frases  cubanas  (Matanzas, 
1836:  1849;  1S69;  Habana,  1872,  1875);  Hipólito  Sánchez,  Re- 
copilacimí  de  voces  alteradas  en  el  Perú  por  el  uso  (Arequipa, 
1859);  Antonio  J.  de  Irisarri,  Cuestiones  filológicas  (Nueva 
York,  1861);  Pedro  Paz  Soldán  y  Unanué,  Diccionario  de  pe- 
ruanismos  (Lima,  1871,  1883;  antes  publicó  en  Londres,  i85i: 
Galería  de  novedades  filológicas);  Rufino  José  Cuervo,  Apun- 
taciones críticas  sobre  el  lenguaje  bogotano  (Bogotá,  1872; 
1876;  1881  ;  Chartres,  1885);  Miguel  Riofrío,  Correcciones  de 
defectos  del  lenguaje  (Lima,  1874)  ;  Rafael  M.  Baralt,  Diccio' 
navio    de    galicismos    (Madrid,    1875) ;    Zorobabel    Rodríguez, 


-36- 

Diccionario  de  chilenismos  (Santiago,  1875)  ;  Fidelis  P.  del  So- 
lar, Reparos  al  diccionario  de  chilenismos  de  Zorobabel  RodrU 
gues  (Santiago,  1876)  ;  Fernando  Paulsen,  Reparo  de  reparos  o 
sea  examen  de  los  reparos  de  del  Solar  (Santiago,  1876)  ;  San- 
dalio  Letelier,  Inflexiones  y  derivaciones  castellanas  (Santiago, 
1877)  ;  Pedro  Fermín  Cevallos,  Breve  catálogo  de  errores  en 
orden  a  la  lengua  castellana  (Ambato,  1878)  ;  Manuel  J.  Marro- 
quín,  Diccionario  ortográfico  (Nueva  York,  1882)  ;  Olegario  O. 
Reyes,  Compendio  de  gramática  castellana  (Santiago,  1882 :  con 
lista  de  barbarismos)  ;  Juan  Ignacio  de  Armas,  Orígenes  del  len- 
guaje criollo  (Habana,  1882)  ;  Algo  sobre  filología  ecuatoriana 
(Quito,  1882)  ;  Ramón  Sotomayor  Valdez,  Formación  del  dic- 
cionario hispanoamericano  (Santiago,  i885)  ;  José  D.  Medrano, 
Apuntaciones  para  la  crítica  del  lenguaje  maracaibero  (Mara- 
caibo,  i885)  ;  M.  L.  Amunátegui,  Acentuaciones  viciosas  (San- 
tiago, 1887)  ;  Arístides  Rojas,  Diccionario  de  vocablos  indígenas 
de  uso  frecuente  en  Venezuela  (Caracas,  1887:  fué  sólo  muestra 
de  una  obra  inédita)  ;  Baldomcro  Rivodó,  Voces  nuevas  en  la 
lengua  castellana  (París,  1889)  >  ^d.  Venesolanismos  (París, 
i88g)  ;  Santiago  Michelena,  Verdades  políticas  y  pedantismo  li- 
terario (París,  1899)  ;  Baldomcro  Rivodó,  Entretenimientos  gra- 
maticales, 7  vols.  (París,  1890-93);  Alejandro  Cárdenas,  Notas 
sobre  el  lenguaje  vulgar  y  forense  (Quito,  1892)  ;  Algo  sobre  filo- 
logía ecuatoriana;  a  propósito  del  libro  titulado  *' Notas  sobre  eÜ 
lenguaje  viúgar  forense"  (Quito,  1892)  ;  Carlos  Gagini,  Dicciona- 
rio de  barbarismos  y  provincialismos  de  Costa  Rica  (San  José, 
1893)  ;  Carlos  Leitzner,  Tesoro  de  voces  y  provincialismos  hispa- 
noamericanos (Ivcipzig,  1892)  ;  Antonio  Batres  Jáuregui,  Vicios 
del  lenguaje:  provincialismos  de  Guatemala  (Guatemala,  1892)  ; 
Juan  Fernández  Ferraz,  Nahualtismos  de  Costa  Rice:  ensayo  lé- 
xicográfco  de  las  voces  mexicanas  que  se  hallan  en  el  habla  co- 
rriente de  los  costarricenses  (San  José,  1892) ;  Rodolfo  Lenz, 
Ensayos  filológicos  americanos  (Santiago,  1893)  ;  Barbarismos  más 
usuales  del  lenguaje  vulgar  en  la  república  del  Ecuador  (Quito, 
1893")  í  Camilo  Ortúzar;  Diccionario  manual  de  locuciones  viciosas 
y  correcciones  del  lenguaje  (Turín,  1893)  ;  Santiago  I.  Barberena, 
Qnicheismos:  contribución  al  estudio  del  folklore  americano 
(San  Salvador,  1894)  ;  M.  L.  Amunátegui  Reyes,  Borrones  gra- 


—  Z7  — 

ntaticales  (v^antiago,  1894)  ;  Tomás  Guevara,  Incorrecciones  del 
castellano  (Santiago.  1894)  ;  M.  L.  Amunátegui  Reyes,  A  través 
del  diccionario  y  de  la  gramática  (Santiago,  1895);  Victoriano 
E.  Montes,  Parónimos  castellanos  (B.  A.,  1895)  ;  R.  Kspecli, 
Elegancia  del  lenguaje  (Santiago,  1896);  Id.  Propiedad  del  len- 
guaje (Santiago,  1896) ;  Baldomero  Rivadó,  Voces  y  locuciones 
(Caracas,  1896)  ;  Ricardo  Monner  Sans,  Minucias  lexicográfi- 
cas: tata,  tambo*  poncho,  chiripá  (B.  A.,  1896)  ;  Julio  Calcafio, 
El  castellano  en  Venezuela  (Caracas,  1897)  ;  Alberto  Membreño, 
Hondureñismos:  vocabulario  de  los  provincialismos  de  Hon- 
duras (Tegucigalpa,  1897)  ;  Eduardo  de  la  Barra,  Investigacio- 
nes sobre  la  lengua  y  su  desarrollo  (Santiago,  1898)  ;  A.  Guz- 
mán.  Lexicología  castellana  (Santiago,  1898)  ;  Aníbal  Echeverría 
y  Reyes,  Voces  usadas  en  Chile  (Santiago,  1900);  Félix  C.  So- 
brón.  Los  idiomas  de  la  America  Latina;  Guillermo  Tell  Ville- 
gas, Homófonos  de  la  lengua  castellana;  G.  Maspero,  Sobre  al- 
gunas particidaridades  fonéticas  del  español  hablado  por  los  cam- 
pesinos de  Buenos  Aires  y  Montevideo  (en  Mémoires  de  la  so- 
ciété  de  linguistique,  de  París,  t.  I). 

Todos  estos  datos  resultan  hoy  incompletos  como  bibliogra- 
fía de  la  cuestión,  pues  en  la  sección  respectiva  de  mi  biblioteca 
americana,  además  de  todos  los  anteriormente  citados,  he  logra- 
do reunir  los  que  a  continuación  expreso:  Catálogo  de  nombres, 
verbos,  adverbios,  etc.,  que  por  lo  común  se  pronuncian  defec- 
tuosamente en  castellano  (Santiago,  1843)  '>  Ulpiano  González, 
Observaciones  curiosas  sobre  la  lengua  castellana  (Bogotá,  1848)  ; 
Antonio  Alvarez  Pereira  Coruja,  Collecáo  de  vocábulos  e  phra- 
ses  usados  na  provincia  de  S.  Pedro  do  Rio  Grande  do  Sul  (Río, 
1851,  en  Revista  do  Instituto  histórico;  además:  Londres,  1856)  ; 
Ortografía  razonada  de  la  lengua  hispanoamericana  (Bogotá, 
1857) ;  José  Ramón  Saavedra,  Gramática  elemental  de  la  lengua 
española  (Santiago,  1859:  contiene  un  "diccionario  de  algunas 
voces  araucanas  usadas  entre  nosotros")  ;  Valentín  Gómez,  Co- 
rrecciones lexicográficas  sobre  la  lengua  castellana  en  Chile  (Val- 
paraíso, 1860)  ;  Ezequiel  Uricoechea,  Gramática,  frases  y  oracio- 
nes en  la  lengua  chibcha  (Bogotá,  1861) ;  Miguel  A.  Caro,  Tra- 
tado del  participio  (Bogotá,  1870)  ;  Ruperto  S.  Gómez,  Ejercicios 
para  corregir  palabras  v  frases  ínal  usadas  en  Colombia  (Bogotá, 


-38- 

1872)  ;  Eufemio  Mendoza,  Apuntes  para  un  catálogo  razonado 
de  las  palabras  mexicanas  introducidas  en  el  castellano  (México, 
1872") ;  Vicente  García  Aguilera,  Tratado  de  análisis  lógico  y 
gramatical  de  la  lengua  castellana  (B.  A.,  1880)  ;  Baldomcro 
Rivodó,  Tratado  de  los  compuestos  castellanos  (París,  1883); 
José  F.  López,  Filología  y  etnología  filosófica  de  las  palabras 
griegas  de  la  lengua  castellana  (París,  1884)  ;  Andrés  Bello, 
Obras  completas  (Santiago,  1884:  en  los  15  tomos  hay  muchísi- 
mo referente  al  idioma)  ;  José  Miguel  Macías,  Diccionario  cu- 
bano etimológico,  crítico,  razonado  y  comprensivo  (Veracruz, 
1885 ;  Coatepec,  1888)  ;  Ricardo  Palma,  Neologismos  y  america- 
nismos (Lima,  i885)  ;  Rufino  J.  Cuervo,  Diccionario  de  cons- 
trucción y  régimen  de  la  lengua  castellana,  2  vols.   (París,  1886- 

1893)  ;  Rafael  Uribe,  Diccionario  abreviado  de  galicismos,  pro- 
vincialismos y  correcciones  del  lenguaje  (Medellín,  1887)  ;  Juan 
B.  Calcaño  y  Paniza,  Los  verbos  castellanos  que  rigen  preposi- 
ción (Curazao,  1887)  ;  Eduardo  de  la  Barra,  Elementos  de  mé- 
trica castellana  (1887);  id.  Estudios  de  versificación  castellana 
(i88())  ;  Baldomcro  Rivodó,  Diccionario  consultor  o  memorán- 
dum del  escribiente  (París,  1888)  ;  H.  Beaurepaire  Rohan,  Dic- 
cionario de  vocablos  brasileiros  (Río,  18B9:  hay  muchísimos 
castellanos  de  los  países  linderos)  ;  Demetrio  Santander,  Pala- 
tras  homófonas  (Cali,  1890)  ;  Eduardo  de  la  Barra,  Nuevos  es- 
tudios sobre  versificación  (1892);  José  Sánchez  Somoano,  Mo- 
dismos, locuciones  y  términos  mexicanos  (Madrid,  1892);  Ma- 
riano Barreto,  Vicios  de  nuestro  lenguaje  (León,  1893)  í  Tomás 
Guevara,  El  lenguaje  incorrecto  de  Chile  (Santiago,  1893); 
Eduardo  de  la  Barra,  Problemas  de  fonética  (1894),  id.  Cues- 
tión filológica:  examen  y  refutación  de  un  folleto  sobre  gramá- 
tica arcaica  (1894);  Abel  del  Sorralto  (A.  del  Solar),  Val- 
bucnismos  y  Valbucnadas  (B.  A.,  1894)  ;  Cayetano  A.  Aldrey, 
Estudio  critico  sobre  el  texto  oficial  de  gramática  de  lengua  caS'* 
tellana  de  Baldmar  P.  Dobranich  y   R.   Monner  Sans   (B.   A., 

1894)  ;  Gervasio  Muñoz  Rivera,  Valbuena  y  su  crítica  (B.  A.r 
1894)  ;  R.  Monner  Sans,  Con  motivo  del  verbo  desvertirse  (B. 
A.  1895)  ;  Eduardo  de  la  Barra,  El  endecasílabo  dactilico  (1895)  ; 
Isabel  Bering  y  José  T.  Sepúlveda,  Teoría  y  práctica  de  la  ense- 
ñanza  del   castellano    (Santiago,    1890) ;    Eduardo    G.    Piñeres, 


—  39  — 

Lexicografía  castellana  C  Cartagena,  1896)  ;  Eduardo  de  la  Barra, 
Las  palabras  compuestas  son   conservadoras    (Santiago,    1897); 
Anibal  Echeverría  y  Reyes,  Sobre  lenguaje   (Valparaíso,  1897)  ; 
Emiliano  Isaza,  Diccionario  de  la  conjugación  castellana   (París, 
1897) ;  Fred.  M.  Page,  Los  payadores  gauchos:  the  descendants 
of  the  juglares  of  oíd  Spain  in  La  Plata  (Darmstadt,  1897:  di- 
sertación doctoral   presentada  a  la  universidad  de  Heidelberg)  ; 
Aníbal   Echeverría   y   Reyes,   Nociones   de   ortografía   castellana 
(Santiago,  1897)  ;  Baldomero  Pizarro,  Informe  peresentado  al  de- 
cano de  humanidades  sobre  la  obra  "Lexicología  castellana" ,  de 
A.   Guzmán   (Santiago,   1898)  ;   J.  Romaguera   Correa,   Vocabu- 
lario Sul  Rio  Grandense  (Pelotas,  1898)  ;  Félix  Ramos  Duarte, 
Diccionario   de   mexicanismos    (México,    1898)  ;    Carlos    Gagini, 
Vocabulario  de  las  escuelas  (San  José,  1898)  ;  Fidelis  P.  del  So- 
lar, Carta  de  par  en  par  (Santiago,  1899)  i  Alberto  Brenes,  Ejer- 
cicios gramaticales   (San  José,   1899);  Rodolfo  Lenz,  Memoria 
sobre  los  tendencias  de  la  enseñanza  del  idioma  patrio  en  Chile 
(Santiago,   1899)  ;  R.  Monner  Sans,  La  religión   en  el  idioma: 
ensayo    paremiológico     (B.    A.,     1899)  »    Abraham    Fernández, 
Nuevos  chilenismos  o  catálogo  de  las  voces  no  registradas  en  los 
diccionarios  de  Rodríguez  y  Or tuzar   (Valparaíso,    1900) ;   Car- 
los R.  Tobar,  Consultas  al  diccionario  de  la  lengua  (Quito,  1900) ; 
Daniel  Granada,  Idioma  nacional  (Montevideo,  1900)  ;  Cayetano 
A.   Aldrey,  Correspondencia  sobre  discusiones  gramaticales  con 
Eduardo  de  la  Barra  (B.  A.,  1900)  ;  Anibal  Echeverría  y  Reyes, 
Solecismo  chileno  (Santiago,  1900)  ;  M.  Barreto,  Ejercicios  orto- 
gráficos (Leen,  1901);  R.  J.  Cuervo,  El  castellano  en  América 
(Bordeaux,   1901 :  también  en  Bulletin  hispanique,  III.   i);  A. 
Cañas  Pinochet,  Estudios  etimológicos  de  las  palabras  de  origen 
indígena  usadas   en  el  lenguaje  vulgar  que  se   habla  en   Chile 
(Santiago,   1902)  ;   Baldomero  Rivodó,   Entretenimientos  filosó- 
ficos y  literarios  (Caracas,  1902) ;  Julio  Figueroa  G.,  Vocabula- 
rio etimológico  de  nombres  chilenos  (Santiago,  1903);  Estanis- 
lao S.  Zeballos,  El  castellano  en  América  ( B.  A.,  1903 :  también 
en  R.  Monner  Sans,  Notas  al  castellano  en  la  Argentina) ;  Ri- 
cardo Palma,  Papeletas  lexicográficas:  2700  voces  que  hacen  fal- 
ta en  el  diccionario  (Lima,  1903)  ;  Ramón  C.  Carriegos,  El  idio- 
ma argentino:  observaciones  críticas  a  la  gramática  de  la  R,  Acá- 


—  40  — 

demia  Bspañola  (B.  A.,  1904) ;  R.  Monner  Sans,  Ruidos,  gritos 
y  voces  especiales  de  algunos  animales  (B.  A.,  1904);  Rodolfo 
Lenz,  Los  elementos  indios  del  castellano  de  Chile:  diccionario 
etimológico  de  las  voces  chilenas  derivadas  de  las  lenguas  itidíge- 
fias  americanas  (Santiago,  1904:  en  realidad  se  terminó  de  im- 
primir en  1910)  ;  Antonio  Batres  Jáuregui,  El  castellano  en  Amé- 
rica (Guatemala,  1904)  ;  R.  Monner  Sans,  Señor  y  don:  nueva 
fruslería  gramatical  (B.  A.,  1905)  ;  id.  Como  debe  escribirse  la 
data  o  fecha  (B.  A.,  1905)  ;  Valentín  Letelier,  Ensayo  de  orno- 
matología  o  estudio  de  los  nombres  propios  y  hereditarios  (San- 
tiago, 1906)  ;  Julio  Saavdera,  Nuestro  idioma  patrio   (Santiago, 

1907)  ;  Miguel  Iaús  Amunátegui,  Apuntaciones  lexicográficas 
(Santiago,  1907-9;  en  3  vols.)  ;  Manuel  A.  Román,  Diccionario 
de  chilenismos  y  de  otras  voces  y  locuciones  viciosas  (Santiago, 

1908)  ;  Juan  B.  Selva,  Porvenir  del  habla  castellana  en  América, 
(B.  A.,  1910);  Gonzalo  Picón  Febrés,  Libro  raro:  voces,  locu- 
ciones y  otras  cosas  de  uso  frecuente  en  Venezuela  (Curazao, 
1912) ;  Pedro  Fabo,  Rufino  José  Cuervo  y  la  lengua  caste- 
llana (Bogotá,  1912;  en  3  vols.);  Gumersindo  Perea,  Prontuario 
de  las  apuntaciones  críticas  de  Cuervo  (Bogotá,  1912)  ;  J.  T. 
Medina,  Voces  chilenas  de  los  reinos  animal  y  vegetal  que  pudie- 
ran incluirse  en  el  diccionario  de  la  lengua  castellana  y  propone 
para  su  examen  a  la  Academia  chilena  (Santiago,  191 7)  ;  Miguel 
de  Toro  y  Gómez,  Nuestra  lengua:  vínculo  espiritual  de  la  rasa 
(B.  A.,  1918)  ;  Miguel  L.  Amunátegui  Reyes,  La  reforma  orto- 
gráfica ante  nuestros  poderes  públicos,  ante  la  R.  Academia  Es- 
pañola  y  ante  el  buen  sentido  (Santiago,  1918)  ;  id.  Uso  de  la  g  y 
de  la  j:  representación  hecha  ant£  la  R.  Academia  Española 
(Santiago,  1920)  ;  Enrique  Ortega,  Modismos  y  locuciones  en 
Sud  América;  Manuel  Siero,  Nicaragüismos  o  migajas  del  len- 
guaje; Juan  F.  Ferraz,  Síntesis  trilingüe;  M.  Barreto,  Idioma  y 
Letras  (León) ;  García  Icazbalceta,  Vocabulario  de  mexicanismos 
(hasta  la  letra  G.). 

Resulta  de  ahí  que  Costa  Alvarez  ha  conocido  t6  trabajos 
sobre  el  castellano  en  América,  los  que  discute  o  cita  en  el 
transcurso  de  su  obra,  y  20  más  que  constituyen  la  lista  biblio- 
gráfica que  da  en  la  página  95.  Pero,  además  de  ellos,  mi  libro 
El  problema  del  idioma  nacional  contenía  otros  51  en  la  recor- 


—  41  — 

dada  nomenclatura.  Y,  a  todos  los  anteriores,  se  unen  los  que 
existen  además  en  la  sección  respectiva,  destinada  exclusivamente 
a  la  lengua  castellana  en  América,  de  los  60.000  vols.  de  mi  biblio- 
teca americana.  Poseo,  pues,  otros  96  títulos  más,  de  modo  que 
dicha  sección  —  que  he  tratado  de  completar  en  cuanto  cabe,  — 
contiene,  en  todo,  183  libros  o  folletos  sobre  la  materia.  Sin 
embargo  resulta  todavía  incompleta,  pues  no  he  logrado  obtener 
muchas  de  las  obras  citadas  en  no  pocas  de  las  anteriores,  prin- 
cipalmente las  que  registran  Echeverría  y  Reyes,  Lenz,  Batres 
jauregui,  Fabo  y  cuantos  se  han  ocupado  de  la  bibliografía  de 
la  materia.  Cierto  es  que  muchos  de  semejantes  trabajos  son 
opúsculos  difíciles  de  encontrar,  agotados  en  su  mayor  parte,  de 
difusión  local  exclusiva;  confieso,  con  todo,  que  ambiciono  te- 
nerlos todos  para  poder,  con  tan  completo  material  a  la  mano, 
redondear  el  estudio  general  que  aun  falta:  la  evolución  de  la 
lengua  castellana  en  Hispanoamérica.  He  reunido  no  pocas  pa- 
peletas sobre  ello:  quizá  me  sea  dado  algún  día  terminar  ese 
trabajo,  que  ya  va  tomando  más  desarrollo  del  que  imaginé. 
En  mi  anterior  lista  he  prescindido  deliberadamente  de  las 
"literaturas"  de  nuestros  calos  de  diverso  género,  desde  el  co- 
coliche hasta  el  lunfardo;  en  mi  Criollismo  inserté  una  biblio- 
grafía de  aquella  producción  y  posteriormente,  sobre  todo  en 
\c  lunfardo  —  el  hampa  criolla  —  la  literatura  pertinente  ha 
asumido  proporciones  serias  y  registra  hasta  una  serie  de  dic- 
cionarios, sin  contar  con  la  que  cierta  parte  de  nuestro  diaris- 
mo vespertino  y  nocherniego  suele  dedicarle.  Esa  sola  faz  del 
a.^unto  requeriría  una  monografía  aparte.  Por  lo  demás,  falta 
también  en  la  anterior  bibliografía  el  contenido  de  las  revistas 
de  diverso  género,  en  cuanto  determinados  trabajos  se  refie- 
ran a  la  lengua  castellana  en  Hispanoamérica;  siendo  de  obser- 
var que  el  número  de  papeletas  de  ese  género  es  considerable 
y  que  es  menester  tenerlas  al  día:  así,  en  el  último  número  del 
Boletín  de  la  Academia  Esf>añola  (IX.  526)  se  encuentra  un 
estudio  titulado:  "El  idioma  de  un  argentino",  referente  a  La 
guerra  gaucha  de  Leopoldo  Lugones. 

Por  supuesto  Costa  Alvares,  apesar  de  su  vasta  y  puntillosa 
información,  ha  debido  tratar  demasiado  someramente  diversos 
aspectos  de  la  cuestión,  por  no  haber  tenido  quizá  a  la  mano 


—  42  — 

ios  escritos  pertinentes  de  los  idiomólogos.  Prescindo,  por  el 
momento,  de  los  del  resto  de  Hispanoamérica,  pues  los  pocos 
que  ha  incluido  en  su  lista  —  como  Seijas,  Granada,  Martínez 
Vigil,  Bayo,  Bermúdez,  Tagle  —  sirven  visiblemente  más  bien 
•de  adorno,  pues  salen  del  marco  del  libro  que,  en  esa  parte,  se 
concreta  a  lo  argentino:  pero,  de  lo  netamente  criollo,  se  vé 
con  todo  que  no  ha  tenido  presente  la  mayor  parte  de  la  pro- 
ducción. Cita  entre  lo  nuestro  al  libro  de  Seijas,  pero  quizá  no 
lo  examinó,  pues  habría  visto  que,  si  bien  impreso  aquí,  no  se 
-ocupa  de  argentinismos  sino  exclusivamente  de  venezolanismos. 
En  cambio,  de  Monner  Sans  sólo  cita  sus  excelentes  Notas  al 
castellano  en  la  Argentina,  en  su  edición  de  1903,  siendo  así 
que  la  de  1917  está  notablemente  aumentada;  pero  no  parece 
conocer  ni  sus  Minucias  lexicográficas  (1895),  ni  su  Señor  y 
don  (1Q05)  o  Cómo  debe  escribirse  la  data  o  fecha  (1905)  ni 
muchos  otros  trabajos  análogos  suyos.  Otras  veces,  como  en 
el  caso  de  Alberto  del  Solar,  cita  sólo  su  Cuestión  filológica: 
suerte  de  la  lengua  castellana  en  América  (18S9),  pero  no  re- 
cuerda su  Valbuenismos  y  Valbiienadas  (1894)  ni  la  réplica  de 
Muñoz  Rivera  (1894).  Respecto  de  discusiones  sobre  el  idio- 
ma, entre  nosotros,  no  trae  a  colación  ni  los  trabajos  de  Aldrey: 
su  Estudio  crítico  sobre  la  gramática  de  Dobranich  y  Monner 
Sans  (1894)  o  su  Correspondencia  sobre  discusiones  gramatica- 
les con  B.  de  la  Barra  (1900):  ni  la  serie  de  trabajos  de  este 
último,  cuando  fué  rector  del  colegio  nacional  del  Rosario;  co- 
mo sólo  al  pasar  menciona  los  detenidos  estudios  de  Juan  B. 
Selva,  de  mérito  indiscutible,  sin  utilizarlos  mayormente.  Por 
último,  menciona  apenas  el  libro  de  Ramón  C.  Carriegos,  Minu- 
cias gramaticales  (1910),  y  parece  no  conocer  el  de  1904:  Bl 
idioma  argentino :  observaciones  críticas  a  la  gramática  de  la 
R.  Academia  Bspañola,  en  el  cual  réplica  a  Bl  problema  del 
idioma  nacional  y  se  complace  en  señalar  todos  los  gazapos  lin- 
güísticos de  mis  diversos  libros...  No  se  diga  que  estos  son 
pee  cata  minuta,  porque,  en  materia  tan  especial  como  la  elegida 
por  Costa  Alvarez,  es  menester  siempre  "agotar  la  literatura  de 
la  cuestión":  de  lo  contrario,  aparece  el  trabajo  como  si  fuera 
deliberadamente  tendencioso,  cuando  es  simplemente  incompleto. 
Respecto  de  los  Diccionarios  de  Garzón  y  Segovia,    el  au- 


—  43  — 

toT  de  este  libro  no  se  ocupa  de  ellos  en  la  primera  parte,  dedi- 
cada a  la  evolución  de  la  lengua  castellana  entre  nosotros,  sino 
en  la  sección  final  de  la  lexicografía :  no  los  conceptúa,  pues,  como 
legítimos  exponentes  del  idioma  nacional.  Alude  veladamente 
a  la  discusión  en  el  senado  nacional  y  a  la  excusa  de  Joaquín 
V.  González,  con  motivo  del  "escudo  nacional  estampado  en 
blanco  en  la  tapa  celeste  del  Diccionario  Argentino"  de  Garzón, 
algunas  de  cuyas  pintorescas  definiciones  —  como  las  clasifi- 
o'idas  de  "voz  corriente  en  Buenos  Aires"  o  "es  conocida  en 
la  Capital  Federal"  —  provocaron  entonces  explicables  protes- 
tas. Costa  Alvarez  no  encuentra  términos  suficientemente  se- 
veros para  fulminar  "el  guirigay  que  ese  engendro  lexicográfico 
exhibe  como  lengua  argentina" ;  agregando :  "bonito  concepto  van 
.a  formarse  de  la  cultura  argentina  los  filólogos  extranjeros  que 
lleguen  a  juzgar  nuestra  lengua  por  las  palabras  y  locuciones 
que  contiene  el  Diccionario  Argentino  T.  Y  sin  embargo,  es 
curioso  observar  que  un  filólogo  indiscutido  y  reñido  con  la  para- 
doja, como  Unamuno,  dedicó  en  La  Nación  —  septiembre  de  191 1 
—  dos  sesudos  artículos  a  ensalzar  tal  diccionario,  diciendo:  "la 
inmensa  mayoría  de  las  voces  y  de  las  acepciones,  que  como  argen- 
tinismos nos  dá,  se  usan  en  España  corrientemente :  las  mismas  vo- 
ces, las  mismas  acepciones  de  voces  y  los  mismos  giros" ;  única- 
mente formula  esta  crítica:  "la  equivocación  más  grande  que  ha 
sufrido  ha  sido  la  de  incluir  como  argentinismos  voces  tomadas 
del  diario,  de  la  revista  o  de  la  crónica,  voces  que  emplea  un  escri- 
tor o  emplean  unos  pocos  escritores,  pero  que  no  se  han  hecho  po- 
j-ulares  y  corrientes  todavía:  llamar  argentinismo  a  un  vocablo 
que  empleó  un  argentino  en  una  crónica  o  artículo  de  diario,  es 
como  si  llamásemos  españolismo — o  mejor,  madrileñismo — a  la 
voz  "balompié"  con  que  Mariano  de  Cavia  trata  de  substituir 
la  voz  "footbaír',  pronunciado  "fútbol",  que  es  aquí  la  corriente 
para  designar  el  juego  ése  introducido  de  Inglaterra,  y  voz  que 
como  argentinismo  también  incluye  Garzón  en  su  obra".  To- 
davía agrega  Unamuno:  "Las  más  de  las  voces,  en  efecto,  que 
como  argentinismos  figuran  en  este  diccionario,  son  tomadas  de 
libros,  revistas  o  artículos  de  periódicos,  y  la  inmensa  mayoría 
de  ellas  tan  en  uso  en  libros,  revistas  o  diarios  de  España  o 
de  México  como  de  la  Argentina:  y  otras  son  voces  de  uso 


poco  más  que  individual.  Por  cualquier  sitio  que  se  abra  el 
Diccionario  Argentino  se  encuentra  uno  con  lo  mismo.  Si  su 
autor,  en  vez  de  limitar  sus  investigaciones  a  los  libros,  revistas 
y  diarios,  publicados  en  la  Argentina,  las  hubiese  extendido  a 
los  que  se  publican  en  las  demás  naciones  de  lengua  castellana, 
incluso  España,  habría  visto  desvanecerse  ese  ilusorio  argentinis- 
mo en  los  más  de  los  casos.  Claro  está  que,  con  esto  y  con  todo,- 
la  obra  es  meritísima  y  que  algunas  voces  hay  en  ella,  aunque 
bien  pocas,  que  la  Argentina  ha  introducido  en  la  circulación 
general  de  nuestro  común  idioma;  ahora,  de  momento,  recuer- 
de dos:  "cancha"  y  "tengo",  que  de  ahí  nos  trajeron  los  pelo- 
taris o  pelotaires.  Y  volviendo  a  los  neologismos  individuales, 
hay  que  andarse  con  mucha  cuenta  con  ellos  y  no  darles  carta 
de  naturaleza  hasta  que  el  uso  común  los  haya  sancionado :  lo 
patológico  en  el  lenguaje  es  lo  individual,  es  lo  que  procede  o 
de  capricho  o  de  una  reflexión  mal  guiada  La  semiciencia  hace 
a  este  respecto  más  estragos  que  la  ignorancia:  un  conocimiento 
lingüístico  imperfecto  nos  descarría  más  que  el  instinto  lingüís- 
tico del  pueblo".  Con  esto  Unamuno  se  acerca  a  Costa  Alvarez, 
quien  dice:  "No  es  cierto  que  los  argentinos  hayamos  dejado  de 
hablar  en  castellano,  ni  es  cierto  que  el  autor  haya  tenido  el 
propósito  de  demostrar  tal  cosa;  porque  su  diccionario  no  con- 
tiene todas  nuestras  expresiones:  es  sólo  un  vocabulario  de  bar- 
barismos  y  solecismos,  y  de  unos  cuantos  neologismos  justifi- 
cados, que  pasa  enteramente  por  alto  nada  menos  que  el  fonda- 
de  nuestra  lengua  y  sus  formas  más  comunes.  En  su  obra,  toda 
expresión  correcta  está  desechada  y  todo  vicio  del  lenguaje  está 
admitido:  la  inepcia  ha  llegado  así  al  punto  de  exhibir  la  parte 
corrompida  de  nuestro  idioma,  no  al  lado  de  la  parte  sana,  sino 
como  si  la  parte  sana  no  existiera. . .  Y  hé  aquí  que  en  nuestro- 
suelo  aparece,  con  la  pretensión  de  sancionar  el  atropello,  un 
lexicógrafo  de  pacotilla  que  considera  al  diccionario  no  como 
escuela,  en  la  que  la  autoridad  es  el  maestro,  sino  como  plaza 
pública,  en  la  que  la  plebe  ignara  vocea  a  su  antojo  desenfre- 
nadamente". En  cuanto  al  otro  Diccionario  de  Segovia,  dice  el 
mismo  crítico:  "en  resumen,  llama  diccionario  a  un  cuerpo  de 
docena  y  media  de  vocabularios;  el  autor  no  es  un  lexicógrafo, 
no  es  más  que  un  glosógrafo  y  maníaco,  dada  la  amplitud  de 


—  45  — 

su  muy  ruda  faena,  e  iliterato,  vista  la  falta  de  claridad  de  sus 
conceptos  y  la  falta  de  corrección  de  sus  expresiones".  La  fran- 
queza de  este  juicio  es,  por  lo  menos,  formidable :  siendo  así  que 
-el  libro  de  Segovia  tiene  verdadero  valor,  sobre  todo  en  las  voces 
provenientes  del  guaraní.  Ignoro  porqué  no  recordó  que  cuando 
la  Academia  argentina,  correspondiente  de  la  Española,  se  ocupó 
de  la  cuestión,  eludió  abrir  opinión  sobre  esos  libros  de  Garzón  y 
Segovia,  si  bien  se  refirió  —  como  puede  verse  en  el  informe  ofi- 
cial de  la  comisión  especial,  compuesta  por  Estanislao  S.  Zeballos 
y  quien  esto  escribe,  el  cual  fué  presentado  a  la  Academia  en  no- 
viembre 30  de  191 1,  y  publicado  en  Revista  de  derecho,  historia 
y  letras,  XLT,  224 — al  "amontonamiento  de  trabajos  heterogéneos, 
que  pueden  servir  únicamente  como  materia  prima  o  como  ele- 
mento coadyuvante  a  lás  academias  en  su  tarea  de  preparar  y  ta- 
mizar sus  respectivos  regionalismos" ;  aconsejando  proponer  a  la 
Corporación  matritense  "fijar  criterio  uniforme  para  esta  tarea 
lexicográfica  en  toda  América",  en  cuyo  caso  "amoldaremos  nos- 
otros a  él  lo  que  tengamos  ya  hecho  y  nos  ajustaremos  al  mismo 
para  lo  que  aun  faltare",  agregando  que  "si  no  lo  hace,  o  si  consi- 
dera prematura  la  idea  y  no  se  ocupa  de  ella,  nuestra  Corporación 
no  habrá  perdido  nada  pues  seguirá  tranquilamente  preparando  su 
diccionario  regional".  Esta  es  la  hora  de  decir  que,  a  pesar  del 
tiempo  transcurrido,  la  Española  aun  no  ha  hecho  conocer  su 
opinión:  lo  que  siempre  me  ha  extrañado,  pues  —  como  se  dijo 
en  la  recordada  sesión  de  la  inatritense,  de  diciembre  6  de  192 1, 
en  homenaje  a  su  director,  el  ilustre  Maura:  Boletín,  VIII.  633 
— "en  cuanto  a  las  relaciones  de  la  Academia  Española  con  sus 
filiares  americanas,  no  ha  sido  menos  eficaz  la  gestión  conti- 
nuada bajo  el  enérgico  y  sabio  impulso  dado  por  el  actual  di- 
rector". Desgraciadamente  deben  haberse  traspapelado  las  co- 
municaciones de  nuestra  Correspondiente,  pues  se  agrega  esta 
singular  e  inexplicable  noticia:  "se  está  en  vías  de  ultimar  la 
reconstitución  de  la  argentina",  cosa  curiosa  desde  que  no  cabe 
reconstituir  lo  que  constituido  está,  y  que  no  se  ha  recibido  aquí, 
en  tal  sentido,  ninguna  comunicación  de  la  Española.  Y,  sin 
embargo,  entiendo  que  suele  asistir  a  las  sesiones  de  la  matriten- 
se el  académico  argentino  Ocantos,  quien  podría  quizá  informar 
al  respecto,  si  bien  su  ausencia  de  nuestro  país  data  de  tantos 


-46- 

años  atrás  que  no  conservo  recuerdo  de  haberle  visto  concurrir  a. 
ninguna  de  nuestras  reuniones.  Y,  además  de  eso,  ahí  estaba 
el  reciente  informe  del  académico  español  Ortega  Munilla  — 
Boletín,  IV.  122  —  sobre  la  marcha  de  la  corporación  argentina. 
Sea  de  ello  lo  que  fuere,  y  aún  sin  demostrar  conocer  esos  an- 
tecedentes, Costa  Alvarez  observa  en  su  libro,  refiriéndose  a 
la  proposición  de  Obligado  y  al  informe  de  Zeballos  y  Quesada: 
"esta  proposición  fué  aceptada  por  la  Academia  argentina  in- 
mediatamente (191  i),  pero  la  Española  no  se  ha  pronunciado 
al  respecto  todavía".  Es  esto  desgrac'adamente  exacto  todavía 
en  1923,  siendo  así  que,  aún  en  el  supuesto  de  haberse  traspa- 
pelado aquella  comunicación  en  algún  rincón  del  inmenso  archi- 
vo de  la  matritense,  habría  debido  bastar  el  recordado  informe 
de  quien,  hasta  su  recientísimo  fallecimiento,  fué  su  censor,  — 
Ortega  Munilla  —  en  el  cual  se  refiere  a  ambas  cosas  ccn  ca- 
luroso elogio,  para  que  la  Española  se  hubiera  preocupado  del 
asunto  y,  si  no  se  pudiere  encontrar  la  documentación  original, 
una  simple  nota  suya  habría  provocado  el  envío  de  un  duplicado, 
con  lo  que  habría  podido  pronunciarse  definitivamente  sobre  tal 
consulta;  la  argentina,  en  cambio,  tiene,  de  tiempo  atrás,  distri- 
buida entre  sus  individuos  de  número  la  tarea  de  formar  las 
papeletas  respectivas,  habiéndose  publicado  alguna  de  ellas:  Re- 
vista  cit.  XLI.  181. 

Costa  Alvarez  ha  estudiado,  con  visible  fruición,  lo  que  se 
refiere  al  criollismo  en  la  evolución  de  nuestro  idioma  nacional: 
lo  sigue  desde  Ascasubi  y  del  Campo,  pasando  por  Eduardo  Gu- 
tiérrez, después  por  José  S.  Alvarez  —  el  inolvidable  "Fray 
Mocho"  —  hasta  llegar  al  "último  canto  desmayado,  en  Nos- 
talgia de  Soto  y  Calvo",  sin  mencionar,  con  todo,  a  Nastasio 
y  su  vocabulario ;  como  tampoco  parece  haber  tenido  a  la  mano 
el  clásico  estudio  de  Maspero  sobre  el  hablar  gauchesco,  ni  en 
su  editio  princeps  en  el  t.  I  de  las  Mémoires  de  la  société  de 
linguistique  de  París,  ni  en  su  texto  español  del  Tesoro  que 
Leitzner  publicó  en  Leipzig;  y  menos  parece  conocer  la  funda- 
mental tesis  de  doctorado  sobre  dicho  lenguaje,  presentada  por 
Page  a  la  universidad  de  Heidelberg  en  1897.  Rojas,  en  el 
temo  Los  gauchescos  de  su  Historia  de  la  literatura  argentina^ 


—  47  — 

ha  reunido  un  material  considerable,  que  ciertamente  no  ha  es* 
capado  al  autor  de  Nuestra  lengua,  si  bien  no  lo  utiliza  mayor- 
mente: el  Martín  Fierro  de  Hernández  no  parece  haberle  sedu- 
cido, pues  prefiere  casi  no  mencionarlo,  siendo  así  que  se  deleita 
con  el  yiaje  al  país  de  los  matreros,  de  Alvarez.  La  explicación 
de  ese  silencio  respecto  de  ?lernández  está  posiblemente  en  que 
Costa  Alvarez  comparte  la  opinión  de  Oyuela,  con  tanto  vigor  ex- 
presada en  el  vol.  VI  de  su  reciente  y  premiada  Antología  poética 
hispanoamericana:  "Un  poema  cerrado  de  gauchos  e  indios, 
cualquiera  que  sea  su  mérito,  aun  prescindiendo  de  los  demás 
impedimentos,  no  es  ni  podrá  ser  nunca  una  epopeya  argentina: 
pese  a  todos  los  fetichismos  gauchos  e  indígenas,  y  a  nuestra  re- 
lativa y  desdichada  mezcla  con  aborígenes,  por  lo  cual  los  yan- 
quis nos  llaman  espurios,  ni  el  gaucho  ni  el  indio  pueden  expli- 
car ni  caracterizar  nuestra  nacionalidad,  ni  nuestro  español  abo- 
lengo, ni  nuestra  rica  herencia  europea,  ni  las  luces  y  sombras 
de  nuestra  historia,  ni  nuestro  actual  desenvolvimiento,  ni  el  ideal 
superior  de  nuestra  cultura . . .  Martín  Fierro  es  sólo  una  pintura 
vigorosamente  realista  de  un  caso  individual,  contaminado  de 
muchas  impurezas  vulgares;  representativo,  a  lo  sumo,  no  del 
gaucho  ideal  y  legendario,  sino  de  una  especie  maltratada  y 
adulterada  por  las  asperezas  de  la  vida  vulgar,  por  su  propio  e 
irremediable  anacronismo  ante  una  sociedad  que  lo  rechaza  sin 
experimentar  el  menor  desgarramiento  de  sus  fibras  fundamen- 
tales, y  con  visible  declinación  hacia  el  tipo  moreiresco  de  gaucho 
malo,  agresivo,  matón  y  peleador  con  la  policía:  de  él  a  la  pre- 
sentación suprema  del  gaucho  argentno  en  la  plenitud  de  su  tipa 
y  los  prestigios  de  su  leyenda  popular,  media  un  abismo  insalva- 
ble. El  lenguaje  del  poema  es  otro  elemento  que  depone  en  con- 
tra del  pretendido  carácter  genuinamente  popular  del  mismo,. 
como  verdadera  epopeya:  no  es  ese  lenguaje  el  que  el  pueblo  y 
su  órgano  poético  usan  en  común,  identificándose  espontánea 
y  espiritualmente  en  él,  sino  una  deliberada  imitación  del  habla 
vulgar  gauchesca  —  inculta  y  retardada  —  por  un  poeta  culto,  que 
habla  y  escribe  generalmente  en  buen  castellano...  Abundan 
en  Martín  Fierro  los  participios  correctos  en  oda,  que  el  gaucho 
no  pronuncia  jamás:  otras  veces  la  incorrección  consiste  en  ha- 
cer conjugar  correctamente  ciertas  formas  de  verbo,  contra  la 


más  inveterada  costumbre  gauchesca  y  criolla  en  general;  en  la 
versificación,  adviértese  en  seguida  el  deliberado  designio  de  la 
incorrección,  mezclando  constantemente  la  consonancia  y  la  aso- 
nancia, adoptando  desde  un  extremo  a  otro  del  poema  un  siste- 
ma uniforme  de  vulgarismo,  que  consiste  en  rimar  una  palabra 
€n  singular  con  otra  en  plural.  Una  poesía  popular  no  puede  ser 
obra  de  un  hombre  intelectualmente  superior,  por  su  educación  y 
su  clase,  al  pueblo  cuyo  sentir  interpreta :  la  intención  francamente 
docente  y  la  tendencia  reformista  del  poema  es  antítesis  de  la 
poesía  popular  y  espontánea,  y  por  tanto  ausente  de  toda  primi- 
tiva epopeya".  Costa  Alvarez,  a  su  turno,  dice:  "el  lenguaje  gau- 
chesco tiende  a  seguir  la  suerte  del  gaucho  ya  desaparecido:  a 
éste  lo  está  reemplazando  el  inmigrante  analfabeto,  y  a  aquél  la 
jerga  gringocriolla  correspondiente;  el  lunfardo,  lenguaje  de 
los  maleantes,  que  Ernesto  Quesada — en  Bl  criollismo — considera 
típicamente  español;  y  el  guirigay  compadrito,  jerga  de  los  arra- 
bales, en  la  que  — tal  como  Fray  Mocho  la  presenta —  Unamuno 
cree  estar  oyendo  el  habla  andaluza,  son  lenguajes  confinados  a 
un  círculo  estrecho". 

En  ese  libro  mió  (1902)  estudiaba  yo  el  criollismo  en  la  li- 
teratura argentina,  no  sólo  en  el  lenguaje  gauchesco,  sino  en  el 
arrabalero  de  diverso  género.  Los  20  años  transcurridos,  y  el  he- 
cho de  estar  de  tiempo  atrás  agotada  la  edición  de  aquel  trabajo, 
convierten  a  la  referencia  de  Costa  Alvarez  casi  en  una  evocación. 
Y  sin  embargo  aquel  libro  produjo,  en  su  época,  un  intenso  mo- 
vimiento literario  entre  nosotros,  que  la  revista  Estudios  descri- 
bió en  detalle :  IV  238,  286,  340,  352,  429.  D.  Granada  — Monte- 
video, 26.x. 02 —  decía:  "considero  muy  oportuna  la  crítica  del 
criollismo  en  la  literatura:  es  una  tendencia  que  bastardea  las 
letras;  una  cosa  es  usar  con  oportunidad  alguna  que  otra  voz 
plebeya  o  alterada  en  boca  de  la  gente  inculta,  y  otra  cosa  es 
admitirlas  a  diestro  y  siniestro  y  como  por  derecho  propio  en 
las  composiciones  literarias".  R^  Obligado  — B.  A.,  9  X.  02 — 
escribía:  "le  envía  sus  plácemes  y  felicitaciones  por  la  vigorosa 
defensa  que  ha  hecho  de  la  más  sana  doctrina  literaria,  única  ca- 
paz de  producir  obras  bellas  en  las  letras  nacionales:  fuera  de 
ese  credo  todo  es  humo  de  paja,  nada  será  estable  ni  hermoso, 
nada  digno  de  nuestra  civilización  y  posteridad".  C.  O.  Bunge 


—  49  — 

— en  su  art.  "Psicología  de  la  tristeza  gaucha"  —  agregaba:  "este 
libro,  unánimemente  juzgado  con  grande  y  merecido  elogio,  hace 
un  estudio  concienzudo  de  las  formas  que  ha  asumido  la  litera- 
tura gauchesca;  estudia  tres  manifestaciones  de  criollismo:  el  de 
los  payadores  gauchos,  el  de  imitación  y  el  llamado  cocoliche, 
jerga  sui  generis. . ."  A.  del  Solar  — Bl  País,  26.X.02 —  excla- 
maba: "al  combatir  en  su  bello  trabajo  lo  espurio,  lo  vicioso,  lo 
que  envenena,  corrompe  y  mata,  lo  hace  con  elocuencia,  valentía 
y  ese  lujo  de  erudición  que  es  prenda  sola  suya:  sostengo  que 
serán  vanos  los  esfuerzos  de  los  que  pretendan  alterar  la  sustan- 
cia y  el  fondo  de  nuestra  lengua  soberana,  envidiada  por  los  más 
grandes  ingenios  del  mundo  literario".  M.  Cañé  — en  su  ruidosa 
carta  en  La  Nación,  11.  X.  02 — escribía:  "Acabo  de  leer  con  cre- 
ciente interés  y  con  creciente  asombro  el  estudio  de  primer  or- 
den que  ha  dedicado  V.  al  criollismo  en  la  literatura  argenti- 
na. Con  creciente  interés,  porque  cada  página  trae  un  aporte 
mayor  de  esa  erudición  de  buena  ley,  que  es  una  de  las  fases 
más  atrayentes  de  su  labor  intelectual  y  a  la  que  V.  nos  ha  ha- 
bituado desde  que,  casi  un  niño  aún,  nos  hizo  conocer  su  exce- 
lente estudio  sobre  Persio  y  Juvenal.  Con  creciente  asombro, 
porque  me  parecía  imposible,  viviendo  en  mi  tierra,  curioso  de 
las  cosas  del  espíritu  bajo  todas  sus  formas,  que  pudiera  ignorar 
de  una  manera  tan  absoluta  la  existencia  de  esa  literatura  "coco- 
liche" que  V.  nos  revela  en  toda  su  frondosidad  y  en  toda  su 
inep)cia.  ¿Cómo?  ¿Aquel  napolitano  mercachifle  que  tanto  nos 
hizo  reir  allá  por  el  año  1888,  en  la  primera  representación  de 
Juan  Moreira,  se  ha  convertido  en  jefe  de  escuela,  ha  creado 
un  idioma  literario  y  ha  dado  su  nombre  a  una  nueva  forma  del 
"arte"  nacional?  No  me  consuelo  de  haber  ignorado  la  existen- 
cia del  "cocoliche"  cuando  hace  algunos  años  escribí  mi  impresión 
sobre  el  libro  de  Abeille:  El  idioma  nacional  de  los  argentinos. 
Helo  ahí,  el  idioma  nacional :  tiene  todas  las  condiciones  reque- 
ridas, es  una  lengua  no  fijada  aún,  en  formación,  con  sintaxis 
flexible,  en  perenne  gestación  de  neologismos  y  con  una  concien- 
cia semántica  más  ancha  que  el  río  de  la  Plata".  Monner  Sans 
—  en  Bl  Diario  de  Barcelona,  n.  14796 —  decía:  "Los  que  entre 
comprensible  pesadumbre  y  pujos  de  hilaridad  hemos  visto  hace 
poco  tiempo  cómo  un  francés,  que  no  conoce  el  castellano,  pu- 


—  so  — 

blicaba  voluminosa  obra,  en  la  que  se  defienden  todos  los  dislates 
y  las  incorrecciones  todas  de  que  hace  uso  el  vulgo  y  muchas 
gentes  que  no  son  vulgo,  hemos  de  agradecer  con  el  alma  que  un 
argentino  de  la  talla  intelectual  de  Quesada  vuelva  por  los  fueros 
de  la  razón  y  de  la  lógica,  defienda  con  brío  la  hermosa  parla  de 
Castilla  y  cierre  contra  esa  literatura  llamada  nacional,  que  en  lo 
psíquico  y  ético  tiene  por  tipo  el  bravucón  y  en  lo  literario  la 
jerga  urdida  con  elementos  italianos  y  lunfardos;  sabido  es  que 
el  lunfardo  argentino  equivale  a  la  germanía  de  la  península". 
Unamuno  —  en  la  revista  madrilefia  La  Lectura,  II.  521  —  se 
refería  a  este  trabajo  "de  mucha  y  muy  curiosa  erudición,  de 
solidísima  doctrina  y  de  argumentos  incontestables  contra  el  pre- 
tendido idioma  nacional  argentino  con  que  nos  salió  un  francés 
extremadamente  ligero  y  superficial  y  en  extremo  ignorante  en 
achaques  de  la  lengua  castellana".  Lázaro  — en  otra  revista  ma- 
drileña, La  España  moderna,  XV.  136 —  dijo:  "el  autor  es  con- 
trario a  la  tendencia  de  formar  un  idioma  nacional  de  los  argen- 
tinos, que  lleva  en  su  seno  una  estemporánea  intención  política, 
un  revivir  malsano  de  antiguos  rencores  y  que  literariamente 
no  es  menos  peligroso".  Correa  Luna  le  dedicó  en  Caras  y  Ca- 
retas — noviembre  I —  un  sabrosísimo  palique  "cregoyo",  titu- 
lado La  cuestión  del  criollismo.  La  revista  montevideana  Vida 
Moderna  — octubre  1902 —  afirmaba  que  "el  criollismo  tal  como 
lo  vemos  hoy,  ya  en  la  poesía,  ya  en  el  teatro,  indebidamente  lla- 
mado nacional,  sólo  es  escuela  de  compadraje  intolerable:  este 
libro  sano  es  interesante  y  sugerente  en  extremo,  y  esperamos  de 
su  lectura  que  por  lo  menos  haga  meditar  a  los  que,  quizá  fasci- 
nados por  un  mal  entendido  patriotismo,  siguen  esas  corrientes 
literarias  a  todas  luces  espurias  y  degenerantes".  En  la  Revista 
de  archivos,  bibliotecas  y  museos  — Madrid,  noviembre  1902 — 
se  lee:  "No  es  la  vez  primera  que  en  esta  revista  se  han  elogiado 
las  publicaciones  del  infatigable  escritor,  en  quien  merece  aplau- 
sos no  solamente  la  vasta  erudición  con  que  trata  asuntos  muy 
diversos,  ya  históricos,  ya  literarios,  más  también  el  recto  juicio 
y  la  sensatez  con  que  examina  algunos  problemas  de  actualidad, 
discutidos  por  varios,  aunque  pocos  afortunadamente,  de  sus  pai- 
sanos, con  apasionamiento  anacrónico.  Tal  es  la  cuestión  del  lla- 
mado futuro  idioma  argentino,  con  que  sueñan  aquellos  hispano- 


—  SI  — 

americanos  que,  no  comprendiendo  las  ventajas  de  una  lengua 
internacional  grande  y  admirable  por  sí  misma  y  por  las  joyas 
literarias  que  en  ella  hay  redactadas,  quieren  resucitar  el  episodio 
bíblico  de  la  torre  de  Babel,  para  aislarse  con  un  idioma  extraño 
que  nadie  entienda  y  en  el  que  acaso  ni  ellos  mismos  se  enten- 
derían. Muy  lejos  de  tan  absurdas  corrientes  van  los  pueblos 
anglosajones,  y  los  yankees  a  la  cabeza,  quienes  ven  en  su  idio- 
ma el  vinculo  más  eficaz  para  establecer  entre  ellos  mutuas  rela- 
ciones y  lo  consideran  cual  iniciación  o  bautismo  de  la  multitud 
abigarrada  que  emigra  a  los  Estados  Unidos,  dando  a  la  lengua 
inglesa  la  misma  importancia  nacional  que  entre  nosotros  tuvo  el 
catolicismo  en  los  siglos  pasados:  la  de  emblema  o  bandera  de 
una  raza  y  elemento  de  unidad  nacional".  En  la  revista  limeña 
El  Ateneo  —  IV.  823  —  se  dice:  "contiene  dicho  volumen  una 
crítica  por  todo  extremo  interesante  de  las  producciones  poéticas 
peculiares  de  la  gran  república  del  Plata,  en  que,  buscando  el  aura 
dt  la  popularidad,  se  emplea  unas  veces  la  graciosa  jerga  forma- 
da por  la  mezcla  del  castellano  y  el  gauchesco,  y  otras  la  resul- 
tante cómica  de  la  amalgama  de  voces  y  giros  caprichosamente 
corrompidos  por  el  contagio  de  elementos  extranjeros,  y  en  par- 
ticular del  idioma  italiano".  El  insigne  R.  J.  Cuervo  —  carta: 
París,  19.  II.  03  —  aludiendo  a  algunas  observaciones  del  libro, 
dice:  "Leo  que  de  mi  artículo  intitulado  El  castellano  en  América 
se  coligen  mis  tendencias  separatistas  en  materia  de  idioma.  Al 
escribir  ese  artículo  no  tuve  otro  intento  que  el  de  defender  la 
verdad  científica  contra  las  pretensiones  del  diletantismo;  y  al 
hacer  el  cotejo  entre  la  suerte  del  latín  y  la  del  castellano,  tan 
ajeno  estuve  de  aplaudir  la  disgregación  de  aquél,  como  la  de 
éste:  el  cotejo  mismo  patentiza  que  aun  no  han  pasado  los  siglos 
suficientes  para  que  la  fruta  se  caiga  de  madura.  Si  algunos  qui- 
sieren apasionar  esta  cuestión,  pensando  apoyarse  para  hoy  en 
las  razones  que  suministra  la  ciencia  del  lenguaje,  el  tiempo  de- 
mostrará que  obraron  con  ligereza.  Yo  por  mi  parte  declaro 
que,  aunque  juzgo  inevitable  la  disgregación  del  castellano  en 
época  todavía  distante,  procuraré  siempre  escribir  conforme  al 
tipo  existente  aun  de  la  lengua  literaria,  aunque  de  él  ocasional- 
mente se  aparten  los  españoles  o  los  americanos.  No  porque  uno 
crea  que  nuestros  cuerpos,  sin  remedio,  han  de  venir  a  ser  pasto 


—  52  — 

de  gusanos,  deja  de  asearse  y  aderezarse  lo  mejor  que  puede". 
En  la  revista  madrileña  Nuestro  tiempo  —  III.  831  —  se  lee: 
"El  libro  de  Quesada  puede  decirse  apriorísticamente  ser  lo  me- 
jor que  hasta  ahora  se  ha  hecho:  documentado  minuciosamente, 
no  hay  un  solo  detalle  en  que  deje  de  aparecer  como  eruditísimo 
en  la  materia  tratada.  Escrita  en  el  estilo  de  los  verdaderos  es- 
critores» El  criollismo  es  una  obra  que  se  deja  leer:  amena,  inte- 
resante, erudita,  llena  de  amor  uncioso  a  la  pampa  desierta,  al 
payador  que  en  las  noches  azules  canta  la  melancolía  de  una  raza 
lejana,  triste,  inextinguida. . ."  En  una  carta  de  Unamuno  a  Ca- 
sabal, — Bl  Tiempo,  junio  6  de  1903 — se  dice:  "Quesada  me  ha 
hecho  el  honor  de  poner  a  buena  contribución  mis  trabajos  en  su 
Criollismo,  y  se  lo  agradezco.  No  quiero  entrar  en  el  fondo  de 
la  cuestión  lingüística  acerca  del  porvenir  de  la  lengua  española 
en  América...  Indudable  es  que  la  lengua  española,  como  toda 
lengua  y  todo  lo  vivo,  está  sujeta  a  proceso  evolutivo,  pero  no 
debe  olvidarse  que  la  evolución  abarca  a  los  procesos  mismos 
evolutivos:  quiero  decir  con  esto  que  si  bien  es  indudable  que 
las  cosas  cambian  según  ley,  la  ley  según  la  cual  cambian  las  co- 
sas está  a  su  vez  sujeta  a  cambio,  y  que  así  como  hay  ley  del 
cambio  hay  cambio  de  la  ley  del  cambio...  Lo  cual  equivale  a 
sostener  que  de  la  manera  como  se  ha  cumplido  hasta  aquí  el 
proceso  lingüístico  no  puede  concluirse,  sin  más  determinación, 
el  cómo  ha  de  seguir  cumpliéndose:  es  cosa  sabida  que  el  pro- 
greso de  la  civilización  ha  traído  una  más  estrecha  relación  entre 
los  pueblos  que  viven  a  largas  distancias  y  entre  las  generaciones 
a  las  que  separa  el  tiempo ;  las  relaciones  mercantiles  y  de  todo 
género  hacen  que  cada  vez  se  comuniquen  más  entre  sí  los  di- 
versos pueblos  y  entre  ellos  los  de  lengua  española,  y  la  difusión 
del  conocimiento  de  la  lectura,  y  la  imprenta  sobre  todo,  hacen 
que  cada  vez  haya  más  gentes  que  se  comunican  con  sus  antepa- 
sados. Aún  no  se  ha  hecho  ningún  estudio  de  valía,  que  yo  sepa, 
en  que  se  investigue  la  influencia  que  el  descubrimiento  de  la 
imprenta  pueda  tener  en  el  proceso  lingüístico.  Lo  indicado  bas- 
ta para  que  se  me  entienda  bien  si  afirmo  que  por  mucho  que 
se  cumpla  la  diferenciación  lingüística  o  dialectal  de  hoy  en  ade- 
lante, la  integración  le  irá  de  par:  no  están  hoy  los  pueblos  de 
lengua  española  tan  apartados  unos  de  otros,  que  quepa  en  algunos 


—  53  — 

de  ellos  diferenciación  lingüística  que  no  refluya  inmediatamente 
en  los  demás.  Por  fuerte  que  pueda  llegar  a  ser  la  tendencia  a  la 
diferenciación,  la  tendencia  a  la  integración  será  mayor.  Siempre 
predominará  el  interés  supremo:  el  de  que  nos  entendamos  todos. 
Estas  sumarias  consideraciones  he  de  desarrollar  con  extensión, 
siguiendo  mi  tarea  de  demostrar  que  las  diferencias  entre  el  espa- 
ñol que  se  hab^a  en  España  y  el  que  se  habla  en  la  Argentina  son 
mucho,  muchísimo  menores,  de  lo  que  muchos  argentinos,  que  no 
conocen  bien  esto,  se  figuran,  y  que  esas  diferencias  no  son  ma- 
yores que  las  que  separan  al  habla  de  unas  regiones  españolas  res- 
pecto de  otras,  también  españolas:  y  de  esto  sin  referirme,  claro 
está,  al  vascuense,  catalán,  gallego,  bable  y  valenciano".  En  cam- 
bio, Pellegrini — en  una  de  esas  jugetonas  exageraciones  que  le 
eran  familiares:  Bl  País,  octubre  29,  1902  —  decía:  "Indudable- 
mente ese  idioma  argentino  es  hoy  apenas  un  balbuceo,  un  coco- 
liche, un  embrión  que  los  puristas  se  entretienen  en  examinar  con 
microscopio,  encontrándolo  deforme  y  hasta  repelente.  Dejémos- 
los tranquilos  en  su  inofensiva  manía,  que  nada  hay  inútil  en  la 
tierra,  y  limitémonos  a  cantar  en  coro  y  como  única  respuesta  el 
aire  de  la  "Perichole":  il  graíidirá,  car  il  est  espagnolü"  C.  A.  de 
Estrada,  nuestro  actual  embajador  en  España — en  una  carta  abier- 
ta: en  H/  Tiempo,  octubre  21 — decía:  "La  República  Argentina  es 
un  estado  constituido  a  la  moderna,  pero  que  no  por  eso  deja  de 
tener  su  Rochela :  esta  es  la  prensa.  En  ningún  país  es  más  omni- 
potente: ella  forma  la  opinión,  la  orienta  y  la  dirige;  es  la  cátedra 
por  excelencia,  la  única  voz  que  tiene  resonancia  social.  Por  eso 
mismo  en  parte  alguna  de  la  tierra  es  mayor  su  responsabilidad 
ni  más  civilizadora  su  misión:  a  ella  corresponde,  en  consecuen- 
cia, gran  lote  de  culpa  en  los  extravíos  intelectuales  que  V.  ha 
estudiado  con  tan  acertado  criterio,  y  de  ella  dependerá  que  la  re- 
acción se  produzca  inmediatamente  o  se  dilate.  V.,  amigo  mío, 
ha  colocado  la  piedra  angular:  su  libro  representa  el  mayor  esfuer- 
zo intelectual  dedicado  a  escudriñar  el  origen  de  esas  reproduc- 
ciones híbridas  y  guarangas  del  criollismo  enfermizo  y  pretencio- 
so. Hago  votos  porque  sus  sanas  ideas  fructifiquen  y  prosperen, 
y  que,  a  la  manera  del  labrador  afortunado,  cuando  llegue  el  mo- 
mento He  la  cosecha  encuentre  el  campo,  donde  V.  las  ha  sem- 
brado, libre  de  roedores  y  malezas**. 


—  54  — 

Mucha  razón  tenía  Estrada.  La  evolución  de  nuestro  idioma 
nacional  ha  sido  principalmente  la  obra  de  la  prensa  periódica, 
sobre  todo  del  diarismo.  Los  libros  y  folletos,  sea  por  lo  diminu- 
te de  sus  tradicionales  ediciones  de  500  ejemplares  por  término 
medio,  sea  por  la  corruptela  criolla  de  que  circulaban  por  lo  general 
más  como  obsequio  del  autor  que  como  venta  de  librería,  no  han 
ejercido  la  influencia  honda  que  en  otros  países  caracteriza  a  la 
producción  libresca.  Entre  nosotros  es  el  diarismo  el  vehículo  to- 
dopoderoso de  las  ideas,  pues  todo  el  mundo  lee  regularmente 
los  diarios  y  la  influencia  ejercida  por  la  prensa  es  de  trascenden- 
tal importancia.  Y  bien:  ha  coincidido  aquel  sano  consejo  del 
embajador  Estrada  con  la  visible  transformación  de  nuestra  pren- 
sa diaria  en  lo  referente  al  idioma,  pues  cada  diario  ha  cuidado  de 
incorporar  a  su  personal  superior  un  técnico,  generalmente  espa- 
ñol, que  fuera  hablista  consumado,  y  quien  revisa  lo  que  publica  el 
periódico,  limpiándolo  de  abrojos  y  malezas  en  punto  a  lenguaje. 
Poco  a  poco  el  gusto  público  se  ha  ido  así  formando,  acostum- 
brándose los  lectores  a  leer  una  prosa  castiza  e  insensiblemente 
habituándose  a  reflejarla  en  su  propia  conversación,  de  modo  que 
se  han  ido  así  desterrando  no  sólo  las  vulgaridades  que  esmalta- 
ban los  diarios  de  otra  época,  sino  los  desfallecimientos  en  la  sin- 
taxis, los  descuidos  en  el  estilo,  los  inútiles  extranjerismos  en  vo- 
cablos y  giros,  enseñando  con  esa  lección  de  cosas,  que  entra  por 
los  ojos,  como  todo  puede  decirse  con  limpieza  y  propiedad,  sin 
asomo  de  purismo  afectado  sino  únicamente  cual  debe  hacerlo 
toda  persona  culta  y  educada.  La  generación  presente,  acostum- 
brada a  la  lengua  límpida  y  clara  de  nuestro  diarismo  actual,  no 
puede  fácilmente  imaginarse  lo  que  eran  los  periódicos  de  hace 
medio  siglo,  con  aquel  lujo  de  chabacanería  y  aquel  guarangaje 
del  tiempo  de  la  melena,  del  chambergo  terciado,  del  andar  de  ma- 
tón provocativo  y  de  toda  esa  broza  suburbana  de  la  cual  ya  no 
hay  recuerdo  en  la  actualidad,  por  lo  menos  en  el  centro  de  la 
ciudad  y  en  su  atmósfera  culta  y  respetuosa.  Menester  es  hoy  ir  a 
los  suburbios  para  encontrar  en  los  barrios  de  extramuros  al  com- 
padraje y  la  jerga  orillera,  con  sus  manifestaciones  corraleras,  de 
lo  cual  —  en  otros  barrios  —  son  todavía  tristes  sobrevivientes 
los  tenorios  de  zarzuela  que  molestan  a  las  damas,  susurrándoles 
al  oído  piropos  vulgares  u  obscenos,  en  estilo  de  trastienda  de 


—  55  — 

almacén,  o  refregándose  sadísticamente  contra  ellas  apenas  la  den- 
sidad de  la  circulación  callejera  les  da  cabe :  plaga  inmunda  en  len- 
guaje y  maneras,  que  constituye  una  verdadera  vergüenza  por- 
teña,  y  que  no  ha  podido  todavía  extirpar  siquiera  la  multa  policial 
de  los  "cincuenta",  la  cual  no  ha  dado  hasta  ahora  más  resultado 
tangible  que  el  popular  tango — con  corte  y  requebrada — del  mis- 
mo nombre!  Pero  en  los  barrios  centrales,  donde  se  desenvuelve 
la  parte  culta  y  educada  de  la  población,  la  transformación  es 
realmente  estupenda;  el  medio  siglo  que  ha  pasado  desde  que 
apareció  mi  primer  libro — el  Estudio  crítico  sobre  Persio  y  Ju- 
venal — ha  dado  a  Buenos  Aires  un  carácter  completamente  dis- 
tinto del  que  entonces  tenía  y  hoy  podemos  enorgullecemos  jus- 
tamente de  ello.  Porque  de  quienes  puedan  recordar  lo  que 
éramos  entonces,  todavía  cabe  decir  que  se  encuentran  siquiera 
en  las  postrimerías  de  la  madurez:  edad  deliciosa  en  que  el 
hombre  se  convierte  en  filósofo  involuntario,  aplacadas  las  pa- 
siones, ecuánime  el  espíritu,  agudísimos  los  ojos  y  oídos  para 
sentir  hondo,  pensar  alto  y  apreciar  mejor.  Y  por  eso,  con  ple- 
nísima conciencia,  cabe  reconocer,  sin  temor  de  incurrir  en  equi- 
vocación alguna,  que  en  la  referida  evolución  "la  Rochela"  de 
Estrada  ha  desempeñado  un  papel  importantísimo. 

Todavía  hoy  la  prensa  es  exclusivamente  todopoderosa  en- 
tre nosotros.  El  libro  comienza  apenas  a  evolucionar ;  aun  los  ver- 
daderos editores  son  rara  avis,  pero  ya  no  es  la  actual  la  época  tra- 
dicional de  la  cual  poquísimos  se  acordarán  hoy:  la  era  del  in- 
olvidable Casavalle,  como  librero,  y  del  activísimo  Leguina,  como 
empresario  de  subscripciones,  quien  recorría  a  pie  la  ciudad,  cono- 
cía personalmente  al  "todo  el  mundo"  de  aquel  tiempo  y  colocaba 
él  solo  casi  toda  la  edición  de  un  libro  o  de  una  revista,  como 
sucedió  con  la  vieja  Revista  de  Buenos  Aires.  En  esa  época,  en 
materia  de  negocios,  bastaba  la  intervención  del  respetable  don 
Trifón  —  la  encarnación  misma  de  la  honradez  —  para  que  com- 
prador y  vendedor  estuvieran  absolutamente  tranquilos...  Hoy 
ya  no  hay  ni  Casavalle,  ni  Leguina,  ni  don  Trifón...  Cierto  es 
que  la  aldea  de  entonces  se  ha  convertido  en  la  gran  ciudad  de 
ahora!  Pero  si  la  librería  ha  comenzado  a  emanciparse  de  aque- 
lla organización  primitiva,  todavía  el  diarismo  continúa  consti- 
tuido, para  muchos,  en  fons  et  origo  de  todos  los  conocimien- 


-si- 
tos: en  sus  páginas  recoge  el  fervoroso  lector  sus  ideas  de  todo 
género  y  acepta  como  evangelio  lo  que  en  ellas  encuentra  estam- 
pado. De  ahí  que  sólo  tenga  vida  lo  que  el  diarismo  menciona, 
sea  para  alabar  o  vituperar,  mientras  que  lo  que  silencia  parece 
no  existir.  La  producción  libresca,  si  no  es  ayudada  por  el  diaris- 
mo, queda  arrinconada  en  las  librerías:  el  lector  no  compra  sino 
lo  que  su  diario  indica,  ignora  lo  demás  que  aparece,  y  todavía  no 
ha  sacudido  la  pereza  intelectual  que  le  impide  pensar  por  sí  mis- 
mo y  formarse  sólo  su  propia  opinión,  tanto  que,  sin  las  forzadas 
anteojeras  de  "su"  diario,  no  se  concibe  en  nuestro  país  a  ningún 
estante  o  habitante,  siendo  de  maravillar — para  quien  conoce  "la 
cocina  del  diarismo" — cómo  se  redactaban  hasta  ayer  esas  noticias 
bibliográficas  de  lo  que  sale  a  luz,  pues  afortunadamente  hoy  es  vi- 
sible la  nueva  orientación  de  dar  a  la  sección  de  crítica  algo  de  la 
importancia  que  debe  corresponderle.  Sin  duda  este  estado  de  co- 
sas no  deja  de  tener  sus  peligros,  pues  involuntariamente  cada 
diario  se  convierte  así  en  un  recinto  amurallado,  donde  no  penetra 
ni  permanece  sino  quien  forma  parte  de  la  agrupación  que  allí  se 
congrega,  constituyendo  un  mundo  per  se,  el  cual  se  considera  a  si 
mismo  sin  quererlo  como  "el  mundo"  a  secas.  Por  ello,  quien  for- 
ma parte  de  la  masonería  de  cada  diario  es  únicamente  quien  vive 
y  merece  vivir,  sea  en  persona  o  en  la  de  sus  amigos:  los  que  no 
son  ni  siquiera  "amigos"  no  existen,  no  se  les  menciona,  se  les 
mata  en  vida  con  el  silencio  más  glacial.  Los  "chicos  de  la  pren- 
sa", sin  poner  en  ello  la  menor  mala  voluntad  ni  propósito  algu- 
no aviesamente  intencionado,  no  conciben  que  pueda  figurar  en  un 
diario  quien  no  es  de  "la  casa",  sea  personalmente  o  por  reco- 
mendación de  alguno  de  los  del  grupo.  Los  demás  son  como  los 
extranjeros  en  la  civilización  antigua:  no  son  "ciudadanos"  y 
se  les  aplica  el  aforismo  clásico:  adversas  hostem  ceterna  aucto- 
ritas  esto;  de  modo  que  no  se  les  reconoce  derecho  alguno  y  todo 
es  permitido  en  contra  suya.  Todavía  eso  es  quizá  un  resabio  del 
tiempo  en  que  esta  urbe  mundial  de  hoy  era  "la  gran  aldea"  que 
Lucio  López  daguerreotipó :  seguramente  esa  idiosincrasia  ha  de 
modificarse  con  el  andar  del  tiempo,  pero,  hoy  por  hoy,  ese  es  to- 
davía el  actual  rasgo  característico.  Quien,  entre  nosotros,  vive 
fuera  del  diarismo,  en  realidad  no  vive ;  hasta  su  existencia  mate- 
rial se  torna  un  mito  casi  para  los  extraños,  por  más  que,  por  lo 


—  S7  — 

menos  en  el  círculo  intimo  de  personas  con  quienes  las  necesidades 
diarias  lo  ponen  forzosamente  en  contacto,  sea  otra  cosa  para  los 
que  se  dicen  sus  "relaciones".  Pero  el  público  —  el  grueso  públi- 
co —  no  sabe  siquiera  que  existen  sino  los  que  los  diarios  men- 
cionan. Verdad  es  que  el  diarismo  es  monarca  soberano,  pero  su 
soberanía  es  precaria  y  limitada  al  momento  mismo,  ya  que  al  poco 
andar  el  recuerdo  de  lo  estampado  en  sus  columnas  se  borra  y  las 
colecciones  de  periódicos  se  convierten  en  verdaderos  y  gigantescos 
osarios:  la  consulta  de  los  volúmenes  encuadernados  de  esas  "sá- 
banas" criollas  es  sólo  cosa  reservada,  en  las  bibliotecas,  al  pacien- 
te erudito  o  a  quien  busca  obligadamente  un  dato  determinado. 
Mientras  que  el  libro,  quizá  de  menor  influencia  en  el  momento  de 
su  aparición,  va  ensanchando  su  radio  de  acción  con  el  tiempo ;  má- 
xime cuando  la  edición  es  numerosa  y  se  cuenta  por  la  serie  de 
millares  que  caracteriza,  por  ejemplo,  la  actual  difusión  de  las 
novelas  de  Hugo  Wast,  pues  las  limitadas  antiguas  tiradas 
nuestras  de  500  ejemplares  convierten  al  poco  andar  a  cualquier 
libro  en  una  curiosidad  bibliográfica  que  es  menester  rastrear  en 
las  librerías  de  viejo, — y  cuidado  con  que  ya  hoy  no  puede  re- 
currirse  a  Daponte,  aquel  portugués  anticuario  que  era  rival  de 
Keal  y  Prado  en  libros  de  lance,  cuyos  títulos  y  peculiaridades 
parecía  tener  grabados  en  su  prodigiosísima  memoria,  logrando 
desenterrar  cualquier  impreso,  aun  cuando  estuviera  sepultado 
en  los  escondrijos  más  inverosímiles! — por  manera  que  el  radio 
de  su  esfera  de  acción  viene  así  a  resultar  limitado,  si  bien  con 
el  tiempo  son  siempre  más  accesibles  que  los  enormes  infolios 
de  los  diarios  encuadernados.  Por  eso,  en  materia  de  lenguaje, 
la  acción  de  la  prensa  diaria  es  de  una  eficacia  educadora  inme- 
diata, mientras  que  la  del  libro  es  más  lenta  y  más  circunscripta, 
ya  que  el  número  de  lectores  de  los  libros  es  siempre  infinita- 
mente inferior  al  de  los  diarios. 

Eso  no  quita  que  Estrada,  en  su  invocación  de  1902  a  "la 
Rochela"  del  diarismo  argentino,  no  tuviera  perfectísima  razón: 
su  palabra  fué  escuchada  y,  por  lo  menos  en  la  depuración  del 
lenguaje,  la  influencia  de  la  prensa  ha  sido  visible  y  omnipo- 
tente. Y  en  el  éxito  de  esta  saludable  evolución  del  idioma  nacio- 
nal, es  de  estricta  justicia  declarar  que  el  mérito  principal  le  co- 
rresponde al  diario  La  Nación,  pues  fué  el  primero  que  dio  al 


-58- 

asunto  toda  la  importancia  que  le  correspondía,  desde  los  tiempos 
remotos  —  para  la  generación  actual —  en  que  los  infaltables  len- 
tes de  Casimiro  Prieto  Valdés  iluminaban  la  sección  "gacetilla" 
con  los  chispazos  de  Aben  Xoar,  bajo  la  mirada  bondadosa  pero 
firmemente  escrutadora  de  aquel  simpatiquísimo  salteño  Ojeda, 
cuyas  amplias  patillas  directoriales  parecían  columbrarse  en  todos 
los  rincones  del  recinto  de  redacción  de  la  época,  en  el  cual  se  oía 
a  las  veces  la  risa  juguetonamente  sardónica  de  Claudio  Caballero 
y  se  veía  perfilarse  la  figura  escuetamente  quijotesca  del  inolvida- 
ble don  Enrique,  alma  de  la  administración,  cuando  no  cruzaba 
la  sala,  deteniéndose  en  las  diferentes  mesas,  la  noble  personali- 
dad de  Adolfo,  el  hijo  predilecto  del  general,  el  amigo  incompa- 
rable, el  talento  que  más  prometía  de  toda  su  generación  y  que 
una  muerte  cruelmente  temprana  cortó  en  agraz!  Muy  presente 
tengo  todavía  haber  oído  una  noche  a  Prieto  Valdés,  enardecido 
en  una  discusión  sobre  lenguaje,  insistir  en  que  era  inexplica- 
ble se  hubieran  olvidado  las  enseñanzas  del  eximio  hablista  es- 
pañol. Mora,  cuando  regenteaba  entre  nosotros  un  colegio,  en  la 
época  rivadaviana;  aludiendo  a  la  doctrina  de  éste,  en  términos 
que,  por  parecerme  acertados,  confié  a  un  apunte  al  volver  a 
casa,  a  saber:  "la  pureza  del  idioma  es  una  de  las  leyes  fun- 
damentales del  código  del  buen  gusto:  la  conservación  de  esta 
pureza,  una  de  sus  más  asiduas  atenciones;  la  relación  entre  el 
lenguaje  y  el  pensamiento  no  consiste  solamente  en  que  el  uno 
expresa  lo  que  el  otro  concibe:  consiste  también  en  que  el  uno 
comunica  al  otro  sus  perfecciones  y  sus  vicios;  en  que  es  im- 
posible que  un  lenguaje  desordenado,  inculto  y  en  que  se  eche 
de  menos  el  esmero  en  la  elección  de  la  voz  propia  y  genuina 
que  corresponde  a  cada  concepto,  no  proceda  de  un  entendimien- 
to confuso,  de  un  gusto  depravado,  de  una  instrucción  mutilada, 
incompleta  y  errónea".  El  cuidado  del  idioma,  que  Prieto 
Valdés  proclamaba  así  cuasi  maniáticamente  en  todos  los  ins- 
tantes, a  la  larga  caracterizó  a  dicho  diario  y  constituyó 
una  cualidad  que  le  ha  distinguido  siempre,  a  la  vez  que 
ha  enaltecido  la  faz  literaria  del  periódico  y  lo  ha  conducido  a  la 
posición  espectabilísima  que  tiene  hoy  día  como  representante  ge- 
nuino de  la  cultura  argentina.  Recuerdo  aún  que  el  general  —  en 
alguna  de  aquellas  comidas  familiares  en  el  comedor  que  atrave- 


—  59  — 

saba  el  patio  y  en  las  cuales  los  que  nos  sentábamos  alrededor  de 
la  larguísima  mesa  guardábamos  un  religioso  silencio  para  que 
aquel,  que  presidía  en  una  de  las  cabeceras,  pudiera  expresarse 
sin  que  los  demás  perdieran  una  sola  de  sus  palabras  —  más  de 
una  vez  acentuó  la  prédica  de  la  cultura  en  el  idioma,  que  consi- 
deraba tan  indispensable  como  el  aseo  en  el  vestir . . .  Tengo  en- 
tre mis  papeles  de  entonces  el  apunte  de  una  de  esas  conver- 
saciones de  sobremesa,  con  cuyo  motivo  el  general  hizo  traer 
de  su  biblioteca  no  recuerdo  qué  obra,  en  la  que  se  encontraba 
esta  exposición,  que  me  recomendó  e  hizo  copiar:  "Hay  en  la 
lengua  castellana  toda  la  aptitud  conveniente  para  expresar 
cuántos  pensamientos  y  afectos  quepan  en  la  cabeza  y  en  el 
corazón,  todos  los  adelantos  que  logren  las  ciencias,  todos  los 
descubrimientos,  modificaciones  o  innovaciones  que  nos  ofrezcan 
las  artes,  la  política  o  la  frivolidad;  para  todo  hay  expresión, 
para  todo  hay  palabras  y  genuino  y  fácil  acomodamiento  en 
nuestro  lenguaje;  teniendo  asimismo  aquellas  locuciones  orien- 
tales, aquel  modo  de  sentir,  pensar  y  creer  de  remotos  pueblos 
que  tanto  influjo  ejercieron  en  el  desarrollo  científico  y  literario 
del  linaje  humano:  la  elasticidad  indoeuropea  y  la  rigidez  semí- 
tica, felizmente  combinadas,  forman  el  constitutivo  esencial  de 
nuestro  idioma.  Franco,  varonil,  sonoro,  en  unos  casos;  y  en 
otros  inflexible,  severo,  preciso;  variado  y  grandilocuente  en  un 
concepto,  sobrio  y  comedido  en  otro;  ni  la  elasticidad  lo  hace 
irregular  e  inmanejable,  ni  la  rigidez  lo  endurece  hasta  el  punto 
de  romperse  o  de  necesitar  prestados  atavíos;  no  ha  menester 
de  largos  períodos  para  cerrar  graciosamente  sus  cláusulas,  ni 
carece  de  incisos  o  estancias  cortas  con  que  amenizar  su  vaste- 
dad". Estos  recuerdos  demuestran  que  en  el  hogar  de  aquel 
diario  se  tenía  respecto  del  idioma  un  concepto  elevado  y  clarí- 
simo: no  es  de  extrañar,  entonces,  que  se  le  pusiese  en  práctica 
con  todo  empeño.  Los  demás  diarios  argentinos  poco  a  poco 
siguieron  la  huella  de  La  Nación  y  al  poco  andar  nadie  hubiera 
sospechado  que  algunos  años  antes  el  habla  del  compadrito  ori- 
llero— o  la  de  aquellas  típicas  "indiadas"  de  la  calle  Florida  o  la  de 
las  características  romerías  de  la  Virgen  del  Pilar,  en  el  bajo 
de  la  Recoleta, — constituía  la  moda  del  periodismo  de  entonces  f 


—  60  — 

Costa  Alvarez,  "hombre  de  prensa",  que  ha  formado  parte  de 
más  de  una  agrupación  periodística,  conoce  a  todo  el  mundo  en 
los  principales  diarios  y  sabe  por  ende,  mejor  que  nadie,  cuan 
importante  ha  sido  el  papel  del  diarismo  en  aquella  evolución  de 
nuestro  idioma.   Podrá  ahora  pertenecer  o  no  en  un  momento 
dado  al  personal  de  tal  o  cual  diario,  pero  eso  no  le  quita  su  se- 
gunda naturaleza  de  "periodista":  es  del  gremio,  tiene  el  apretón 
de  manos  masónico,  continúa  formando  virtualmente  parte  de  la 
logia,  y  si  hoy  no  ejerce  su  profesión  puede  volver  a  desempe- 
ñarla mañana,  pues  sus  antecedentes  están  bien  "aplomados"  y 
tiene  abiertas  las  puertas  del  "taller".   No  podría,  sin  embargo, 
afirmar  de  él,  en  todas  sus  partes,  lo  que  tuve  oportunidad  de 
decir  respecto  del  ilustre  académico  español  e  insigne  periodista. 
Ortega  Munilla,  a  saber:  "Es  un  caso  típico  de  vocación  perio- 
dística: no  cupo  en  su  deseo  el  tomar  la  redacción   de  diarios 
como  pasadizo  para  ir  a  parlamentos,  ministerios  o  embajadas, 
como  tantos  otros  a  quienes  se  les  van  los  pies  muchas  veces; 
ama  el  diario  en  sí  mismo,  y  por  él  siente  gran   fuego  en  el 
corazón,  tanto  que  busca  solamente  la  vida  gloriosa  escribiendo 
desde  las  columnas  de  un  periódico,  y  sabe  y  siente  que  el  pú- 
blico lo  comprende,  lo  alienta,  atiende   sus  indicaciones,  y  que 
óe  esa  guisa  puede,  hora  tras   hora,  arrojarlo  de  unas  a  otras 
manos,  haciendo  a  la  vez  vibrar  el  alma  de  centenares  de  miles 
de  lectores.    Tan  enamorado  anda  del  diarismo,   que  considera 
visiblemente  al  cuarto  poder  del  estado  como  el  poder  supremo 
por  antonomasia,  y  le  ha   parecido  siempre  inferior  al  mismo 
cualquiera  de  esas  posiciones  políticas  de  relumbrón,  que  tanto 
suelen  fascinar  a  la  generalidad  amorfa  de  las  gentes,  no  pocas 
de  las  cuales  crecen  sin  término  más  que  la  espuma,  ahitas  de 
importancia  tan  sólo  porque  es  importante  la  función  que  tran- 
sitoriamente desempeñan,  como  si  el  cargo  honrara  por  sí  solo 
al  hombre,  cuando  es  siempre  éste  quien  enaltece  al  puesto  que 
ocupa.   El  periodista  se  le  antoja  superior,  y  más  poderoso  que 
presidente  de  consejo  de  ministros;  de  ahí  que  haya  desdeñado 
figurar  en  la  política  militante  y  convertirse  en  funcionario:  ja- 
más ha  querido  desaparecer  dentro  de  alguno  de  esos  uniformes 
recamados  de  oro  y  cubiertos  de  condecoraciones,  que  el  vulgo 
suele  admirar  sin  percatarse  a  las  veces  de  quien  los  lleva,  como 


—  6i  — 

cuando  las  señoras  quedan  arrobadas  y  fuera  de  si  contemplan- 
do, en  los  salones  de  cualquier  "modisto"  a  la  moda,  la  elegancia 
de  las  vestiduras  y  ropajes  con  que  se  exhibe  ataviada  una  mo- 
<ielo,  sin  detenerse  a  observar  a  esta  misma.  Ha  preferido  que 
pase  por  su  mano  la  historia,  en  vez  de  pretender  dirigirla  desde 
palacios  ministeriales,  tribunas  parlamentarias,  o  salones  diplo- 
máticos". El  caso  de  Costa  Alvarez  es  muy  diverso.  Toma  todo 
con  mesura :  el  periodismo  no  lo  afiebra.  Hoy  es  periodista  o  pue- 
de serlo;  mañana  preferirá  ser  otra  cosa,  traductor  público  — 
como  reza  su  conocido  aviso:  "de  toda  lengua  oficial  americana 
y  europea",  lo  cual  le  convierte  en  un  poliglota  émulo  del  abate 
Hervás  y  Panduro —  o  lo  que  más  a  mano  venga.  Pero  su 
estada  en  otros  medios  sociales  y  el  ejercicio  de  otras  actividades 
han  depurado  la  experiencia  del  autor  de  Nuestra  lengua,  y  su 
libro  revela  que  respeta  a  los  que  han  actuado  o  actúan  fuera  del 
círculo  especial  de  los  periodistas  profesionales,  apreciando  sus 
trabajos  con  la  consideración  que  merece  el  esfuerzo  ajeno,  sea 
que  provenga  de  jóvenes  o  de  viejos,  máxime  cuando  lo  cortés 
no  quita  lo  valiente  y  ello  no  le  impide  manifestar  sus  coinciden- 
cias o  disidencias  con  unos  y  con  otros.  Pero  no  hay  en  todo  el 
libro  una  sola  de  esas  alusiones  de  dudoso  buen  gusto,  que  sal- 
pican algunos  volúmenes  de  los  "chicos  de  la  prensa"  en  actividad, 
—  referentes  por  lo  general  a  escritores  cuya  producción  no 
conocen  sino  por  los  chascarrillos  de  quienes  tampoco  los  han 
leído:  con  lo  que  suele  suceder  que  a  menudo  pagan  justos  por 
pecadores — cuando  además  de  ser  profesionales  anónimos  del  dia- 
rismo, se  dan  el  lujo  de  aparecer  esporádicamente  como  escritores, 
cual  si  sus  libros  hubieran  nacido  en  la  atmósfera  tranquila  del 
gabinete  de  estudio,  y  no  en  la  fragua,  a  las  veces  caldeada  al  rojo 
l)lanco,  de  una  sala  de  redacción.  No  cae  en  el  error  de  muchos 
"iniciados"  nuevos  que,  en  su  ardor  de  los  primeros  grados  masó- 
nicos, creen  que  sólo  deben  hablar  bien  de  los  "hermanos"  y  que 
están  obligados  a  hacerlo  siempre  mal  de  quienes  no  les  consta  sean 
fieles  adeptos.  Costa  Alvarez  se  ha  emancipado  de  esa  caracterís- 
tica del  diarista  convertido  transitoriamente  en  autor  o  del  neófito 
ingenuamente  exagerado,  y  las  páginas  de  su  libro  no  pueden 
x:on fundirse  con  los  sueltos  impersonales  de  las  columnas  de 
un  diario:  conserva  su  absoluta  independencia  de  juicio,  pero  no 


—  62  — 

olvida  jamás  que  la  buena  educación  le  impide  ser  innecesaria- 
mente poco  cortés.  En  otras  partes  del  mundo  esto  no  sería  ya  mé- 
rito, pues  el  simple  deber  no  constituye  jamás  mérito  alguno:  en- 
tre nosotros  menester  es  aún  hacerlo  resaltar  porque  todavía 
resulta  necesario.  Verdad  es  que  frecuentemente  al  más  experto 
periodista  —  sin  que  haya  de  su  parte  propósito  preconcebido  — 
se  le  pasa  de  la  memoria  lo  que,  sobre  un  asunto  determinado, 
se  ha  publicado  antes  en  forma  de  libro  u  opúsculo,  y  por  ende 
el  nombre  de  quien  tal  hizo,  por  más  que  en  el  instante  res- 
pectivo semejante  esfuerzo  hubiera  tenido  una  repercusión  más  o 
menos  honda.  Con  tal  olvido  posterior  se  pone  en  perpetuo  silen- 
cio esa  memoria  cual  si  hubiera  aquel  escrito  en  el  polvo  o  en  el 
ag^a,  o  esparcido  sus  palabras  en  el  aire:  se  le  cuenta  así  con 
los  muertos.  No  ha  sucedido  tal  cosa  con  Costa  Alvarez:  en 
su  libro  evidentemente  ha  tratado  de  no  dejar  ninguno  en  el 
tintero  y  se  esfuerza  en  no  pasar  muy  de  corrida  por  ellos;  de 
ahí  que  ese  capítulo  de  nuestra  historia  literaria  sea  tan  intere- 
sante, pues  se  nota  que  no  reina  allí  pasión  alguna,  sino  la  honrada 
verdad,  el  esfuerzo  más  ecuánime  por  ejercitar  una  justicia  leal- 
mente  distributiva. 

Tocóme,  en  cierta  época  de  mi  vida,  convivir  con  el  autor 
de  Nuestra  lengua  en  la  atmósfera  de  un  diario;  aprendí  enton- 
ces a  apreciarle  como  periodista  y  como  compañero;  hoy  le 
saludo  como  escritor  y,  al  aclamarle  por  diestro,  predico  gustoso 
con  el  aplauso  que  su  innegable  talento  merece. 


OBRAS 

DE 

ERNESTO    QUESADA 

Fiscal   ds    Cámara 

Profesor    de    sociología    en    la    Facultad    de    Filosofía    y    Letras    (Bs.    As.)    j    en    U 

Facultad    de    ciencias    jurídicas    y    sociales    (Universidad    de    La    Plata). 

Correspondiente    de    la    Academia    espinóla,    idem    de     la    Academia    de    historia 

(Madrid),      Director      de     la     Academia     argentina     de     la     lengua. 

del     Instituto     histórico     e     geographico     do     Brazil;     del     Instituto     dos 

advogados    brazileiros     (Rio    de    Janeiro). 

del     Instituto     histórico     y     geogfráfico     del     Uruguay     (Montevideo) 

Miembro     honorario    de     la     Facultad     de     leyes    y     ciencias     políticas 

(Universidad   de    Chile). 

de    la    Academia    nacional    de    historia    y    Academia    colombiana    de    jurisprudencia 

(Bogotá). 

de  la  Academia  nacional  de  la   Historia   (Caracas). 

de  la  Academia  ecuatoriana  de  historia   (Quito). 

de  la  Sociedad  argentina  de  derecho   internacional    (Buenos  Aires). 

de    la    Internationale    Vereinigung     für    vergleichende    Rechtswissenschaft    und 

Volkswirtschaftslehre     (Berlín). 

Miembro    del    consejo    de    honor    de    la    Internationale    Vereinnigung    für    Rechts 

und    Wirtschaftsphilosophie    (Berlín). 

de  la  American   Academy   oí  social   scíence    (Philadelphia). 

de  la  American  political  scíence  association    (Baltimore). 

de  The  Hispanic  society  of  America  (Nueva  York). 

de  la  Rhode  Island  historical  society   (E.  U.). 

de  la  Société  d'études  legislatives  (Parb). 

EN  COLABORACIÓN; 
I.*— Con  Nicolás  Massa. 

I. — Memoria  de  la  bifylinteca  pública,  correspondiente  a  1876.  B.  A.  1877. 

I  vol.  de  222  págs. 
2.— Memoria  etc.  correspondiente  al  año  1877.    B.  A.    1878.   i  vol.  de 

389  págs. 
3. — Informe  sobre  las  colecciones  de  obras  argentinas  que  se  envían  a 

la   exposición  universal   de  París.   B.   A.    1878.    i   vol.   de   XIX. 

77  págs. 

2.*— Con  Adolfo  MiTut. 
A.— Derecho  internacional  privado.  B.  A.  1878.  3  vols.  de  148  págs.  c|u. 


-64- 

3.*— Con  Vicente  G.  Quesada. 

5. — Nueva  reiñsta  de  Buenos  Aires.  B.  A.    1881-1885.   13  vols.  de  250- 
págs.  prox.  c¡u. 

DEL  AUTOR: 

6. — La  sociedad  romana  en  el  primer  siglo  de  nuestra  era:  estudio  criti- 
co sobre  Persio  y  Juvenal.  B.  A.  1878.  i  vol.  de  XII.  280  pigs. 
7. — L'imprimerie  ct  les  livres  dans  l'Amcrique  espagnole  aux  XIV,  XVI 

et  XVII  sieclcs.    Discours  prononcé  au  congrés  international  des 

americanistes.    Bruxellcs,    1879.    i   vol. 
8. — La  recepción  de  Henri  Martín  en  la  academia  francesa.  B.  A.  1880. 

I  vol. 
9. — Goethe:  sus  amores.  De  la  influencia  de  la  mujer  en  sus  obras  li" 

t erarios.  B.  A.  1881.  i  vol. 
10. — Disraeli:  su  última  novela.  De   la  influencia  de  la  política  en  sus 

obras   literarias.    B.    A.    188 1.    i    vol. 
II. — La  quiebra  de  las  sociedades  anónimas  en  el  derecho   argentino   y 

extranjero.  B.  A.  188 1.  i  vol. 
12. — La   abogaría    en   la   república.    Discurso   en   la   colación   de   grados. 

B.  A.  1882.  I  vol. 
13. — Contribución  al  estudio  del  libro  IV  del  Código  de  Comercio.  B.  A. 

1882    I  vol.  de  375  págs. 
14. — Estudios  sobre  quiebras.  B.   A.  1882.  i  vol.  de  XXXII.  374  págs. 
15. — Las  reformas  del  código  civil.  B.  A.  1883.  i  vol. 
16. — Discurso   en   la   asociación   de   literatos   del   Brasil.    Río   de   Janei- 
ro,   1883.    I    vol. 
17. — La  política  americana  y  las  tendencias  yankees.  B.  A.   1887.   i  voL 
18. — Un  invierno  en  Ru^a.  B.  A.  1888.  2  vols  de  245  y  352  pígs. 
19. — Las  finanzas  municipales.  B.  A.  1889.  i  vol.  de  616  pígs. 
20. — Dos  novelas  sociológicas.  B.  A.   1892.   i  vol.  de  223  pígs. 
21. — La  municipalidad  de  Sarmiento  y  el  F.   C.  al   Pacifico.   San   Mi- 

guel,    1893.    I   vol. 
22. — Reseñas  y  críticas.  B.  A.  1893.  i  vol. 
23.— /,a  decapitación  de  Acha.  B.  A.  1893.  l  vol. 
24. — La  bataVa  de  Ituzaingó:  estudio  histórico.   B.   A.    1894.    I  vol.   de 

121  págs 
25. — Reorganización  del  sistema  rentístico  federal:   el  impuesto  sobre  la 

renta.  B.  A.  1894.  i  vol. 
26. — Alocución  patriótica  pronunciada  en  el  Ateneo  de  25  de  mayo.  B.  A. 

1895.  I  vol. 
27. — La  deuda  argentina:  su  unificación.  B.  A.  1895.  i  vol.  de  144  P^&s. 
28.— /,a  política  chilena  en  el  Plata.  B.  A.  1895.  i  vol.  de  382  págs.  con  6 

mapas. 
29. — La  iglesia  católica  y  la  cuestión  social.  B.  A.  1896.  i  vol.  de  loi  págs. 
30. — Los  privilegios  parlamentarios  y  la  libertad  de  prensa.  B.  A.   1896. 

i  vol.  de  115  págs. 
31. — Bl  museo  his'órico  nacional  y  su  importancia  patriótica.  B.  A.  1897. 
32. — Quiebra  de  las  sociedades  anónimas:  responsabilidad  personal  de  los 

directores.  B.  A.  1897.  i  vol. 


-6s~ 

33. — La  época  de  Rosas:  su  verdadero  carácter  histórico.  B.  A.  1898.  1 

vol.  de  392  págs. 
34. — La  política  argentina  respecto  de  Chile.  B.  A.   1898.   i  vol.  de  239 

páginas. 
35. — Bismarck  v  su  época.  Conferencia  en  el  Ateneo,   el   18  de  agosto. 

B.   A.   1898.    I  vol. 
36. — La   cuestión  femenina.   Discurso  en   la  exposición   femenina.   B.  A. 

1898.  I  vol. 
37. — El  derecho  de  gracia:  necesidad  de  reformar  la  justicia  criminal  y 

correccional.  B,  A.  1899.  i  vol. 
38. — La   reforma  judicial:   deficiencias  del   procedimiento   e   independen* 

cia  del  ministerio  fiscal.  B.  A.   1889.  i  vol. 
39. — Las  reliquias  de  San  Martín:  estudio  de  las  colecciones  del  museo 

histórico  nacional.  B.  A.  1899.   i  vol. 
40. — Las  reliquias  de  San  Martin.   Segunda  edición,  con  la  iconografía  y 

la  poesia  sanmartinianas.  B.  A.  ic,oo.  i  vol.  de  178  págs. 
41. — La   palabra   "valija":    informe   presentado   al   Ateneo.   B.   A.    1900. 

I  vol. 
42. — La  reincidencia  y  el  servicio  antroprométrico.  B.  A.  1900.  i  vol. 
43. — El  problema  del  idioma  nacional.  B.  A.  1900.  i  vol.  de   157  págs. 
44. — Discurso  en  el  banquete  dado  a  los  periodistas  brasileros.  B.  A.  1900. 

I  vol. 
45. — Nuestra  raca.    Discurso   en   el   teatro   Odeón,    el     12    de    octubre. 

B.    A.    1900.    I   vol. 
46.— Las  reliquias  de  San  Martín.  3»  edición  corregida.  B.  A.  1901.  i  vol. 

de  139  págs. 
47.— Comprobación   de  la  reincidencia.   B.  A.    1901.    i   vol.  de   loi   pági- 
nas, con  láminas. 
4^.— Historia   diplomática    nacional:    la    política   argentino-paraguaya.    B. 

A.  1902.  I  vol.  de  XI.  302  págs. 

49. — El  criollismo  en  la  literalura  argentina.  B.  A.  1902.  i  vol.  de  131  págs, 
50. — Las  reliquias  de  San   Martín.  4'  edición.   B.   A.    1902.   i  vol. 
$1.— Tristezas  y  esperanzas.  B.  A.  1903.  i  vol.  de  lOO  págs. 
$2.— Las  reliquias  de  San  Martín.  5.»  edición.  B.  A.  1903.  i  vol.  de  81  págs. 
S3.—La  propiedad  intelectual  en  el  derecho  argenlino.  B.  A.  1904.  i  vol. 

de  496  págs. 
S4.—Un  escritor  guatemalteco :  Antonio  Batrcs  Jáuregui.  B,  A.  1904.  i  vol. 
SS.—La  sociología:  carácter  científko  de  su  enseñanza.  B.  A.  1904.  i  vol. 
56. — Las  doctrinas  presociológicas.  B.  A.  1905.  i  vol.  de  95  págs. 
57. — La  prc piedad  raíz  en  el  derecho  argentino:  reforma  de  su  régimen. 

B.  A.  1906.  I  vol. 

58.— Z.a  crisis  universitaria.  Discurso  en  la  colación  de  grados.  B.  A.  1906. 

I  vo'umen. 
59.— /.a  Facultad  de  derecho  de  París:  estado  actual  de  su  enseñanza.  B. 

A.  ic^o'.  I  vol.  de  358  p'gs. 
60.— £/  problema  nacional  obrero  y  la  ciencia  económica.  La  Plata  1907. 

I  vo.umcn. 
61.— Herbert  Spencer  y  sus  doctrinas  sociológicas.  B.  A.  1907.  I  voL 
62.— La  cuestión  obrera  y  su  esiudio  universitario.  B.  A.  1907.  l  vol. 


—  66'-' 

€3' — La  teoría  y  la  práctica  en  la  cuestión  obrera:  el  marxismo  a  la  lus 

de  la  estadística.  B.  A.  1908.  i  vol.  de  67  págs. 
64. — El  sociólogo  Enrique  Ferri  y  sus  conferencias  argentinas.  B.  A.  1908. 
65. — Identificación  dactiloscópica.  B.  A.  1509.   i  vol. 
66. — Augusto  Comte  y  sus  doctrinas  sociológicas.  B.  A.  1910.  i  vol. 
67. — La  cuestión  dactiloscópica:  los  títulos  de  la  icnofalang ametría  vuce- 

tichiana.  B.  A.  1910.  i  vol. 
68. — El  derecho  mercantil,  de  cambio,  de  quiebra  y  marítimo,  de  la  Repú' 

Mica  Argentina.  Berlín  1910.  i  vol.  de  345  págs. 
'69. — Das  Handelsrecht  und  Seerecht  der  Republik  Argentinien.  Berlín  1910. 

I  vol.  de  345  págs. 
70. — La  enseñanza  de  la  historia  en  las  universidades  alemanas.  B.  A.  1910. 

I  vol.  de  XXII.  1328  págs. 
71. — La  mujer  casada  ante  el  derecho  argentino.  B.  A,  191 1.  i  vol. 
72. — La  mujer  divorciada  ante  el  derecho  argentino.  Santa  Fe  191 1. 
73. — The  social  evolution  of  the  Argentine  Republic.  Philadelphia,  191 1. 
.74. — La  evolución  social  argentina.  B.  A.  191 1.  i  vol. 
75. — La   enmienda  de   1882  en  la  doctrina  de  la  filiación  natural.   Santa 

Fe,  191 1.  I  vol. 
76. — El  testamento  ológrafo  en  derecho  argentino.  B.  A.  191 1.  i  vol. 
7y. — Alberto  del  Solar:  su  personalidad  literaria.  París,  1912,  i  vol. 
78. — La  ciencia  jurídica  alemana:  tendencia  actual  de  sus  civilistas.  B.  A. 

1912.  I  vol. 
79. — Víctor  Margueritte:  la  tesis  de  su  liltima  novela  y  la  reforma  del  ré- 
gimen matrimonial.  B.  A.  1912.  i  vol. 
80. — La  integridad  de  la  familia  en  derecho  argentino.  B.  A.  1912.  i  vol. 
81. — The  commercial  bilis  of  exchange,  bankruptcy  and  maritime  law,  of 

the  Argentine  Republic.  London,   1912.  i  vol.  de  318  págs. 
82. — Los  sistet7tas  de  promoción  en  la  universidad  de  Londres.  B.  A.  1912. 

I  vol.  de  299  págs. 
83. — Los  fenómenos  sociológicos  australianos  y  el  criterio  argentino.  B. 

A.  1913.  I  vol. 
84. — Manuel  P.  Mantilla:  su  personalidad  intelectual.  B.  A.  1914.  i  vol. 
85. — Los  tres  Lopes:  Discurso  de  recepción  académica.  B.  A.  1914.  i  vol. 
86. — Una  vuelta  al  mundo.  B.  A.  1914.  i  vol.  de  83  págs. 
87. — La  actual  civilización  germánica.  B.  A.  1914.  i  vol.  de  58  pígs. 
88. — La  formación  del  profesorado  secundario.  B.  A.  1914.  i  vol.  de  43  pígs. 
89. — La  actual  civilización  germánica  y  la  presente  guerra.  Segunda  edi- 
ción. B.  A.  1914.  I  vol. 
90. — La  evolución  económico-social  de  la  época  colonial  en  ambas  Amé- 

ricas.  B.   A.    1914.    i   vol. 
^i.— £/  "peligro  alemán"  en  Sud  América.  B.  A.  1915.  i  vol.  de  75  págs. 
gi.'—La  legislación  inmobiliaria  tunecina.  B.  A.  1915.  i  vol.  de  868  págs. 
•  93. — La  nulidad  del  matrimonio  por  impotencia  del  marido.   B.  A.   1915. 

I  volumen. 
94. — Las  colecciones  del  museo  histórico  nacional.  B.  A.  1915.  i  vol. 
'95' — El  éxito  en  la  vida.  Discurso  ante  3.000  personas.  B.  A.  1915.  i  vol. 


-67- 

g6. — La  guerra  civil  de  1841  y  la  tragedia  de  Acha.  Córdoba,  1916.  i  vol. 

de  236  págs. 
97. — El  nuevo  panamericanisfno  y  el  congreso  científico  de  Washington. 

B.  A.  1916.  I  vol.  de  364  págs.,  con  láminas. 
98. — José  Ortega  Munilla:  su  personalidad  literaria.  B.  A.  1916.  i  vol. 
99. — Bl  significado  histórico  de  Moreno.  B.  A.  1916.  i  vol. 
100. — Homenaje  a  Mariano  Moreno.  2.»  edición.  B.  A.  1916.  i  vol. 
lOi. — La  zñda  colonial  argentina:  médicos  y  hospitales.  B.  A.  1917.  i  vol. 
102. — Un  "hombre  de  letras"  argentino :   Ángel  de  Estrada.  B.   A.   1917. 

I  volumen, 
103. — Juan  B.  Ambrosetti:  discurso  necrológico.  B.  A.  1917.  i  vol. 
104. — Avellaneda  irónico.   B.  A.    1917.    i  vol. 
105. — El   pensamiento   filosófico    contemporáneo.    Discurso   académico.    B. 

A.    1917.    I  vol. 
106. — El  desenvolvimiento  social  hispano-americano.  I.  Bl  periodo  preco' 

lombino.  B.  A.  1917.  i  vol.  de  130  págs. 
107. — Pujol  y  la  época  de  la  confederación.  B.  A.  1917.  i  vol. 
108. — Los  numismáticos  argentinos.  Córdoba,    1918.   i  vol.  de  loi  págs. 
109. — La  psicología  de  Carlos  Octavio  Bunge.  B.  A.  1918.  i  vol. 
lio. — Bl  ideal  universitario.    Conferencia.    B.    A.     1918.    i    vol. 
III. — La  separación  judicial  de  bienes  en  la  disolución  de  la  sociedad  con- 
yugal. B.  A.  1918.  I  vol. 
112. — El  ideal  universitario.  Segunda  edición.  B.  A.  1918.  i  vol. 
113. — El  día  de  la  raza  y  su  significado  en  Hispano-América.  B.  A.   1918. 

I  volumen. 
114. — La  personalidad  de  Carlos  Guido  y  Spano.  B.  A.  1918.  i  vol. 
115. — La  ciudad  de  Buenos  Aires  en  el  siglo  XVIII .  Córdoba,  1918.  i  vol. 
116. — La  argentinidad  de  la  Constitución.  B.  A.  1918.  i  vol. 
117. — La  disolución  de  la  sociedad  conyugal  en  derecho  argentino.  Segunda 

edición.  B.  A.  1919. 
118. — La  prueba  científica  de  la  filiación  natural.  Córdoba,   1919.  i  vol. 
119. — La  figura  histórica  de  Alberdi.   Córdoba,    1919.    i   vol. 
120. — La  personalidad  de  Alberdi.  Dolores.  1919.  i  vol. 
121. — La  figura  histórica  de  Alberdi.  3.*  edición.  B.  A.  1919.  i  vol. 
122. — El  ostracismo  de  San  Martín  (1824).  B.  A.  1919.  i  vol. 
123. — La  evolución  del  panamericanismo.  B.  A.  1919.  I  vol. 
124. — La  primera  conferencia  panamericana  (Washington,   1889- 1890).  B. 

A.    1919.    I   vol. 
125. — La  doctrina  Drago.  B.  A.  1919.  i  vol. 

126. — La  doctrina  Monroe:  su  evolución  panamericana.  B.  A.  1920.  i  vol. 
127. — Feminismo  argentino:  tendencias  y  orientaciones.  B.  A.  1920.  i  vol. 
128. — Rafael  Obligado:  el  poeta,  el  hombre.  B.  A.  1920.   i  vol. 
129. — La  psicología  y  sus  problemas.  Córdoba.  1920.  i  vol. 
130. — Urquisa  y  la  integridad  nacional.    Córdoba,   1920.    i  vol. 
131. — Urquisa  y  la  integridad  nacional.  2.»  edic.  B.  A.  1921.  i  vol. 


—  68  — 
132. — Una  nueva  doctrina  sociológica:   la  teoría  relativista  spengleriana, 

B.    A.     IQ2I.     I    vol. 

133- — La  universidad  y  la  patria.  Discurso  oficial  en  el  centenario  univer- 
sitario. B.  A.  1921.  I  vol. 

134. — La  reconstitución  de  la  Facultad  de  derecho  y  ciencias  sociales:  in- 
tervención de  1919.  B.  A.  1921.  I  vol.  de  115  págs. 

135. — La  universidad,  y  la  patria.  2.^  edición.  B.  A.  1921.  i  vol. 

136. — La  sociología  relativista  spengleriana.  Curso  universitario  de  1921. 
B.  A.  1921.  I  vol.  de  618  págs. 

137. — La  evolución  del  idioma  nacional.  B.  A.  1923.  i  vol. 


NOTA. — Las  publicaciones  anteriores  están  de  venta  en  las  principales  librería*. 
Algunas  se  encuentran  agotadas.  Dirigirse  al  autor:  Buenos  Aires,  call*r 
Libertad,   948. 


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